Por José Luis Ortiz Güell
Es posible que el hórreo más famoso de Galicia no sea ni el más largo, ni el más antiguo.
Podría ser el que ya no está. El que cayó en silencio un martes cualquiera, en una aldea sin nombre, mientras sus dueños, quizás, miraban hacia otro lado. Y es que el verdadero escándalo de los hórreos no es que se caigan; es que estamos permitiendo, con una pasividad que raya la complicidad, que se pudran de pie bajo el peso de una normativa que los protege tanto como un paraguas de papel protege de un temporal.
Galicia, la tierra que atesoraba miles de 30.000 de estos graneros elevados, posee, paradójicamente, la ley más avanzada para protegerlos. La Lei 5/2016 do Patrimonio Cultural de Galicia es clara y ambiciosa. Declara a los hórreos, cruceiros y petos de ánimas anteriores a 1901 como Bienes de Interés Cultural sin necesidad de tramitación previa. Son, por tanto, patrimonio protegido, estén en el estado que estén y en la propiedad que sea. La ley, en su artículo 92, es taxativa: no se puede autorizar la construcción de edificaciones adosadas que afecten a sus valores culturales. Cualquier intervención, por pequeña que sea, requiere autorización previa de la Dirección Xeral de Patrimonio.
Sin embargo, la realidad se ríe de los papeles. Mientras la Xunta publica resoluciones para inscribir hórreos en el catálogo, al otro lado de la Consellería, el patrimonio se desangra. 2025 fue un año nefasto para la memoria de piedra de Galicia. Hispania Nostra, la asociación que vigila el patrimonio en riesgo, incluyó a 18 nuevos símbolos gallegos en su Lista Roja. Entre ellos, el Hórreo do Cura de Ribela, en A Estrada, una mole de 22 metros que data de finales del siglo XVIII o principios del XIX y que hoy, apuntalado y sin paredes, es el esqueleto de granito de lo que fue un símbolo de la Iglesia y de la comunidad. Su inclusión en la Lista Roja no es más que el certificado de defunción de un patrimonio que la ley dice proteger.

Pero el problema no es solo el abandono. Es la violación sistemática de la ley. Los ejemplos son una letanía de impotencia y burocracia:
- En A Baña, una obra de pavimentación, con todos los permisos en regla según el Concello, acabó con el primer escalón de un hórreo catalogado como BIC soterrado y pegado a un muro. Los propietarios denunciaron que el plano final "no cumple con el artículo 92″. La administración, sorda, siguió adelante.
- En Santiago, el último hórreo que sobrevive en el casco urbano, construido en 1830, está "amenazado" por la construcción de un edificio de 12 metros de altura a tan solo dos o tres metros de sus cimientos. La propietaria, Elena Seoane, lo denunció. Su argumento es demoledor: «dende o ano 2016 a lei indica que preto de hórreos ou cruceiros non se pode facer ningunha obra nova». Aun así, el Concello paralizó la obra y luego la reanudó.
- El hórreo de San Ciprián de Viñas, un hórreo del siglo XIX, un hórreo familiar. Una guerra sin cuartel desde diciembre de 2012 y que la Xunta busca dejar caducar su expediente, en complicidad con el Ayuntamiento. Un pueblo en el que se podían encontrar 40 hórreos y hoy solo quedan 3. Salvemos el hórreo de San Ciprián de Viñas. Esto es un llamada a su Ayuntamiento.
¿Cómo es posible que una ley tan clara se incumpla con tanta impunidad? La respuesta, incómoda, es que hay intereses (urbanísticos, económicos, políticos) que pesan más que la piedra. Y mientras los concellos miran hacia otro lado y la Xunta no sanciona, los hórreos se convierten en meros estorbos para el progreso. Esta no es una batalla contra el desarrollo; es una batalla contra la amnesia y la desidia.
En abril de 2026, el Consejo de Ministros, a propuesta del ministro Ernest Urtasun, aprobó un Real Decreto declarando los hórreos del norte de España como Manifestación Representativa del Patrimonio Cultural Inmaterial. El Gobierno lo vende como un "blindaje". El texto es precioso, casi poético: los define como "vehículos de transmisión y expresión simbólica de identidad", "marcadores culturales" y "lugares de memoria".
Es un paso importante, sin duda, pero huele a incienso sobre una herida abierta. Se reconoce su dimensión simbólica y social, se habla de salvaguardar los conocimientos tradicionales y de frenar la "folclorización" y "banalización" turística. Todo muy loable. Pero, ¿de qué sirve un "blindaje" inmaterial cuando el cuerpo material se está desmoronando? Mientras se redactan expedientes en el BOE, en Galicia y en España han desaparecido más del 65 %.

¡SALVEMOS LOS HÓRREOS!
La defensa de los hórreos no puede ser una batalla de gestos simbólicos ni de grandes titulares. Es una lucha diaria y silenciosa que se gana o se pierde en cada concello, en cada obra, en cada propiedad privada donde un propietario duda si restaurar o derribar.
La norma está ahí, pero es papel mojado si no hay voluntad política para aplicarla, sancionar a quien la incumple y, sobre todo, educar y financiar.
El verdadero reto no es declarar los hórreos patrimonio inmaterial; es evitar que se conviertan en patrimonio de la nostalgia, en una foto bonita para el turista que ya no volverá. Defender los hórreos es defender la memoria de un pueblo que no quiere olvidar que antes de ser una postal, fue un hogar para el grano y un orgullo para la familia que lo construyó. Es defender la coherencia de una ley que dice proteger pero que, en la práctica, muchas veces abandona.
Y esa defensa, desgraciadamente, no la ganaremos con reales decretos. La ganaremos cuando se proteja realmente el patrimonio y no sea la hipocresía el mayo de nuestros patrimonios.

