Por Luis Aníbal Medrano Silverio
La responsabilidad de criar, orientar y proteger a los hijos comienza en el hogar. El Estado tiene obligaciones fundamentales en materia de educación, seguridad, protección de la niñez y políticas sociales, pero ninguna institución pública puede sustituir el vínculo afectivo, la supervisión y la formación que corresponden a la familia.
El problema aparece cuando esa responsabilidad comienza a trasladarse hacia terceros: la escuela, las autoridades, los medios de comunicación y, cada vez más, las pantallas.
La familia no puede abdicar de su responsabilidad
Los padres y tutores tienen un papel esencial en la formación moral y afectiva de sus hijos. Conocer sus amistades, acompañar su desarrollo, establecer límites y estar atentos a lo que consumen en internet forman parte de una crianza responsable.
Las escuelas y los servicios públicos deben ser aliados de las familias, no sustitutos de ellas.
Esto no significa desconocer las dificultades económicas que enfrentan numerosos hogares dominicanos. La pobreza puede dificultar enormemente la crianza y requiere respuestas del Estado y de la sociedad. Pero una cosa es la pobreza y otra la ausencia de acompañamiento, límites y responsabilidad parental.
Cuando la pantalla comienza a criar
El fenómeno adquiere una dimensión nueva con las redes sociales.
Un teléfono inteligente puede convertirse en una herramienta educativa, pero también en una especie de niñera digital cuando sustituye sistemáticamente la conversación, la supervisión y el tiempo compartido entre padres e hijos.
Los algoritmos no educan pensando en el desarrollo integral del niño. Su objetivo fundamental es mantener al usuario conectado.
Por eso, un menor puede pasar horas recibiendo contenidos que premian la provocación, la vulgaridad, la violencia, el exhibicionismo o la gratificación inmediata.
El problema no es únicamente lo que aparece en la pantalla. Es también la ausencia del adulto que debería ayudar al menor a interpretarlo.
El negocio de los clics
Las plataformas digitales funcionan bajo una lógica comercial. Cuanto mayor sea la atención que consiga un contenido, mayores pueden ser sus posibilidades de generar ingresos, seguidores o influencia.
Eso crea un conflicto evidente entre lo que atrae audiencia y lo que necesariamente educa.
No todos los creadores de contenido producen material nocivo, pero sería ingenuo pensar que las redes sociales tienen como misión principal formar ciudadanos.
Su negocio es captar atención.
La responsabilidad de decidir qué consume un niño y cuánto tiempo permanece frente a una pantalla no puede recaer exclusivamente sobre el algoritmo.
Cuando la intimidad familiar se convierte en espectáculo
Existe además otro fenómeno preocupante: padres que convierten la vida privada de sus propios hijos en contenido.
Discusiones familiares, castigos, comportamientos inapropiados e incluso situaciones que deberían permanecer dentro del ámbito privado terminan publicados para obtener visualizaciones, comentarios y seguidores.
El menor, que debería ser protegido por el adulto, puede terminar convertido en protagonista involuntario de un espectáculo digital.
La pregunta debería ser sencilla:
¿Publicaríamos esto si supiéramos que nuestro hijo tendrá que verlo dentro de diez años?
Culpar al Estado de todo
También debemos revisar la tendencia de atribuir exclusivamente al Gobierno, a la Policía o al sistema educativo problemas que tienen múltiples causas.
Cuando un adolescente abandona la escuela, participa en actividades delictivas o desarrolla comportamientos perjudiciales, corresponde analizar el entorno completo: familia, comunidad, escuela, condiciones económicas, amistades, consumo de contenidos y actuación institucional.
El Estado tiene responsabilidades que no puede evadir. Pero tampoco resulta razonable exigirle que haga desde una oficina pública lo que corresponde comenzar en la casa.
El Estado apoya; la familia forma
Una sociedad funcional necesita ambas cosas.
Necesita un Estado que garantice educación, seguridad, salud, protección social y oportunidades.
Pero también necesita familias capaces de establecer límites, transmitir valores, acompañar a sus hijos y asumir las consecuencias de sus decisiones.
El Estado puede apoyar a la familia, pero no puede convertirse en la familia.
La solución tampoco consiste simplemente en prohibir teléfonos, censurar contenidos o aumentar la vigilancia. Se necesita algo mucho más difícil: padres presentes, capaces de conversar con sus hijos y de conocer el mundo digital en el que estos se están formando.
La autoridad parental no consiste únicamente en decir “no”. También significa explicar, acompañar y enseñar a distinguir entre aquello que entretiene y aquello que construye.
El futuro comienza en casa
La crisis de valores no se resolverá únicamente con más policías, mayores presupuestos educativos o nuevas regulaciones.
Tampoco desaparecerá apagando internet.
Comenzará a enfrentarse cuando los adultos vuelvan a asumir plenamente su responsabilidad dentro del hogar.
Los medios de comunicación y las plataformas pueden informar, entretener y generar negocios. No podemos exigirles que sustituyan a los padres.
Un algoritmo puede recomendar millones de contenidos en un segundo. Lo que no puede hacer es sentarse a la mesa con un hijo, preguntarle cómo se siente, corregirlo con responsabilidad, escuchar sus problemas y enseñarle a distinguir entre lo correcto y lo conveniente.
Ahí continúa estando la diferencia.
La patria no se transforma únicamente desde un ministerio, una escuela o una plataforma digital. También se construye desde la mesa del comedor.
El verdadero desafío no es eliminar las pantallas, sino impedir que las pantallas terminen ocupando el lugar que corresponde a los padres.
El Estado apoya. La escuela educa. Los medios informan y entretienen. Pero la familia forma.
Y recuperar esa responsabilidad es probablemente una de las tareas más urgentes que tiene hoy la sociedad dominicana.
El autor es periodista, político, municipalista y videógrafo.

