Por Víctor Manuel Grimaldi Céspedes
A finales de los años ochenta, cuando todavía muchos seguían hablando del socialismo real como si fuera una promesa aplazada y no un edificio con grietas visibles, en 1989 Juan Bosch cumplía 80 años de vida.
Juan Bosch observaba el mundo con una mezcla de disciplina intelectual y escepticismo histórico. No miraba los procesos desde la consigna, sino desde la experiencia. Había visto demasiadas revoluciones convertirse en burocracia y demasiados partidos olvidar por qué habían nacido.
Ya en 1988 Bosch siguió con atención la perestroika impulsada por Mijaíl Gorbachov. En varios artículos advirtió que el problema de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas no era solo político, sino estructural. Reformar la economía sin desmontar el aparato de poder que la asfixiaba era intentar salvar un barco tapando una vía de agua con discursos.
La planificación central, la ausencia de incentivos y la hipertrofia burocrática habían vaciado de productividad al sistema. La perestroika llegaba tarde y, peor aún, llegaba incompleta.
En 1989 Bosch constató algo que para él ya era evidente: el fracaso económico de la URSS era irreversible. No se trataba de un bache coyuntural ni de un mal cálculo, sino del agotamiento de un modelo que había confundido control con eficiencia y obediencia con desarrollo.
Había viajado a Taiwan en 1989 y este último año la represión en China, culminada en Plaza de Tiananmén, confirmó otra intuición: cuando un sistema necesita aplastar a su propia juventud para sobrevivir, ha perdido la batalla moral. El crecimiento económico sin libertad política no resolvía el dilema de fondo; apenas lo posponía.
Bosch entendió entonces que el mundo estaba entrando en una nueva fase. No se trataba del triunfo del capitalismo como dogma, sino del colapso del socialismo como práctica estatal cerrada.
Por eso, lejos de encerrarse en la nostalgia ideológica, optó por el realismo político. Visitó el Departamento de Estado de los Estados Unidos y se reunió con Bernard Aronson. No fue un gesto de subordinación ni una conversión tardía, sino una lectura precisa del tablero internacional.
Bosch recibió garantías claras: si ganaba las elecciones de 1990, su gobierno sería respetado mientras se mantuviera dentro del marco democrático y de una economía abierta. Era el lenguaje del nuevo orden, y Bosch lo comprendió sin dramatismos.
Ese entendimiento se reflejó en sus anuncios de 1990. Bosch habló abiertamente de privatizar los ingenios azucareros y empresas del Estado. Para muchos, aquello sonó a herejía. Para él, era coherencia histórica.
Bosch no estaba abandonando principios; estaba despojándolos de disfraces. Sabía que un Estado empresario ineficiente terminaba siendo un Estado injusto, porque trasladaba el costo de su ineficiencia a los más pobres.
La paradoja es que esa posición no era nueva. En 1963, durante su breve gobierno constitucional, Bosch había gobernado en una economía de libre empresa que respetó y promovió. Defendió la propiedad privada, garantizó las libertades económicas y concibió al Estado como regulador y árbitro, no como dueño omnipresente.
Bosch no fue derrocado por socialista, sino por demócrata. Su pecado no fue económico, sino político: intentar someter el poder a la ley en una sociedad acostumbrada a lo contrario.
Mientras tanto, en Europa del Este, 1989 marcaba la caída del Muro de Berlín y 1990 desmantelaba el monopolio del Partido Comunista soviético.
Las repúblicas proclamaban soberanía y el centro perdía autoridad. 1990 fue el año en que la URSS dejó de funcionar como Estado, aunque siguiera existiendo formalmente. 1991 solo firmó el acta de defunción, primero con el referéndum de marzo —que paradójicamente mostró apoyo popular a una federación reformada— y luego con la renuncia de Gorbachov y la disolución legal del 26 de diciembre.
Ese mismo 1991, el Partido de la Liberación Dominicana entró en una crisis interna que tuvo un gesto simbólico y revelador: Bosch renunció a la presidencia del partido por aproximadamente una semana. No fue un abandono, sino una advertencia.
El PLD enfrentaba el mismo dilema que había destruido a otros proyectos históricos: la distancia entre la idea y la realidad, entre la ética fundacional y la tentación del poder. Bosch quiso obligar a su partido a mirarse al espejo en un mundo que ya no era el de la Guerra Fría.
El paralelo es inevitable. Así como la URSS colapsó cuando su ideología dejó de explicar y organizar la realidad, el PLD entró en tensión cuando parte de su dirigencia no comprendió que el tiempo había cambiado.
Bosch sí lo había entendido. Había leído la perestroika, había visto Tiananmén, había medido el pulso de Washington y había recordado su propia experiencia de 1963. Su renuncia temporal fue una sacudida pedagógica, un último intento de evitar que el partido confundiera disciplina con dogma y crecimiento con poder vacío.
La historia suele ser cruel con quienes llegan tarde a las conclusiones correctas. Bosch no llegó tarde. Llegó antes. Por eso incomodó. Por eso fue malinterpretado.
Y por eso, casi cuatro décadas después, la lectura de aquellos años —1988, 1989, 1990 y 1991— sigue siendo una de las más lúcidas para entender no solo el final de la URSS, sino también las crisis internas de los proyectos políticos que no supieron adaptarse a la realidad sin traicionarse a sí mismos.

