Entrevista a Vida Tedesqui, la guardiana del alma boliviana.
Por José Luis Ortiz Güell
Hay encuentros que cambian la manera de mirar un país. En La Paz, a 3,600 metros de altura, el aire parece hacer que las palabras pesen más. Allí, el periodista José Luis Ortiz Güell conversa con Vida Tedesqui, socióloga, investigadora y gestora pública que durante casi dos décadas ha dedicado su trabajo a la preservación de la cultura y la memoria colectiva de Bolivia.
Tedesqui ha trabajado para que las danzas, máscaras, bordados, fiestas y otras expresiones culturales permanezcan vivas y puedan ser comprendidas por las nuevas generaciones. En esta conversación aborda su trayectoria, el patrimonio cultural inmaterial, la investigación, los jóvenes y los desafíos de preservar una identidad en un mundo cada vez más digital.
Vida, cuando uno revisa su trayectoria, encuentra a una mujer que en 2007, siendo muy joven, ya irrumpía en la entonces Oficialía Mayor de Culturas de La Paz con el puntaje más alto de su promoción. ¿Qué sentía aquella joven al cruzar por primera vez esas puertas? ¿Miedo, vértigo o la certeza de que estaba en el lugar correcto?
Mirando atrás, creo firmemente que estuve siempre en el lugar exacto, aunque entonces no fuera plenamente consciente. Mi vida ha estado anclada en el universo de la expresión cultural desde mucho antes de que yo misma pudiera nombrarlo.
Esa vocación me llegó a través de mi madre, una artesana de manos incansables y alma creativa. Crecí a su sombra, acompañándola a cada taller, a cada rincón donde el cuero se transformaba, donde las telas cobraban vida y los hilos tejían historias.
El repujado, el bordado, la textura… todo aquello era mi escuela silenciosa. Y en esa escuela, sin saberlo, se forjó mi atracción por la cultura en todas sus manifestaciones.
Recuerdo con nitidez el instante en que crucé por primera vez el umbral de la Oficialía Mayor de Culturas. No era un edificio cualquiera; para mí era un territorio sagrado, un lienzo en blanco donde intuía que se escribiría mi futuro.
Sentí un deseo voraz de aprehenderlo todo. No solo de ver o escuchar, sino de asimilar e interiorizar cada proceso, cada gesto y cada decisión que allí se tomaba.
Porque tenía muy clara, desde ese primer día, una distinción fundamental que marcó mi propósito: una institución no genera cultura en estado puro; esa nace en la calle, en la tradición y en el pulso de la gente. Pero sí tiene la responsabilidad de gestionarla y crear las condiciones para que pueda florecer y llegar a todos.
Yo no quería ser una mera espectadora; anhelaba comprender esa maquinaria, dominar ese engranaje invisible que permite que el arte respire y trascienda. Esa era, y sigue siendo, mi gran aspiración.
Usted ha dedicado su vida a lo que llamamos patrimonio inmaterial, esas expresiones que no se tocan pero se sienten: las danzas, las máscaras, la vestimenta de la chola paceña. ¿Qué significa para usted ser la voz de esos silencios que bailan?
Me parece fundamental despejar, antes que nada, un equívoco recurrente: el patrimonio cultural inmaterial no puede, ni debe, reducirse exclusivamente a la danza.
La UNESCO lo define en un espectro mucho más amplio: comprende las tradiciones y expresiones orales, incluido el idioma; las artes del espectáculo; los usos sociales, rituales y actos festivos; los conocimientos ancestrales sobre la naturaleza y el universo; y las técnicas artesanales tradicionales.
Son cinco grandes ramas que no funcionan como compartimentos estancos, sino que se entrelazan y confluyen en una sola expresión viva.
Tomemos la danza como ejemplo. En ella no solo habita el movimiento. También resuena la tradición oral que la nombra, se despliega el arte del espectáculo, se actualizan los rituales que le otorgan sentido y se materializa la artesanía en los bordados, las texturas y cada prenda que la viste de identidad.
Todo el universo cultural cabe, comprimido y palpitante, en un solo compás.
No aspiro a ser la voz de nadie; no tengo la soberbia de creer que puedo hablar por los silencios ancestrales. Lo que sí puedo hacer, y es mi oficio, mi compromiso y mi pasión, es tender un puente a través de la investigación metódica.
Mi labor consiste en investigar el origen de las danzas, rastrear su evolución y desentrañar las transformaciones que el tiempo ha depositado sobre ellas.
