La Embajadora Campos ha demostrado coherencia Diplomática y no improvisa

Fecha de publicación

Por Víctor Manuel Grimaldi Céspedes

En la vieja escuela de la diplomacia —esa que no se aprende en las redes ni se practica con el pulgar inquieto de los teléfonos— había una verdad que no necesitaba escribirse: los errores son inevitables, pero la obstinación es imperdonable.

Porque el error, cuando se corrige a tiempo, se transforma en experiencia; pero cuando se defiende con orgullo, se convierte en costo de Estado.

Esa lección, antigua y vigente, la terminaron entendiendo —cada uno a su manera— Donald Trump, Javier Milei y Papa Francisco.

No eran aliados naturales.

Ni compartían lenguaje ni visión ni sensibilidad.

Sin embargo, cuando llegó el momento decisivo, hicieron lo que la diplomacia exige y la política suele olvidar: rectificaron.

Trump cruzó el océano y llegó al Vaticano en 2017 no como polemista, sino como jefe de Estado.

Milei, que había hablado con dureza, hizo el recorrido inverso: del juicio al reconocimiento. Ambos entendieron algo esencial: hay relaciones que no se pueden tensionar sin consecuencias.

Y entonces aparece, con la claridad de quien ha estado en el poder, la frase de Hipólito Mejía:

“En ese problema no tiene que meterse el Gobierno.”

Dicho así, sin teoría, encierra una doctrina completa.

Porque mientras el mundo se divide entre conflictos e intereses que no nos pertenecen, la República Dominicana enfrenta una tentación constante: opinar más de la cuenta y reaccionar más de lo debido.

Los hechos recientes entre la República Dominicana y los Estados Unidos deben leerse en ese contexto.

La embajadora Leah Francis Campos ha desarrollado, desde su llegada, una diplomacia activa, visible y coherente.

Ha recorrido el país, ha dialogado con actores políticos, ha participado en espacios económicos y ha mantenido una presencia constante en la conversación pública.

Su enfoque no es casual.

Cuando habla de prensa libre, cuando insiste en la transparencia y la rendición de cuentas, no está improvisando: está representando valores e intereses estratégicos de su país.

Es, en ese sentido, una diplomacia profesional. No improvisa.

Y mientras tanto, aquí ocurrió algo distinto.

Ante sus mensajes recientes —incluyendo los vinculados a la cumbre en España— la reacción local no fue institucional ni discreta.

Fue pública.

Y fue emocional.

A partir de ahí, surgieron múltiples voces, cada una con su propio tono.

Entre ellas, la del senador Antonio Taveras, denunciando “intromisión” extranjera en un lenguaje más cercano al debate político interno que a la prudencia diplomática.

No era una voz aislada.

Era parte de un coro.

Y cuando el Estado se expresa como un coro sin dirección, pierde coherencia.

Ahí está el problema.

No en la diferencia.
No en la crítica.
Sino en la forma.

Porque los países pequeños —y esto lo enseña la historia— no pueden darse el lujo de reaccionar como si fueran grandes potencias.

No pueden convertir cada desacuerdo en un escenario público. No pueden confundir dignidad con imprudencia.

Pueden, sí, defender sus intereses.

Pero deben hacerlo con inteligencia.

Y la inteligencia, en política exterior, tiene dos caminos claros:

corregir a tiempo
y saber cuándo no intervenir

Trump lo entendió en Roma.
Milei lo entendió después.
Hipólito lo dijo sin rodeos.

La pregunta es si nosotros lo entenderemos.

Porque al final —y esta es la lección que no envejece— la historia no castiga el error.

Castiga la obstinación.

Y por eso, en el delicado equilibrio de las naciones, la corrección a tiempo no es debilidad.

Es inteligencia política.

Y la prudencia, cuando evita conflictos innecesarios, no es cobardía.

Es sabiduría.

Porque la estabilidad no se importa.

Se fabrica.

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Víctor Manuel Grimaldi Céspedes
Víctor Manuel Grimaldi Céspedes
Víctor Manuel Grimaldi Céspedes es periodista, escritor, historiador y diplomático dominicano, con una extensa trayectoria en los medios de comunicación, la investigación histórica y el servicio público.Inició su carrera periodística a finales de la década de 1960 y ha sido columnista de importantes medios dominicanos. También ha desempeñado funciones como contralor general de la República, representante permanente de la República Dominicana ante la Organización de Estados Americanos (OEA) y embajador en distintas misiones diplomáticas.Es autor de numerosas obras sobre la historia política dominicana, entre ellas Los Estados Unidos en el Derrocamiento de Trujillo, El Diario Secreto de la Intervención Norteamericana de 1965, Tumbaron al Jefe, Golpe y Revolución y La Guerra de Pichirilo.Es columnista de El Sol de Las Américas, donde publica artículos de opinión y análisis sobre asuntos nacionales e internacionales.

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