Un consulado administrado como una finca

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Por Jhonny Trinidad

Esa es la verdad que nadie quiere decir en voz alta por miedo a que le nieguen el pasaporte. Pero la vamos a decir.

El Consulado Dominicano de Nueva York no parece un consulado. Parece una finca.

Una finca privada. Con dueño, con capataces, con peones, con favoritos, con castigados, con cosecha y con peaje.

No es una institución del Estado dominicano al servicio de 900 mil dominicanos. Es una extensión del patio de la casa del partido que esté en el poder en Santo Domingo. Cambia el color de la bandera en la entrada, pero no cambia el sistema: el mismo clientelismo, el mismo desorden, la misma burla.

EL PATRÓN

En toda finca hay un patrón. El patrón no fue electo por los que trabajan la tierra. Fue puesto por el dueño grande que vive en la capital.

Así llega el cónsul.

Llega nombrado por decreto, no electo por nosotros. Llega sin haber vivido nunca en Washington Heights. Sin saber dónde queda el tren 1, sin saber qué es el IDNYC (tarjeta de identificación oficial de la Ciudad de Nueva York), sin saber la diferencia entre un dominicano con ciudadanía, uno con residencia y uno con ITIN (Número de Identificación Personal del Contribuyente). Llega con su gente.

Y como en toda finca, lo primero que hace el patrón es traer a su familia. Nombra vicecónsules que son sus amigos de campaña. Nombra asistentes que son primos. Nombra encargados de departamentos que son hijos de senadores que hay que acomodar. Gente que cobra en dólares, que vive bien en Riverdale o en Fort Lee, y que no sabe atender a un dominicano que viene con su gorra de trabajo a pedir un papel.

El sueldo de un vicecónsul en Nueva York ronda los 2,000 a 4,000 dólares mensuales, más gastos. Hay más de 30. Saque la cuenta. Más de 100 mil dólares al mes solo en vicecónsules. ¿Para qué? ¿Qué hace un vicecónsul? ¿A quién le rinde cuentas? ¿Cuántos dominicanos han sido atendidos por un vicecónsul en su vida?

Nadie sabe. Porque en la finca, el capataz no trabaja. Supervisa. Y cobra.

LOS PEONES

En la finca están los peones. Somos nosotros. Los que hacen fila.

El dominicano que llega a las 4:30 de la mañana al consulado de la calle 38 con la avenida 10, con frío, con un café en la mano, con el día de trabajo perdido, porque si no va temprano no coge turno.

Ese dominicano que pide un pasaporte y le dicen: «Te faltó un papel, ven mañana». Que viene mañana y le dicen: «El sistema se cayó». Que viene pasado mañana y le dicen: «Ya no hay citas». Que tiene que pagarle a un buscón de afuera 50 dólares para que le consiga la cita que el sistema dice que no hay.

Ese dominicano es el peón. El que produce. El que paga. El que sostiene la finca.

Porque sin los peones, la finca no produce. Sin los 18 millones de dólares que ese consulado recauda al año en servicios —pasaportes a 165 dólares, visas, poderes, legalizaciones—, la finca se cae. Pero al peón no se le trata con respeto. Se le trata con favor.

«Yo te voy a hacer el favor de ayudarte». No, señor. No es un favor. Es mi derecho. Yo estoy pagando. Yo soy el Estado. Usted es mi empleado, no mi patrón.

Pero en la finca, el patrón cree que le está haciendo un favor al peón por dejarlo trabajar su propia tierra.

LA COSECHA SE LA LLEVAN PARA LA CAPITAL

En toda finca, la cosecha se va para otro lado. El que trabaja la tierra no se queda con lo que produce.

Así pasa con el consulado.

Todo lo que se recauda en Nueva York no se queda en Nueva York. Se va a la Cancillería en Santo Domingo. Y de ahí, nadie sabe. No hay un portal donde tú entres y veas: este mes se recaudaron 1.5 millones, se gastaron 200 mil en alquiler, 100 mil en operativos, 50 mil en ayuda a dominicanos detenidos, 20 mil en repatriación de cuerpos.

No. No hay nada. Es una caja negra.

Mientras tanto, aquí tenemos dominicanos que mueren y su familia tiene que hacer un GoFundMe para traer el cuerpo porque el consulado dice que no tiene presupuesto para repatriación. Tenemos mujeres que son víctimas de violencia y van al consulado a pedir ayuda legal y les dan un flyer. Tenemos muchachos detenidos por ICE en Orange County que no reciben una sola visita consular porque «no hay personal».

