Perfil de un candidato

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Por Homero Luciano

El ejercicio de la alta política y la aspiración a dirigir los destinos de una nación no pueden estar permeados por actos de improvisación ni cimentados en proyectos basados en la notoriedad coyuntural. Exigen estas aspiraciones un perfil moral, institucional y humano riguroso que la tradición clásica sintetiza en una tríada fundamental: Nomus, tractus et fama.

Aunque la aspiración presidencial es un derecho constitucional inherente a todo ciudadano y no existe un perfil sacramental formalmente codificado para la conducción del Estado, está claro que prevalecen normas y máximas no escritas que definen el filtro ético e insustituible que la sociedad debe demandar a quien aspire a ocupar el solio presidencial.

Es desde este cristal que entendemos que la idoneidad de un candidato presidencial se fundamenta, en primer lugar, en el Nomus: el respeto irrestricto a la ley, a la Constitución y a las reglas de la institucionalidad, idea que ya desde la filosofía de Platón y Aristóteles consagraba la primacía de la norma sobre el impulso de los hombres. Quien pretenda gobernar debe encarnar el orden normativo, la legalidad y la formación republicana, jamás el capricho individual ni la transgresión efectista.

En segundo lugar, exige el Tractus: la madurez en el comportamiento, la sobriedad en el trato, la templanza y la compostura diplomática, virtudes que Cicerón definía como el decorum indispensable para el manejo de la cosa pública. La alta responsabilidad de la gestión estatal demanda la densidad del estadista, no la pirotecnia incendiaria de la trinchera.

Por último, el perfil se completaría con la Fama: la reputación sólida, la credibilidad y el prestigio moral —aquella bona fama de la que hablaba Santo Tomás de Aquino— construidos sobre la base de la trayectoria, la coherencia y el servicio al bien común.

Al contrastar esta tríada con la teoría de La sociedad del espectáculo, planteada por el escritor francés Guy Debord en 1967, resulta evidente el riesgo de confundir la atracción mediática con la aptitud gubernamental. En la era actual, dominada por algoritmos y redes sociales, la representación superficial y el entretenimiento masivo han llevado a muchos “teóricos” a asumir erróneamente que la hipervisibilidad de una figura del espectáculo es un trampolín para alcanzar el poder político, cayendo en el craso error de confundir a un creador de contenido con un verdadero líder disruptivo.

Sin embargo, acumular millones de seguidores o dominar las tendencias en las plataformas digitales no equivale a capacidad de gobernanza, formación ni carisma republicano. Por tanto, nos sumamos a las voces que sostienen que por más abrumadora que sea la popularidad de un actor del entretenimiento, si su conducta proyecta vulgaridad, estridencia o falta de preparación, carece de los pilares del nomus (apego legal), el tractus (conducta adecuada) y la fama (prestigio moral). Un candidato sin estos atributos carece de la sustancia indispensable para ostentar o pretender una postulación seria a la Presidencia de la República.

En un sistema democrático que aspira al desarrollo y a la estabilidad, la ciudadanía consciente debe mantener una frontera infranqueable entre la audiencia del espectáculo y el electorado responsable. El entretenimiento puede moldear el ocio, pero la conducción del Estado exige madurez, sobriedad y vocación republicana; virtudes que jamás se improvisarán detrás de un micrófono ni en la lógica efímera de un algoritmo.

 

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Homero Luciano
Homero Luciano
Escritor, abogado, diplomático y gestor cultural dominicano. Cuenta con estudios de maestría y especialidades en negocios y comercio internacional. Es autor de varias obras publicadas y actualmente se desempeña como Consejero Cultural en la Embajada Dominicana en Santiago de Chile.Es columnista de El Sol de Las Américas, donde comparte artículos y reflexiones vinculados a la cultura, la literatura y temas de interés nacional e internacional.

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