Un ejemplo es la Alasita, que antiguamente recibía el nombre de Chhalasita. No es una mera feria; es una expresión cultural inmaterial donde las artesanías en miniatura y los rituales de abundancia se funden en un acto de fe y esperanza.
Eso es, en esencia, lo que hago: responder al asombro de los jóvenes con las herramientas de la memoria. Esa es mi trinchera, y en ella me reconozco.

Además de su labor en el gobierno municipal, usted es parte del Colectivo de Investigación Sociocultural JIWASA. ¿Qué significa esa palabra y qué aporta ese espacio a su visión del mundo?
JIWASA nació de un encuentro entre compañeras que, después de egresar de la universidad, sentíamos la necesidad de seguir tejiendo lazos más allá de las aulas.
El nombre no fue una elección casual. En su traducción más inmediata del aymara al castellano significa “nosotros”. Pero para nosotras encerraba una dimensión mucho más profunda: la muerte simbólica de los egos individuales para dar paso a una identidad colectiva.
No se trataba de un “nosotros” superficial, sino de uno capaz de contener y armonizar nuestras identidades, con sus tensiones, disidencias y afectos.
El grupo comenzó a reunirse para investigar, compartir hallazgos y reflexionar sobre las preguntas que la historia nos planteaba.
Con el tiempo, cada integrante encontró su propia área de investigación. Yo me consagré a la investigación cultural y a desentrañar los códigos simbólicos que dan forma a las identidades.
JIWASA no se diluyó; se ramificó. Aunque hoy nuestros caminos sean distintos, continúa presente aquella convicción fundacional: el conocimiento, como la identidad, se construye mejor cuando renuncia al monocultivo del yo para abrazar la exuberancia del nosotros.
Entre sus publicaciones está “Los Bordadores de Morenada. Estética y Discursividad Social”. ¿Qué le enseñaron esos hombres y mujeres que bordan con hilos de colores las historias de la fiesta?
Precisamente esa mirada ausente fue la que quise interpelar con mi investigación, apoyada por la AECID.
No solo quería documentar las técnicas; quería comprender cómo, a través de sus agujas e hilos, estos artesanos tejen relatos completos en cada prenda.
Un traje bordado no es mero atuendo: es un pergamino textil donde se inscriben memorias, pertenencias y cosmovisiones.
Entrevisté a diferentes bordadores y desarrollé una investigación sobre su trabajo. Allí encontré algo revelador e inquietante.
Muchos artesanos son herederos de tradiciones familiares que se remontan a generaciones, pero trabajan ahora bajo una demanda que ha crecido enormemente. Si antes recibían encargos de cien trajes, hoy el mercado puede exigirles mil.
La modernidad y la globalización han transformado los tiempos y las formas de producción. Los bordados de antaño, caracterizados por su riqueza de detalles y símbolos, han tenido que simplificarse ante la presión del mercado.
La paradoja es dolorosa: lo que antes era un relato, cada puntada una palabra, cada hilo una frase, puede convertirse en mera vistosidad.
El verdadero desafío es recuperar ese hilo perdido que une la aguja con la memoria.
Usted ha sido editora y coautora de obras sobre el patrimonio paceño. Más allá de los títulos, ¿cuál es el momento que más la ha marcado en estos años de trabajo de campo?
Diecinueve años. Casi dos décadas de trayectoria profesional, de las cuales dieciocho he dedicado a la dirección de un concurso municipal de investigación para jóvenes.
Se llama “Nuestra Historia desde Miradas Jóvenes”.
Cada año proponemos un tema diferente para que los jóvenes investiguen su propia realidad. Pero lo que más me conmueve no son los premios ni los resultados académicos, sino lo que ocurre durante el proceso.
He visto jóvenes que llegan sin saber qué estudiar ni hacia dónde dirigir sus pasos. Y, al sumergirse en la investigación, comienzan a descubrir no solo la historia de su ciudad, sino también su propia vocación.
Algunos han decidido estudiar Ciencias Sociales, Historia, Antropología o Sociología después de participar.
Esa transformación es para mí la mayor recompensa: comprobar cómo una pregunta de investigación puede cambiar el rumbo de una vida.
La historia no es un relato lejano; es una historia viva de la que cada joven forma parte.
Su carrera es un ejemplo de tenacidad. ¿Cómo ha logrado mantener su esencia emprendedora frente a los obstáculos?
