Por: Araceli Aguilar Salgado
“La tecnología es un instrumento extraordinario para el progreso humano, pero también puede convertirse en el arma más peligrosa cuando cae en las manos equivocadas.”
Durante décadas, la imagen del crimen organizado estuvo asociada a mafias territoriales, cárteles de droga, redes de contrabando y estructuras clandestinas identificables. Sin embargo, un nuevo informe del Instituto Interregional de las Naciones Unidas para Investigaciones sobre la Delincuencia y la Justicia (UNICRI) advierte que el crimen del siglo XXI ha sufrido una transformación radical: ahora opera a través de inteligencia artificial, plataformas digitales, criptomonedas, mercados clandestinos en línea y servicios tecnológicos que pueden contratarse con la misma facilidad con la que se adquiere cualquier producto en internet.
La conclusión del organismo internacional es inquietante: la delincuencia organizada ya no solo se adapta a la innovación tecnológica; está aprovechándola más rápido que muchos gobiernos y sistemas de justicia.
La amenaza ya no proviene exclusivamente de grandes organizaciones criminales. Hoy, gracias al fenómeno conocido como “crimen como servicio”, personas con escasos conocimientos técnicos pueden acceder a sofisticadas herramientas para cometer delitos transnacionales.
La revolución digital ha democratizado la información. Pero también ha democratizado el crimen.
El delito se convierte en una industria global
La inteligencia artificial generativa, los servicios de programación por encargo, las comunicaciones cifradas y los sistemas automatizados están modificando las reglas del juego.
Lo que antes requería años de experiencia criminal y amplias estructuras operativas, hoy puede ejecutarse mediante plataformas que venden servicios ilícitos especializados.
Ataques cibernéticos, fraudes masivos, robo de identidades, campañas de desinformación, extorsión digital y estafas internacionales pueden ser contratados como servicios comerciales.
La profesionalización del delito está alcanzando niveles sin precedentes.
Las organizaciones criminales ya no necesitan desarrollar internamente todas sus capacidades tecnológicas. Pueden comprarlas, alquilarlas o subcontratarlas.
El resultado es una expansión exponencial de los riesgos.
La delincuencia organizada se está convirtiendo en una red global de servicios especializados, donde cada eslabón opera desde distintas jurisdicciones, dificultando la identificación y persecución de los responsables.
Las cifras de una epidemia silenciosa
Los datos citados por Naciones Unidas revelan una realidad alarmante.
En una encuesta realizada en 42 países, el 57 % de los adultos declaró haber sido víctima de alguna estafa durante los doce meses previos a 2025, mientras que el 23 % reportó pérdidas económicas directas.
Las pérdidas mundiales derivadas únicamente de estafas digitales alcanzaron cifras cercanas al billón de dólares durante 2024.
Sin embargo, los costos reales son mucho mayores.
Detrás de cada fraude existen familias afectadas, empresas perjudicadas, empleos perdidos y sistemas económicos vulnerados.
El crimen digital no solo roba dinero.
Destruye confianza, erosiona instituciones y debilita economías enteras.
La paradoja contemporánea es que nunca antes la humanidad había estado tan conectada y, al mismo tiempo, tan expuesta a riesgos invisibles.
América Latina: laboratorio de la diversificación criminal
El informe identifica a América Latina como una de las regiones donde el crimen organizado ha evolucionado con mayor rapidez.
Los grandes cárteles que durante décadas concentraron sus operaciones en el tráfico de drogas han comprendido que la diversificación reduce riesgos y multiplica ganancias.
Actualmente, importantes organizaciones criminales operan en sectores como minería, agricultura, pesca, extracción de recursos naturales y comercio de productos de alto valor.
El fenómeno refleja un cambio estratégico profundo.
Las redes criminales ya no viven únicamente de actividades ilícitas tradicionales.
Ahora buscan infiltrarse en la economía legal para ocultar operaciones, lavar recursos y ampliar su influencia política y económica.
La frontera entre legalidad e ilegalidad se vuelve cada vez más difusa.
Y ese escenario representa uno de los mayores desafíos para los Estados modernos.
La captura de la economía legal
Uno de los aspectos más preocupantes señalados por Naciones Unidas es la creciente capacidad de los grupos criminales para integrarse a cadenas productivas legales.
