POR JUAN CRUZ TRIFFOLIO
Sociólogo – Comunicador Dominicano
Triffolio@gmail.com
De nuevo estoy aquí.
Camino, como en otros tiempos, por las mismas callejuelas angostas de Salcedo, mi terruño natal.
Cada paso me trae mil recuerdos.
Luce ser la misma ciudad de siempre.
La Tacita de Oro, cuna del inmenso Tejada Florentino, la afable Fe Violeta Ortega y la intrépida Sina Cabral, entre otros arquetipos de la dignidad y el patriotismo, no ha perdido su esencia, aunque el tiempo haya transcurrido.
Vuelven a mi mente las competencias de barquitos de papel.
Eran los días de lluvia, cuando las calles se llenaban de pequeñas corrientes y nosotros, los niños, hacíamos carreras con nuestras naves de hojas de cuaderno y palitos de helado.
¡Qué felicidad tan simple!
Recuerdo a la gente.
A Papanó y Villá, quienes siempre estaban metidos en alguna travesura.
Al ocurrente Bibingo, que no soltaba su pote de etílico y quien vivía frecuentemente clamando por su inseparable Ana Celia.
Me llega el olor de la cocina de doña Petra, con sus frituras y rellenos calientes en su estrecho friquitín.
Imposible es ignorar al extrovertido Sabiro, con su cotorra y en su singular barbería pueblerina.
Vale invocar el exquisito moro negro con carne frita de Morita, que no faltaba nunca.
Veo a don Guillermo, siempre serio y puntual, constantemente pendiente de que los imbornales del pueblo estuvieran limpios.
Era su forma de querer a Salcedo.
En diciembre todo cambiaba.
Llegaban los aguinaldos y, con ellos, don Bolo de Jesús, con el contagioso sonido de su acordeón; Piquín, dándole duro a la güira, y Antonio Lora, repicando la tambora en las emocionantes misas de madrugada.
El frío, la fe y la música se juntaban, confundiéndose en un hermoso abrazo de hermandad.
Aún viven en nuestras mentes iracundas las imágenes de aquella oligarquía descansando plácidamente en sus mecedoras, exhibiendo atractivas vestimentas y proyectando gran elegancia en el disfrute del baile en un centro de recreo con matices elitistas.
Y cómo olvidar a otros personajes que le daban color al día a día.
A Bichococo y su grito vagabundo.
A Rafucho, quien un día cargaba la cruz en la ceremonia mortuoria y, al otro, nos hacía reír a mandíbulas batientes contando de qué murió la gallina.
A Beco, Bélgica María Minaya, con su alegría y su sazón insuperable en la Barra Popolito.
Los tiempos han cambiado.
Los valores, las costumbres, hasta la cara del pueblo.
Salcedo ya no es exactamente el mismo.
Pero no importa.
Nos queda lo más importante: los recuerdos.
El ejemplo de nuestros antepasados.

Y el compromiso de seguir empujando para tener un Salcedo nuevo, grande, del que todos podamos sentirnos orgullosos.
Porque, al final, un pueblo no se mide por sus calles y edificios.
Se aquilata por su gente.
Y la de Salcedo vale mucho…

