Todos hemos mirado alguna vez hacia arriba y nos hemos preguntado por qué el cielo tiene ese característico color azul. Aunque parece algo simple y cotidiano, la respuesta se encuentra en un interesante fenómeno de la física.
La luz que recibimos del Sol parece blanca, pero en realidad está compuesta por todos los colores del arcoíris. Cuando esa luz entra en la atmósfera terrestre, se encuentra con millones de moléculas de aire y pequeñas partículas suspendidas en el ambiente.
Al chocar con estas moléculas, la luz se dispersa en diferentes direcciones. Los colores no se dispersan de la misma manera. Los tonos azules y violetas, que poseen longitudes de onda más cortas, se dispersan con mucha mayor facilidad que los demás colores.
Aunque el violeta se dispersa incluso más que el azul, nuestros ojos son más sensibles al azul y parte de la luz violeta es absorbida por la atmósfera. Como resultado, el color que percibimos con mayor intensidad es el azul.
Por esta razón, durante los días despejados vemos el cielo teñido de ese hermoso tono azul que forma parte de nuestro paisaje cotidiano.
Al amanecer y al atardecer ocurre algo diferente. La luz solar debe recorrer una distancia mayor a través de la atmósfera, provocando que los colores azules se dispersen antes de llegar a nuestros ojos. Entonces predominan los tonos rojos, anaranjados y amarillos que crean los espectaculares colores del amanecer y el atardecer.
Dato curioso
Si la Tierra no tuviera atmósfera, el cielo sería completamente negro incluso durante el día, tal como lo observan los astronautas desde el espacio.
Curiosidades del Planeta es una sección de El Sol de Las Américas dedicada a descubrir los fenómenos más sorprendentes de nuestro mundo.


