Por: Araceli Aguilar Salgado
“La salud no es solamente la ausencia de enfermedad; es la presencia de condiciones que permiten vivir con dignidad.”
La humanidad ha logrado uno de los mayores triunfos de su historia: vivir más años. Sin embargo, detrás de esa aparente victoria se esconde una realidad inquietante que amenaza con convertirse en la gran crisis sanitaria global del siglo XXI. Mientras la esperanza de vida mundial ha regresado prácticamente a los niveles previos a la pandemia, las enfermedades no transmisibles avanzan de manera silenciosa y constante, convirtiéndose en la principal causa de muerte y discapacidad en el planeta.
Las más recientes estimaciones de la Organización Mundial de la Salud (OMS) revelan un panorama que exige una profunda reflexión. En 2023, las enfermedades no transmisibles, entre ellas las cardiopatías, el cáncer, la diabetes y las demencias, fueron responsables del 74 % de todas las muertes registradas en el mundo. En el año 2000 representaban el 58 %. La diferencia no es menor. En apenas dos décadas, estas enfermedades pasaron de ser un problema importante a convertirse en el principal desafío sanitario global.
La cardiopatía isquémica continúa encabezando la lista de las causas de muerte. Provocó alrededor de 9,5 millones de fallecimientos en 2023, equivalente a aproximadamente una de cada seis muertes en el mundo. Le siguen los accidentes cerebrovasculares y la enfermedad pulmonar obstructiva crónica. Se trata de padecimientos estrechamente vinculados con estilos de vida poco saludables, contaminación ambiental, envejecimiento de la población y sistemas de salud que siguen privilegiando la atención de la enfermedad sobre la prevención.
Pero quizás el dato más alarmante sea el crecimiento acelerado del alzhéimer y otras formas de demencia. Estas enfermedades pasaron del lugar 19 en el año 2000 al quinto puesto entre las principales causas de muerte en 2023. El número de fallecimientos se triplicó durante ese periodo. El dato no solo refleja el envejecimiento poblacional, sino también la insuficiente preparación de los sistemas sanitarios para enfrentar los desafíos asociados a los trastornos neurodegenerativos.
La diabetes ofrece otro ejemplo preocupante. En poco más de veinte años, el número de muertes atribuibles a esta enfermedad se duplicó hasta alcanzar aproximadamente dos millones de fallecimientos anuales. Lejos de tratarse de una condición individual, la diabetes refleja cambios profundos en los patrones de consumo alimentario, el sedentarismo creciente y las desigualdades en el acceso a servicios preventivos de calidad.
La paradoja es evidente: vivimos más años, pero una parte importante de ese tiempo se vive con enfermedad, discapacidad o dependencia. La esperanza de vida mundial alcanzó los 73,3 años en 2023, prácticamente el mismo nivel observado antes de la pandemia. Sin embargo, la esperanza de vida saludable se ubicó en 62,8 años, todavía por debajo de los niveles previos al COVID-19.
Esta diferencia obliga a replantear una pregunta fundamental: ¿de qué sirve aumentar la longevidad si no se garantiza calidad de vida?
Los datos indican que el mundo está ganando años de existencia, pero no necesariamente años de bienestar. La enfermedad está desplazándose desde los padecimientos infecciosos tradicionales hacia enfermedades crónicas que acompañan durante décadas a millones de personas.
A ello se suma una amenaza frecuentemente invisible: la crisis mundial de salud mental.
Entre 2019 y 2023, los trastornos depresivos registraron un incremento aproximado del 20 % en la pérdida de años de vida saludable ajustados por edad. En el caso de los trastornos de ansiedad, el aumento fue cercano al 45 %. En conjunto, ambas condiciones provocaron la pérdida de alrededor de 110 millones de años de vida saludable debido a discapacidad o muerte prematura.
Estas cifras deberían encender todas las alarmas. Mientras las sociedades invierten enormes recursos en infraestructura tecnológica y crecimiento económico, millones de personas enfrentan diariamente problemas de ansiedad, depresión, estrés crónico y aislamiento social. La salud mental continúa siendo el eslabón más débil de muchos sistemas sanitarios.
La salida del COVID-19 de las diez principales causas de muerte podría interpretarse como un éxito de la salud pública internacional. Sin embargo, también revela una lección incómoda. Los gobiernos movilizaron recursos extraordinarios para enfrentar una emergencia aguda, mientras que las enfermedades crónicas continúan provocando millones de muertes cada año sin generar el mismo nivel de atención política o mediática.
La verdadera pandemia actual no tiene confinamientos ni titulares diarios. Avanza silenciosamente a través de hábitos poco saludables, desigualdades sociales, envejecimiento poblacional, deterioro ambiental y deficiencias en la prevención.
El desafío ya no consiste solamente en curar enfermedades. Consiste en construir sociedades capaces de prevenirlas. Implica promover alimentación saludable, actividad física, salud mental, educación sanitaria, acceso universal a servicios médicos y políticas públicas que ataquen las causas estructurales del problema.
El futuro de la salud global dependerá menos de cuánto tiempo vivimos y más de cómo vivimos esos años.

Porque la verdadera medida del progreso humano no debería ser únicamente la cantidad de años añadidos a la vida, sino la cantidad de vida añadida a esos años.
“Una sociedad verdaderamente desarrollada no es aquella donde las personas simplemente viven más tiempo, sino aquella donde pueden vivir más años con salud, dignidad y bienestar.”
La autora es periodista, abogada, ingeniera, escritora, analista y comentarista mexicana, de Chilpancingo de los Bravo, estado de Guerrero.

