Por Maylene Cotto Andino
Una conversación sobre la infancia, el amor, la vulnerabilidad, el sentido de la vida y aquello que todavía nos hace humanos. En esta primera parte de la entrevista, Milan nos enseña que la vida es hermosa si se aprende a vivir de verdad.
Esta entrevista me toca lo más profundo del alma. No solo por lo especial que Milan Krajnc es para mí; no solo por la felicidad de verlo ahora junto a una persona que sé que valora lo etéreo de su alma y la riqueza de su mundo interior; no solo porque fue nominado al Premio Nobel en el año 2021 y se merece ganarlo. También porque un día, durante una visita que me hizo en la universidad en la que trabajo, la Universidad de Castilla-La Mancha, puso en mis manos un libro: Successful We, Happy We! La esencia de su alma hecha libro.

Un libro que muy pronto saldrá en español y que todos, absolutamente todos, deberíamos leer. Por su sencillez. Por su humanidad. Y porque detrás de sus páginas está también la historia de alguien que logró atravesar una infancia llena de escollos hasta convertirse en la persona que es hoy.
Nos sentamos a hablar una tarde. Él llegaba cansado después de todo un día de viajes y reuniones. Yo, en cambio, llevaba conmigo la alegría y también la responsabilidad de saber que iba a tener el honor de entrevistar a un amigo que ha conseguido superarse a sí mismo, aun cuando llegar hasta aquí no siempre haya sido fácil.
Hay personas cuya trayectoria puede resumirse enumerando títulos, libros, proyectos o reconocimientos. Y hay otras cuya verdadera historia comienza precisamente cuando dejamos todo eso a un lado.
Milan Krajnc ha dedicado buena parte de su vida a observar al ser humano: sus decisiones, sus relaciones, sus miedos, sus mecanismos de defensa, sus éxitos y sus contradicciones. Psicólogo, psicoterapeuta, autor e investigador del comportamiento humano, ha construido alrededor de sus libros y de su trabajo una reflexión constante sobre la manera en que vivimos y sobre esas estructuras invisibles que condicionan muchas de nuestras elecciones.
Pero esta conversación no pretende detenerse únicamente en aquello que Milan Krajnc ha creado. Pretende acercarse al hombre. Al niño que existió antes de los libros. Al adulto que aprendió a observar a los demás mientras también tenía que aprender a mirarse a sí mismo. Al hombre que ha pensado durante años sobre el éxito y que, con el paso del tiempo, parece haberse hecho una pregunta quizá mucho más importante: ¿De qué sirve conquistar el mundo si durante el camino nos perdemos a nosotros mismos?
En su propia evolución intelectual aparece precisamente esa preocupación. Milan ha explicado que ya no le interesa únicamente ayudar a las personas a alcanzar más, sino evitar que se pierdan mientras persiguen aquello que desean. Esa transformación constituye uno de los hilos más profundos de su pensamiento actual.
Por eso esta no es solamente una entrevista sobre psicología, liderazgo o libros. Es una conversación sobre la vida. Sobre aquello que permanece cuando desaparecen los títulos. Sobre el amor cuando dejamos de protegernos. Sobre el miedo. Sobre el tiempo. Sobre la soledad. Sobre el extraño y, a veces, difícil aprendizaje de ser uno mismo.
Y sobre una pregunta que, de una manera u otra, termina alcanzándonos a todos: ¿Qué significa realmente vivir?
I. Antes del hombre, estuvo el niño
Antes de que una persona pueda explicar el mundo, ha tenido que aprender a habitarlo. Y muchas veces las primeras respuestas que encontramos en la vida nacen mucho antes de que sepamos ponerles nombre.
*Milan, antes de ¡Nosotros exitosos, nosotros felices!, antes de la psicología, la Dinamilogía y de todo lo que hoy lleva tu nombre, simplemente había un niño. Si pudieras volver durante unos instantes a tu infancia y sentarte frente a aquel pequeño Milan, ¿qué verías en sus ojos? ¿Con qué soñaba? ¿Qué necesitaba? ¿Y qué parte de aquel niño sigue viviendo hoy dentro de ti?*
Si hoy me sentara frente al pequeño Milan, probablemente vería a un niño muy silencioso, pero con un mundo interior muy vivo. Mi infancia no fue fácil. En mi familia hubo mucha violencia y creo que precisamente por eso me encerré muy pronto dentro de mí mismo. No sabía decir lo que sentía, así que empecé a escribir. Mi madre escribía poesía y yo la imitaba. El papel y el lápiz se convirtieron en el espacio donde podía decir todo aquello que no sabía expresar ante los demás: la alegría, el dolor, el miedo, los sueños. Como crecí junto a un río y un bosque, la naturaleza fue mi otro gran refugio. Allí tenía la sensación de que las cosas hablaban sin palabras. Quizá por eso más tarde estudié primero Física. Quería comprender ese mundo invisible que existe detrás de lo que vemos.