Aprovechando vacíos regulatorios, corrupción institucional y debilidades de supervisión, estas organizaciones construyen redes empresariales aparentemente legítimas.
La infiltración no siempre ocurre mediante violencia visible.
Con frecuencia se realiza a través de inversiones, asociaciones comerciales, operaciones financieras y mecanismos de corrupción sofisticados.
Esta evolución convierte al crimen organizado en una amenaza que trasciende la seguridad pública para convertirse en un problema de gobernanza y desarrollo económico.
Cuando el dinero ilícito penetra mercados legales, las consecuencias afectan la competencia económica, la inversión productiva y la confianza institucional.
Los niños: las víctimas más vulnerables
Detrás de los análisis financieros y tecnológicos existe una realidad profundamente humana.
La ONU advierte que la expansión de las redes criminales continúa alimentándose de la pobreza, la exclusión social y la falta de oportunidades para millones de jóvenes.
En Colombia, centenares de menores fueron reclutados por grupos armados durante 2025.
En Haití, casi 900 niños fueron utilizados por bandas criminales.
Al mismo tiempo, otros países enfrentan incrementos dramáticos de violencia contra menores asociados al avance del crimen organizado.
La situación plantea una verdad incómoda.
Las organizaciones criminales continúan encontrando en la infancia vulnerable uno de sus principales recursos de reclutamiento.
Mientras persistan la desigualdad y la exclusión, los esfuerzos represivos seguirán enfrentando limitaciones estructurales.
Porque el crimen organizado no solo recluta personas.
También se alimenta de la ausencia de oportunidades.
El elevado costo de la violencia
Aunque las tasas globales de homicidio muestran una tendencia descendente, América Latina y el Caribe continúan concentrando una proporción desmesurada de la violencia mundial.
Junto con África subsahariana, acumulan aproximadamente dos tercios de las víctimas de homicidio del planeta.
El impacto económico resulta devastador.
La criminalidad costó a América Latina cerca de 192,000 millones de dólares en un solo año, una cifra equivalente a una parte significativa de los recursos destinados al desarrollo social.
Más allá de los números, estos recursos representan escuelas que no se construyen, hospitales que no se equipan e inversiones productivas que nunca llegan.
La violencia continúa siendo uno de los principales obstáculos para el crecimiento sostenible de la región.

Sistemas de justicia bajo presión
Frente a la expansión del crimen organizado, numerosos gobiernos han optado por respuestas centradas en el endurecimiento penal, la militarización policial y el fortalecimiento de mecanismos de vigilancia tecnológica.
Sin embargo, el informe de Naciones Unidas plantea una advertencia importante.
El uso creciente de inteligencia artificial, reconocimiento facial y sistemas automatizados también genera riesgos.
Los errores algorítmicos, los sesgos tecnológicos y la insuficiente supervisión pueden afectar derechos fundamentales, producir decisiones equivocadas e incluso debilitar la legitimidad de las instituciones.
El desafío consiste en encontrar un equilibrio entre seguridad y libertad.
La tecnología puede ayudar a combatir el crimen.
Pero, utilizada sin controles adecuados, también puede convertirse en una amenaza para las garantías democráticas.
Una carrera contrarreloj
La principal conclusión del informe es tan simple como inquietante: las organizaciones criminales están evolucionando más rápido que muchos marcos regulatorios, sistemas judiciales y mecanismos de cooperación internacional.
Mientras los gobiernos discuten reformas, el crimen organizado experimenta con inteligencia artificial, expande sus mercados y explora nuevas oportunidades de negocio.
El problema ya no es únicamente policial.
Es económico, tecnológico, social y político.
La lucha contra el crimen del futuro exigirá algo más que cárceles, operativos o sanciones penales.
Requerirá educación, inclusión social, cooperación internacional, innovación regulatoria y una comprensión profunda de cómo la revolución digital está transformando las dinámicas del poder criminal.
Porque el verdadero peligro no radica únicamente en que la inteligencia artificial pueda ser utilizada por delincuentes.
El peligro es que las sociedades democráticas reaccionen demasiado tarde mientras el crimen organizado ya está construyendo su próxima generación de negocios globales.
“Cuando la ley avanza lentamente y el crimen innova rápidamente, la seguridad deja de depender de la fuerza y comienza a depender de la inteligencia colectiva de las sociedades.”

