Por: Elisa Mascia
No existen fórmulas mágicas
para apagar el fuego que asola la tierra,
ni palabras fáciles para quienes contemplan el humo
y cuentan las espinas de esta enésima guerra.
En un mundo de certezas ostentosas y ritmo frenético,
carecemos de la humildad para detenernos y mirarnos a los ojos,
para compartir el peso de un cielo convertido en cenizas,
para escuchar el lamento de los bosques que ya no pueden crecer.
Pero incluso desde el punto de pausa que dobla las rodillas,
tras el inmenso compromiso engullido por el fuego,
surge la comprensión de que el mal existe,
pero no tiene la última palabra sobre nuestro mañana.
Nos remangamos en silencio,
buscando en la tierra herida un destello de luz:
un gesto de solidaridad, una mano extendida,
la fortaleza mental de quienes no se rinden en la espera.
Sanar la tierra es como sanarnos a nosotros mismos:
es un rompecabezas que se arma con paciencia cada día,
combinando la creatividad de la reconstrucción con la perseverancia,
plantando una pequeña semilla donde ayer solo había sombra.
No todo es color de rosa, el dolor duele,
pero en la fuerza compartida de quienes comienzan a luchar de nuevo,
incluso las cenizas de España y Europa se convierten en alimento
para un nuevo y tenaz brote de esperanza.


