Relaciones Familiares

Fecha de publicación

Por: Ana Anka

«La muerte, ese país sin descubrir de cuya frontera ningún viajero vuelve».
Hamlet

En ese mundo familiar pasa de todo e, incluso, pocas veces abrimos el mundo interior a los seres amados por múltiples motivos. Ante amenazas de la Parca, las personas se integran o alejan de la familia; por lo general, los «descubrimientos» en psicoterapia les ayudan a comprender su conducta, personalidad, traumas y a sobrellevar los duelos.

La familia feliz solo vive en las películas. En la realidad, vivimos pocos momentos felices, los cuales recordamos en la lejanía; lo mismo ocurre con el contexto sociocultural al cual estamos sujetos. Nuestra vida pasa en un instante y los muertos quedan eternamente si los recordamos.

En este proceso de cambio de paradigmas a nivel global, las familias se resienten y la mujer sale con más cicatrices a tomar y patear las calles, a armar trincheras. Ya no le tenemos miedo a nada y, por nuestras familias, «metemos las manos al fuego». No olvidamos los errores, peleas, traumas, castigos, la cárcel, la pasión ni las locuras que ocurren; pero el amor maternal de mujeres permanece. ¿Por qué creen que las mujeres se someten a largas vejaciones para visitar a sus familiares prisioneros?

Es casi imposible dejar morir de hambre a la prole; se rebuscan las mil y una formas de subsistencia. Son históricas las ollas comunales en América Latina, con las cuadras cerradas y las ricas sopas hirviendo; así como era terrible cuando familias enteras decidían «viajar» con chocolate caliente en los desayunos de mañanita.

Esto es apenas una muestra de los años setenta en el Cono Sur. Aunque parecería una recesión del pasado, la Guerra Fría retorna más cruel, con el hartazgo del placer morboso. Se dice que ya estamos en una Tercera Guerra Mundial y no hace falta una «declaración» oficial porque conocemos a los invasores, ultraderechistas y fascistas.

Este maremágnum de incertidumbre lacera la esperanza y aumenta las ideas suicidas en muchos jóvenes, de entre 25 y 40 años, sin dejar de señalar a púberes y adolescentes.

Me causa mucha impresión cuando asistimos, en grupos de adultas mayores, a dar charlas y talleres, y las jóvenes se admiran al conocer a señoras de sesenta, setenta, ochenta y noventa años con esperanzas, proyectos y en buenas condiciones físicas y cognitivas. Mientras tanto, los gobiernos ultraderechistas se jactan con descaro de seguir políticas de exterminio hacia las personas en condiciones extremas. Declaran abiertamente su repulsión a migrantes y a la sobrepoblación, afirmando que la mejor forma de combatirlas es cortar los subsidios y los derechos humanos, atacar la multiculturalidad, la equidad de género, los movimientos feministas y la diversidad sexual, así como avasallar territorios y exterminar a los aborígenes. Su interés primordial es la imposición de la Doctrina Monroe a nivel global.

El difunto papa Francisco señaló el retorno del «Síndrome de 1933» en plena Guerra Fría. Este concepto, basado en el ensayo de Siegmund Ginzberg, hace un símil con el retorno del fascismo: ver situaciones anormales como si fueran cotidianas, aplaudir reacciones irracionales o caprichosas y normalizar conductas sin reflexionar. Sobran ejemplos de personalidades que dominan al mundo con sus atorrantes tremendismos y que son tomados como «tendencia» por gobernantes y jóvenes. Está de moda eliminar al que no te simpatiza: sin explicaciones se les «quema» en las redes o excluyen del «jet set grupal» por no pensar igual; y si las víctimas responden, las desaparecen al estilo de la mafia o del sicariato que, sin entrenamiento, arrasa con quien se le atraviese. Cabe recordar que el Síndrome de 1933 hace referencia al colapso de la República de Weimar en Alemania y al posterior ascenso del nacionalsocialismo y de Adolf Hitler al poder.

El reino de Cronos y Pachacutecc revive tránsitos cortos y significativos de vida del ser humano a través de las tremendas fauces de la repetición de hechos históricos; es el «eterno retorno» en distintas condiciones históricas, sociales y familiares. Nuestro paso es cortísimo. Tiemblo al escuchar a jóvenes en sus desesperanzas e ideas suicidas, pero me enaltece atender a una abuela con su nieto adolescente, fruto de una pareja joven en conflictos permanentes.

Al ver la película Hamnet, basada en la novela homónima de Maggie O’Farrell del año 2020 —contextualizada en 1582 en Inglaterra y que narra la vida familiar de William Shakespeare y Anne Hathaway—, me abrazan el dolor y la esperanza de criar una familia; siempre ha sido difícil, pero no imposible, disfrutar la convivencia. No hay caso, queda suspirar y amar. «La vida es un tango y el que la baila es un loco». Con datos reales de investigación y momentos de ficción, la obra nos muestra la invisibilización de la mujer a través de la historia, cómo esta se normalizó. Fue todo un reto extraordinario que la esposa de Shakespeare, Anne, sobreviviera con su familia. Continuamos defendiendo nuestra libertad de expresión y la soberanía del cuerpo, pero la «Santa Inquisición» nos sigue «quemando».

Según el testamento de su padre, Anne Shakespeare figuraba con el nombre de Agnes y la llamaban Anne, «la hija de la bruja del bosque», una mujer que tenía en sus manos un herbolario con plantas medicinales y protectoras.

