Por María Hernández
Aunque parece una historia sacada de una novela o una película, el relato de hoy muestra hasta dónde pueden llegar la indiferencia y la crueldad de algunos seres humanos hacia los animales, seres vivos que también sienten hambre, sed, dolor y miedo.
Cuando nos narraron las condiciones en que quedó un indefenso perro, después de permanecer varios días sin agua ni alimentos y expuesto a la lluvia y al sol, no pudimos sentir más que impotencia. Contar esta historia debe servir también para llamar la atención sobre una realidad que no debería repetirse en la República Dominicana.
El propietario del animal, a quien identificaremos con el nombre ficticio de Hairo, se habría alejado de su hogar durante varias semanas. Durante ese período, el perro permaneció en el patio sin recibir alimentos ni agua, hasta que finalmente murió.
La razón por la cual su dueño decidió abandonarlo no la conocemos. Lo que sí conocemos es el desenlace: un animal que dependía completamente de su propietario terminó muriendo en condiciones de abandono.
Hoy solo quedan las lamentaciones de los vecinos, quienes aseguran que, de haber conocido la situación, habrían podido alimentarlo y ayudarlo.
Una realidad que no podemos ignorar
La crueldad hacia los animales constituye una realidad que con frecuencia aparece en los medios de comunicación y en las redes sociales.
Perros y gatos son envenenados, golpeados, abandonados o dejados a su suerte en diferentes comunidades del país.
También hay que reconocer el trabajo de personas que han desarrollado una sensibilidad especial hacia estos animales y dedican tiempo y recursos a alimentarlos, protegerlos y buscarles un lugar donde puedan vivir.
Entre quienes han mostrado ese compromiso se encuentra la reconocida periodista Ivón Ferreras, según se destaca en este artículo.
El problema, sin embargo, supera las acciones individuales.

Millones de animales en las calles
En República Dominicana se ha estimado la existencia de una elevada cantidad de perros y gatos que deambulan por las calles, aunque las cifras publicadas sobre este fenómeno varían y requieren estudios oficiales actualizados.
El problema tampoco es exclusivamente dominicano. Países como India enfrentan poblaciones muy numerosas de perros callejeros.
A nivel mundial, los perros forman parte de una de las poblaciones de animales domésticos más numerosas y millones viven como mascotas junto a seres humanos.
Pero detrás de cada cifra existe una realidad concreta: un animal que necesita alimento, agua, atención veterinaria y protección.
¿Qué estamos haciendo como sociedad?
La República Dominicana necesita fortalecer sus políticas públicas relacionadas con la protección y el control de animales abandonados.
El antiguo Centro Antirrábico Nacional, creado en 1975 para el control de la rabia, dejó de operar en 2018 y dio paso al Centro Nacional de Zoonosis, dependiente del Ministerio de Salud Pública, orientado a la prevención, control y vigilancia de enfermedades transmitidas por animales.
Sin embargo, el problema de los animales abandonados requiere una respuesta que vaya más allá del control sanitario.
Se necesita coordinación entre el Estado, los ayuntamientos, organizaciones protectoras de animales y las comunidades.
Un albergue nacional
Una alternativa que debería ser discutida seriamente es la creación de una red de albergues para animales abandonados, acompañada de programas de esterilización, vacunación, adopción y educación ciudadana.
No se trata simplemente de recoger perros y gatos de las calles.
Se trata de establecer un sistema que permita reducir progresivamente el abandono, controlar la reproducción y promover la adopción responsable.
Los ayuntamientos también tienen un papel importante, porque el problema se manifiesta diariamente en las comunidades.
La responsabilidad comienza en casa
Tener un animal no puede ser una decisión momentánea.
Quien adopta un perro o un gato adquiere una responsabilidad que puede extenderse durante muchos años. Alimentarlo, proporcionarle agua, atención veterinaria, protección y condiciones adecuadas no es un acto de caridad: es una obligación básica de quien decidió tenerlo bajo su cuidado.
Abandonar un animal porque creció, enfermó, se hizo demasiado grande o dejó de resultar conveniente no debería ser una opción.
La historia del perro que murió en Santo Domingo Este debería servirnos para reflexionar.
La forma en que tratamos a los animales también dice mucho de la sociedad que estamos construyendo.
No podemos exigir una sociedad más sensible mientras aceptamos como normal que un animal muera lentamente por hambre, sed o abandono.
La protección animal no debe depender únicamente de personas particulares que actúan por compasión. También requiere políticas públicas, educación, responsabilidad ciudadana y cumplimiento de las normas existentes.
Porque detrás de cada perro o gato abandonado hay una decisión humana.
Y esa decisión puede ser de indiferencia o de responsabilidad.

