¿Por qué cada vez tenemos menos tiempo para los demás?

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Vivimos en una época diseñada, aparentemente, para ahorrarnos tiempo. Podemos enviar un mensaje en segundos, hacer una transferencia bancaria desde el teléfono, comprar sin salir de casa, trabajar a distancia y comunicarnos instantáneamente con alguien que se encuentra al otro lado del mundo.

Sin embargo, ocurre una paradoja: cada vez parece que tenemos menos tiempo para los demás.

Nos falta tiempo para visitar a nuestros padres, conversar con nuestros hijos, llamar a un amigo, escuchar a nuestra pareja o simplemente sentarnos junto a alguien sin mirar constantemente el reloj o el teléfono.

¿Realmente nos falta tiempo o hemos cambiado nuestras prioridades?

Vivimos permanentemente ocupados

Desde que comienza el día aparece una larga lista de responsabilidades.

Trabajo, estudios, compromisos familiares, tránsito, diligencias, cuentas pendientes y obligaciones domésticas ocupan buena parte de nuestras jornadas.

Pero a todo esto hemos agregado algo nuevo: una enorme cantidad de estímulos digitales.

Mensajes, videos, noticias, redes sociales y notificaciones compiten constantemente por nuestra atención.

Podemos terminar el día agotados y, cuando pensamos en todo lo que hicimos, descubrir que estuvimos ocupados durante muchas horas sin necesariamente haber dedicado tiempo a las personas que realmente nos importan.

Estar conectados no significa estar acompañados

Nunca habíamos tenido tantas herramientas para comunicarnos.

Podemos saber en segundos dónde está alguien, qué está haciendo o qué publicó durante el día.

Pero conocer las publicaciones de una persona no significa conocer lo que está viviendo.

Podemos enviar un saludo por WhatsApp, reaccionar a una fotografía o colocar un corazón debajo de una publicación y sentir que hemos mantenido el contacto.

Sin embargo, nada de eso sustituye completamente una conversación.

Hay personas con cientos o miles de contactos en sus redes sociales que pueden sentirse profundamente solas.

La tecnología facilita la comunicación, pero no necesariamente crea vínculos profundos.

La prisa se ha convertido en una forma de vida

Corremos para llegar al trabajo.

Corremos para regresar a casa.

Comemos rápidamente.

Contestamos mensajes mientras hacemos otras cosas.

Incluso nuestro tiempo de descanso termina ocupado por actividades, pantallas y compromisos.

Nos hemos acostumbrado tanto a la velocidad que detenernos puede parecernos una pérdida de tiempo.

Pero algunas de las cosas más importantes de la vida necesitan precisamente lo contrario: tiempo y atención.

Una amistad necesita tiempo.

Una relación de pareja necesita tiempo.

Los hijos necesitan tiempo.

Los padres envejecen y necesitan tiempo.

Incluso nosotros mismos necesitamos momentos para detenernos y reflexionar.

Estamos dejando a las personas para después

Hay expresiones que repetimos con demasiada frecuencia:

“Después te llamo”.

“Un día de estos voy a visitarte”.

“Cuando tenga tiempo hablamos”.

“Tenemos que juntarnos”.

Y pasan los días.

Después pasan los meses.

En ocasiones pasan los años.

Hasta que un día descubrimos que aquella conversación que dejamos pendiente ya no podrá realizarse.

El tiempo tiene una característica que frecuentemente olvidamos: no regresa.

Podemos recuperar dinero perdido, comprar nuevamente un objeto o cambiar muchos de nuestros planes.

Pero no podemos recuperar una tarde que dejamos pasar junto a alguien que ya no está.

Escuchar también es una forma de ayudar

Cuando pensamos en ayudar a los demás, solemos imaginar grandes acciones.

Pero muchas personas no necesitan dinero ni soluciones extraordinarias.

Necesitan ser escuchadas.