Es interesante que ya desde muy joven supiera que algún día viviría de escribir y de dar conferencias, y que hablaría sobre cosas poco comunes. Hoy hago exactamente eso: intento traducir el mundo invisible de la naturaleza y del subconsciente humano a un lenguaje cotidiano. Ese niño sigue viviendo dentro de mí. Creo que nunca lo he perdido. Y cada vez que no escuché su voz interior, la vida, tarde o temprano, me hizo saber que me había alejado de mi camino.
Nuestra infancia puede terminar en el calendario, pero rara vez termina dentro de nosotros. ¿Qué te dio tu infancia que te ha acompañado durante toda la vida y qué tuviste que aprender a dejar atrás para convertirte realmente en quién eres?
Mi infancia me dio una extraordinaria capacidad de observación. Como desde muy pequeño tenía que estar atento a lo que sucedía a mi alrededor, aprendí a observar a las personas, su energía, los cambios en la voz, la mirada, el silencio. Más tarde, todo eso también se convirtió en parte de mi trabajo.
Pero, por otro lado, debido a aquellas circunstancias hice algo que me ayudó a sobrevivir, aunque después me limitó mucho: dejé de sentir de verdad. Vivía las emociones a través de la escritura, de la teoría, de los libros, pero no siempre a través de la vida. Una de las conclusiones más duras fue descubrir que sabía hablar a los demás sobre la vida, pero que yo mismo no vivía realmente muchas de esas cosas.
Solo alrededor de los cincuenta años, cuando conocí a Nataša, mi prometida, empecé a comprender la diferencia. Ella no explicaba mis teorías. Ella las vivía. Y así me mostró que yo también tenía que trasladar el conocimiento de los libros a mi propia vida.
Con los años construimos nuestra identidad alrededor de nuestros nombres, profesiones, títulos, logros y responsabilidades. Pero si una mañana tus libros, tus proyectos, tus éxitos y todo aquello por lo que los demás te reconocen desapareciera de repente, ¿quién quedaría? Cuando Milan Krajnc no tiene que demostrar nada a nadie, ¿quién es?
Yo soy simplemente Milan. Hoy eso lo tengo muy claro. Soy una persona que sabe de dónde viene, hacia dónde va y qué mensaje quiere dejar al mundo.
Por eso tampoco suelo preguntar a mis estudiantes o a las personas de mis seminarios qué profesión tienen, qué posición ocupan o de dónde vienen. Me interesa su nombre. La persona. Todo lo demás se muestra durante el camino.
Las funciones, los títulos y el estatus pueden ser útiles, pero también pueden convertirse en máscaras. A mí siempre me ha interesado, sobre todo, la persona sin máscara. Y hoy también quiero vivir así. Ser Milan antes que profesor, psicólogo, autor o cualquier otra cosa.
Has dedicado una gran parte de tu vida a comprender al ser humano. Sin embargo, a veces podemos comprender extraordinariamente bien a los demás y seguir siendo un misterio para nosotros mismos. ¿Cuál fue la verdad más difícil que tuviste que aceptar sobre Milan Krajnc?
Que no vivía aquello que enseñaba. Probablemente esa fue la verdad más difícil. Gran parte de mi vida estaba escrita en los libros, pronunciada en las aulas y desarrollada en distintos modelos. Sabía explicar, conectar y comprender muchas cosas. Pero un día tuve que preguntarme: «Milan, ¿cuánto de todo esto vives realmente?». Y la respuesta no fue agradable.
Descubrí que una persona puede ser extraordinariamente rica en conocimiento y, al mismo tiempo, pobre en experiencia de vida. Ese descubrimiento no me destruyó. Al contrario. Fue entonces cuando empezó mi verdadera vida.