Conoce al joven William de 18 años —teniendo ella 26 años— y se enamoran perdidamente. Las amenazas de ambas familias no los separaron, pero el fuego y la sangre de la palabra los alejaron. El teatro marca la marcha de él hacia Londres, dejando a su familia al cuidado de Agnes, quien cuidó a Susana y a los gemelos Judith y Hamnet.

Ante la epidemia de la peste, la niña gemela de 11 años enferma y su hermano Hamnet decide engañar a la Parca; siempre jugaban a intercambiar sus nombres y roles, sorprendiendo a una familia que les seguía la corriente. En la «última» despedida con su padre, Hamnet presiente algo extraño y llora mucho; su padre le aconseja que se haga cargo de cuidar a sus hermanas. Esa escena del juego con las espadas con su papá, el recitar y teatralizar obras ocurrentes mientras la madre prepara la comida, son recuerdos muy cercanos a mi propia crianza.

Hay muchos puntos de análisis y estudios en la vida de gemelos. Me atrae la sustitución del lugar en la cama de su hermanita; los diálogos y monosílabos se conjugan con la desesperación, el valor y el temor al mundo del Hades. Sobre todo, destaca la decisión del niño de salvar a Judith de las garras de la muerte.

El amanecer estremece la pantalla con los cuadros de la madre y hermana mayor; paralelamente, a galope, su padre viaja sin haber podido despedirse de Hamnet.

No pude evitar recordar a mi madre por la pérdida de mi hermanita Glagys, a quien siempre tengo presente por las largas conversaciones y las fotos que ella siempre guardó. Mi madre pocas veces sonreía al recordarla. Hasta el último día de su vida repetía: «Mi segunda hija nunca se fue, sé que está de viaje y pronto la veré». Ese siempre fue su sueño, al igual que tener un papa peruano; en sus oraciones pedía que cesaran las guerras y que las familias nunca se separaran.

En este mes morado del Señor de los Milagros, las procesiones desfilan por toda Lima olorosa a incienso, con las famosas penitencias y milagros. Hoy es el cumpleaños de mi madre y me rindo a sus cuentos y al cariño de su eterno reproche: «Hija descarriada, terca». ¿Cómo olvidar la infancia? Los juegos de fútbol con mis hermanos varones, el trompo, las metras, el boxeo, las escondidas y las peleas… Nunca hubo venganza o reconcomio porque mi madre jamás permitió que nos fuéramos a dormir peleados; «no sabemos si vamos a despertar», nos decía. Cuánto la extraño a dos años de su sueño eterno.

«Ser o no ser, esa es la cuestión». Las muertes y las guerras en forma de «déjà vu» me asaltan; sin embargo, seguimos en cualquier punto del planeta con mayor resiliencia y esperanza. Así, ante el retorno de los ultraderechistas, la esclavitud y las invasiones, marchamos junto a nuestros muertos más vivos a través de acciones certeras. Las pérdidas nos acompañan, como la despedida de un hijo en la película Hamnet, que funciona como el elemento canalizador del duelo del padre.

El especialista en Shakespeare, Stephen Greenblatt, señala que en la muerte de Hamnet y la creación de Hamlet se percibe un vínculo directo con la obra, más allá del eco del nombre. En la película, cuando Agnes viaja a Londres para ver la obra, nota que el actor se parece a Hamnet por el color del cabello, los rasgos y la vestimenta, lo que la hace entrar en una especie de trance al tocar las manos del actor. Fue un acierto de casting que Jacobi Jupe interprete al niño Hamnet y su hermano Noah Jupe encarne al Hamlet en el escenario, ya que ambos tienen un gran parecido físico.

La muerte de un hijo o hija es un dolor irreparable y devastador para la madre y la familia. En Hamnet, esta muerte marcó una terrible pérdida. Creemos que muchas de las ausencias del padre en la infancia, al ser explicadas por ambos y mediante encuentros significativos, amortiguan el dolor y el proceso del duelo, aunque la herida sea permanente. Quizás, en el inconsciente del padre, el dolor y la culpa lograron sumar a su genio creativo la obra de Hamlet. Es un prodigio que nos habla y duele al ser tan contemporáneo; sobre todo, las relecturas de los cineastas nos ayudan a comprender el amor del padre, tan satanizado en esta época frente al de la madre. Aplaudo que se expresara de esa forma su amor al hijo.

El padre canaliza su duelo al interpretar el papel del fantasma del padre de Hamlet; Shakespeare logra despedirse del hijo en el escenario. ¿Cuántas veces se la pasa uno despidiéndose de los seres amados?

En ese «último adiós» dejamos la tierra donde nacimos, pero nos ilusionamos con la «vuelta a la patria».

Todos los días nacemos y morimos; la Pachamama nos cobija y somos sus organismos nutricios.

Si mañana no despertara,
solo cree que he dormido.
Piensa en la paz de mi sueño,
te sueño y no me he ido.
También escucha mi música,
lee mis libros,
usa mi ropa, toma mi copa, bebe mi vino.
No me recuerdes ausente.
No me busques en el olvido.
Búscame dentro tuyo.
Ahí estaré contigo.

Mario Benedetti

 

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Rosa H. Anka
Rosa H. Anka
Rosa H. Anka es escritora, psicóloga y promotora cultural peruana, radicada en Costa Rica. Con formación en Psicología, Letras, Filosofía y Ciencias Sociales, cuenta con una amplia trayectoria en la creación y promoción cultural. Es autora de libros de poesía, ensayo y narrativa, y columnista de El Sol de Las Américas.

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