Una persona puede atravesar una dificultad familiar, económica o emocional y simplemente necesitar a alguien dispuesto a sentarse a su lado y preguntarle:

¿Cómo estás realmente?

Escuchar requiere tiempo.

Y quizás por eso se está convirtiendo en uno de los regalos más escasos de nuestra época.

Los niños necesitan nuestra presencia

Podemos proporcionarles educación, ropa, tecnología, juguetes y comodidades.

Pero hay algo que ningún objeto puede sustituir completamente: la presencia de sus padres y familiares.

Los niños recuerdan conversaciones, juegos, paseos y momentos compartidos.

Muchas veces aquello que para un adulto parece una actividad sencilla puede convertirse para un niño en uno de los recuerdos más importantes de su infancia.

Educar también significa estar presente.

Nuestros adultos mayores también esperan

Mientras nosotros vivimos aceleradamente, muchas personas mayores experimentan una realidad completamente diferente.

Sus hijos crecieron.

Los nietos tienen sus propias actividades.

Los amigos comienzan a faltar.

Y las visitas pueden hacerse cada vez menos frecuentes.

Una llamada, una conversación o una visita que para nosotros representa algunos minutos puede significar muchísimo para alguien que pasa gran parte del día solo.

No deberíamos esperar a una enfermedad o una emergencia para encontrar tiempo para quienes han formado parte de nuestra historia.

¿En qué momento entra Jesús en esta reflexión?

Cuando observamos la vida de Jesús relatada en los Evangelios encontramos algo interesante.

Jesús caminaba entre multitudes, viajaba de un lugar a otro y constantemente había personas buscándolo.

Sin embargo, se detenía.

Se detuvo ante el enfermo.

Escuchó al que necesitaba hablar.

Compartió la mesa con otras personas.

Visitó hogares.

Atendió a quienes muchos ignoraban.

Permitió que los niños se acercaran.

Su manera de relacionarse con los demás nos deja una enseñanza profundamente actual: las personas necesitan nuestra presencia.

Cuando Jesús enseñó:

“Amarás a tu prójimo como a ti mismo” (Mateo 22:39),

no habló únicamente de sentimientos.

Amar también implica acompañar, escuchar, ayudar y estar presente.

El tiempo también es una forma de amar

Quizás hemos pensado demasiado en el amor como algo que se expresa mediante palabras o regalos.

Pero existe otro regalo extraordinariamente valioso:

nuestro tiempo.

Cuando dedicamos tiempo a alguien estamos entregando una parte de nuestra vida que nunca podremos recuperar.

Por eso tiene tanto valor.

Cinco minutos escuchando a un hijo.

Una visita a nuestros padres.

Una llamada a un amigo que atraviesa dificultades.

Una conversación tranquila con nuestra pareja.

Un momento para acompañar a quien está solo.

Parecen acciones pequeñas, pero pueden tener un enorme significado.

Reflexión final

La vida moderna probablemente seguirá siendo rápida.

Siempre existirán responsabilidades, compromisos y cosas pendientes.

No podemos detener completamente el mundo.

Pero sí podemos decidir a quién entregamos nuestro tiempo.

Quizás no necesitamos disponer de más horas en el día.

Quizás necesitamos aprender a utilizar mejor las que ya tenemos.

Porque llegará un momento en que muchas de las cosas que hoy ocupan nuestras jornadas dejarán de parecernos importantes.

Entonces comprenderemos que nuestra verdadera riqueza estuvo siempre en las personas que caminaron junto a nosotros.

Jesús nos enseñó a amar al prójimo.

En nuestro tiempo, una de las formas más sencillas y profundas de hacerlo puede ser detenernos, escuchar y estar presentes.

Y antes de terminar el día vale la pena hacernos una pregunta:

¿Cuántas personas importantes estamos dejando para después mientras dedicamos nuestro tiempo a cosas que mañana probablemente ni recordaremos?

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