¿Cómo que no hay personal si hay 30 vicecónsules? ¿Cómo que no hay presupuesto si se recaudaron 18 millones?

Porque la cosecha se la llevan. Y aquí dejan la paja.

Y cada cuatro años, cuando hay campaña, la finca se vuelve centro de recaudación. La finca organiza cenas a 500 dólares el plato para el candidato que viene de Santo Domingo. La finca llama a los empresarios y les dice: «El patrón viene, hay que aportar». La finca usa la lista de contribuyentes del consulado como lista de donantes del partido.

La finca no es consulado. Es comité de campaña con sello oficial.

EL COLMADO DE LA FINCA: TODO SE VENDE

En la finca todo tiene precio. Y en el consulado administrado como finca, también.

La cita para pasaporte, que debería ser gratis por internet, se vende afuera por 50, 80 dólares. ¿Quién la vende? Un entramado que todo el mundo conoce y nadie desmantela. Porque le conviene al capataz que haya desorden. En el desorden, el favor vale más.

El operativo médico, que debería ser para los más vulnerables, se convierte en tarima política. Se hace en el barrio del empresario que aportó. Se invita al político que va a ser candidato. Se le pone la gorra del partido al operativo.

La carta de invitación, el poder notarial, la autorización para sacar un niño, todo depende de si conoces a alguien adentro. Si no conoces a nadie, eres peón. Si conoces al patrón, eres invitado a la casa grande.

Por eso el dominicano le tiene más miedo al consulado que a Motor Vehicle. Porque en Motor Vehicle, aunque te traten frío, te tratan igual. Hay reglas. En la finca, no hay reglas. Hay ganas del patrón.

¿CÓMO SE VE UN CONSULADO QUE NO SEA FINCA?

Imagínate lo contrario. Imagínate un consulado que no sea finca, sino lo que debe ser: una alcaldía de la diáspora.

Un consulado donde el cónsul sea electo por nosotros, con voto directo, cada cuatro años. Donde tenga que debatir con otros candidatos en el auditorio de Hostos Community College y explicar su plan.

Un consulado donde haya 5 vicecónsules, no 30, y que cada uno tenga una función clara y medible: uno para asuntos legales y detenciones, uno para vivienda y servicios sociales, uno para educación y becas, uno para cultura y juventud, uno para negocios y emprendimiento. Y que cada mes publiquen cuánta gente atendieron.

Un consulado con horario de 7 de la mañana a 7 de la noche, y sábados abierto, porque nosotros trabajamos de lunes a viernes. Con citas reales por internet, sin buscones. Con un número de WhatsApp que responda en 10 minutos.

Un consulado que no recaude para mandar a Santo Domingo, sino que recaude para invertir aquí. Que con los 18 millones haga: un fondo de fianzas para dominicanos detenidos por ICE, un fondo de repatriación de cuerpos digno, un programa de becas de 1,000 dólares para 500 hijos de dominicanos que entren a la universidad, una oficina de abogados que te ayude gratis cuando tu landlord no te quiere arreglar el baño.

Un consulado que no sea del PLD, ni del PRM, ni de la Fuerza del Pueblo. Que sea de los dominicanos. Que si tú eres peledeísta, te atiendan. Que si eres perremeísta, te atiendan. Que si no eres nada, te atiendan mejor.

Un consulado donde no tengas que decir «vine de parte de fulano». Donde digas «vine porque soy dominicano».

SE LES ACABÓ LA FINCA

Durante años nos callamos porque pensábamos que así era. Que el consulado era del gobierno y el gobierno hacía lo que quería.

Ya no.

La diáspora despertó. Ya no somos peones. Somos dueños de la tierra también. Porque la tierra la pagamos nosotros.

Y al patrón de la finca se le avisa una sola vez: o convierte la finca en una institución moderna, transparente, electa y al servicio del pueblo, o el pueblo va a dejar de ir a la finca.

Va a crear su propia institucionalidad. Sus propias organizaciones que sí defiendan. Sus propios fondos que sí ayuden. Su propio liderazgo que sí represente.

Y la finca se va a quedar vacía, con muchos vicecónsules y sin peones que la sostengan. Con mucho sello y sin pueblo.

Porque una finca sin peones quiebra.

Y un consulado sin dominicanos, no es consulado.

Es hora de quitarle el apellido de finca al consulado.

Y ponerle el apellido de casa. Nuestra casa.

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