No tengo por qué amargarme. Esa es quizá la primera decisión que tomé hace años y que sigo renovando cada mañana.
He aprendido que el trabajo es la voz de lo que uno es, nuestra carta de presentación ante el mundo y el testimonio de nuestra integridad y entrega.
Nunca he sentido que mi condición femenina fuera un límite. He tratado de destacar en cada una de mis empresas por convicción: un buen trabajo no entiende de género, edad ni origen. Si lo haces bien, eso es lo que habla por ti.
Pero el verdadero desafío no vino de fuera, sino de dentro.
Hace diecinueve años recibí un diagnóstico que cambió mi vida: esclerosis múltiple. Con el tiempo, la enfermedad me ha obligado a reajustar mi manera de habitar mi cuerpo y mi tiempo.
Antes participaba activamente en la Feria Dominical de Culturas, donde tenía un espacio para invitar a artesanos, pintores y ceramistas. El cuerpo me fue restando fuerza y ya no puedo hacerlo.
Sin embargo, no me he rendido.
La esclerosis me ha quitado movilidad, pero no ha tocado mi voluntad.
Sigo buscando otras maneras, otras rutas y otras estrategias para emprender, crear y estar presente en los espacios que me apasionan.
La discapacidad no define quién soy. Define, a lo sumo, cómo me adapto.
Y mientras encuentro nuevas formas de continuar, seguiré trabajando.
En un mundo que corre hacia lo digital y lo efímero, ¿cómo convence a las nuevas generaciones de que el patrimonio inmaterial es relevante?
Evidentemente, es relevante.
Los jóvenes que no conocen su cultura están condenados a navegar con identidades frágiles, como barcos sin ancla en un mar de estímulos efímeros.
La identidad se construye desde el conocimiento del entorno y desde la comprensión de las expresiones culturales que nos han dado forma.
Por eso estamos impulsando cursos de enseñanza sobre patrimonio inmaterial dirigidos a niños y jóvenes.
Queremos que descubran con sus propios ojos y sus propias manos la textura de su herencia cultural.
Pensemos en las entradas folclóricas. Muchas veces el espectador se queda con el movimiento, la coreografía y el bullicio. Pero no ve el bordado que narra historias ancestrales, la matraca que marca el compás o la máscara que representa otros rostros y otras temporalidades.
Cuando uno se acerca, toca, pregunta y observa cómo se construye cada elemento, la mirada cambia.
Lo que antes era un espectáculo se convierte en un texto. Lo que era ruido se vuelve lenguaje. Lo que era folclore se revela como memoria viva.
Si tuviera que definir su legado en una frase, ¿cuál sería?
No sé si encontraría las palabras exactas, pero si hablo desde el corazón, diría que mi legado se resume en tres verbos que han sido el motor de todo lo que soy:
Atreverse, emprender y conocer.
Atreverse a saber. Atreverse a preguntar cuando todos parecen tener las respuestas. Mirar más allá de lo evidente y cuestionar las primeras impresiones.
Emprender no solo significa crear proyectos o iniciar empresas. También significa atreverse a proponer nuevas formas de mirar el mundo y construir caminos donde antes no existían.
Y conocer no es simplemente acumular datos. Es investigar, escuchar, dialogar y acercarse con humildad a aquello que todavía desconocemos.
Mi legado no es una obra, un título ni un reconocimiento. Es una invitación.
Una invitación a que otros, jóvenes sobre todo, se atrevan, emprendan y conozcan.
Porque en esa tríada está la semilla de una vida plena.
La memoria como forma de resistencia
Cuando termina la conversación, Vida Tedesqui entrega al periodista un ejemplar de su última publicación sobre el barrio de Sopocachi. Lo abre en una página donde aparece la fotografía antigua de una mujer elegante de Potosí.
“Esa es mi bisabuela”, susurra.
En ese instante, la investigación deja de parecer un ejercicio académico distante. Se convierte en memoria familiar, identidad y pertenencia.
A lo lejos, el Illimani cubierto de nieve permanece como testigo de siglos. Y surge una conclusión inevitable: gracias a personas dedicadas a investigar y preservar la cultura, una montaña puede ser mucho más que piedra; puede convertirse también en relato.
Porque el patrimonio no pertenece únicamente al pasado. Es memoria viva que continúa presente en cada danza, cada bordado y cada generación que se niega a olvidar.