Vivimos en una sociedad obsesionada con alcanzar algo: éxito, dinero, reconocimiento, poder, seguridad. Después de todo lo que has vivido y experimentado, ¿qué significa para ti hoy tener éxito? ¿Puede una persona conseguir muchísimo y perderse a sí misma por el camino?
Yo soy un buen ejemplo de ello. Primero me demostraba a mí mismo a través del deporte. Fui varias veces campeón nacional en atletismo. Después, como empresario, perseguía el éxito empresarial y el dinero. Más tarde, como científico y profesor, acumulaba conocimientos, títulos, referencias y reconocimientos. Siempre existía un siguiente objetivo.
Pero lo interesante es que, a pesar de todos esos logros, no era verdaderamente feliz. Empecé a ser feliz cuando, simbólicamente, colgué todos esos éxitos en la pared y me giré hacia la vida. Cuando empecé a sentir la naturaleza. A las personas. El dolor. La alegría. El amor. El miedo.
Cuando dejé de buscar fuera de mí a alguien a quien culpar por todo lo que me ocurría. Para mí, hoy el mayor éxito no es conquistar algo. El mayor éxito es aceptarme tal como soy y ser capaz de vivir mi propia vida.

En el libro ¡Nosotros exitosos, nosotros felices! la palabra «nosotros» quizá sea incluso más importante que las palabras «exitosos» y «felices». ¿Por qué?
Elegí el título de manera consciente. Quería hablar de nosotros como sociedad, no solo del individuo. En un determinado momento hicimos un gran giro. Antes nos ocupábamos mucho de los demás y muy poco de nosotros mismos. Después llegó casi el extremo contrario: crecimiento personal, entrenamiento matutino, meditación, alimentación saludable, suplementos, gimnasio, terapias, objetivos empresariales, mejora continua de uno mismo. Yo, yo, yo.
Eso en sí mismo no es malo. Una persona primero debe ordenar su propia vida, satisfacer sus necesidades básicas y comprender su misión. Pero después tiene que ocurrir algo más. Un individuo maduro debe convertirse en parte del «nosotros». Parte de una familia, de una comunidad, de una nación, de la humanidad.
Si invertimos toda nuestra vida únicamente en nosotros mismos, hemos perdido la segunda mitad del camino. El libro habla precisamente de esa transición: primero debemos convertirnos en un «yo» responsable para después poder convertirnos en una parte sana del «nosotros». Quizá por eso este libro llegó a tantas personas y fue traducido a quince idiomas.
Existe una pregunta silenciosa que acompaña a millones de personas: «¿Soy suficiente?». ¿También tú sentiste la necesidad de demostrar tu propio valor? ¿Qué le dirías hoy a alguien que todavía cree que tiene que demostrar que merece ser amado?
Durante casi toda mi vida sentí que faltaba algo. Que no era suficientemente bueno. Que no estaba suficientemente formado. Que tenía que hacer algo más, alcanzar algo más, demostrar algo más.
Hoy comprendo que el problema no era que realmente me faltara algo. El problema era que yo mismo no me valoraba lo suficiente. No tenía una relación sana conmigo mismo.
Y, curiosamente, cuando en mi vida llegaron determinadas pruebas muy duras, me vi obligado a detenerme. Entonces comprendí que aquello que había estado buscando constantemente fuera de mí ya estaba dentro de mí.
Cuando dejé de esforzarme tanto por demostrarme, los éxitos empezaron a llegar casi por sí solos.
Hoy le diría a una persona que cree que tiene que demostrar que merece amor algo muy sencillo: Deja primero de hacer exámenes ante ti mismo.
En la segunda parte de esta entrevista hablaremos del amor que transforma vidas, de lo esencial del ser humano y de ese momento en el que la palabra «éxito» comienza a transformarse hasta adquirir un significado mucho más profundo: el arte de vivir mejor, de Dinamilogía, una filosofía que nace del dolor para llevar esperanza, que nos hace preguntarnos quiénes somos y nos reconcilia con ese yo que siempre hemos querido ser.
Porque quizá, después de todo, algunas de las grandes preguntas de nuestra existencia no tengan que ver con cuánto hemos conseguido, sino con cuánto hemos sido capaces de vivir.
No se la pueden perder. El próximo lunes, por aquí, como siempre, en El Sol de Las Américas.

