«Él es más yo misma de lo que yo soy».
Emily Brontë
«El amor no mira con los ojos, sino con el alma».
Shakespeare
«El Eros pone en marcha un voluntario desconocimiento de sí mismo, un voluntario vaciamiento de sí mismo. Una especial debilidad se apodera del sujeto del amor, acompañada, a la vez, por un sentimiento de fortaleza que, de todos modos, no es la realización propia del uno, sino el don del otro».
Byung-Chul Han
«El mundo está sediento de amor: aplácalo».
Arthur Rimbaud
Las lecturas juveniles, leídas en etapas posteriores, nos muestran algo más que no habíamos notado y es casi parecido a cuando descubrimos en el primer amor ese encanto dormido, que algunas veces «despierta» y casi siempre «llueven» nuevos amores, quizás bajo su impronta o «leemos» otras claves. Nada es cristalino en el amor y hay que tener coraje para amar, ir al riesgo, atreverse a ser mutante en las diferentes etapas de la vida. Yo no sé quién dijo que el amor es siempre el mismo, ¡oh, qué será! Creo que se renace de tantas muertes…
Antes de los quince años leí el libro Cumbres Borrascosas y no me atrapó; era la época de leer Mujercitas y yo amaba más a Chico Carlo, Doña Bárbara… Algunas veces siento «maripositas en el estómago» y me encanta estar viva, «ser feliz cual perdiz» y, saben, el amor es el mejor antídoto a la depresión, al narcisismo…
Al ver la película Cumbres Borrascosas, con las heridas y cicatrices del amor al borde otoñal, con todas las estaciones en un día, siento una ternura inefable al comprender que es imposible la unión con ese otro, alteridad, que siempre será irreductible, para que siga el misterio, el velo erótico… Todavía me sacuden las imágenes y arrancan lágrimas y, así, en medio de suspiros, pasé un fin de semana. Volví a verla para escribir y me cuesta soportar esos ojos amantes del actor Jacob Elordi, de un mirar apasionado, profundo, que me llevan al primer contacto del otro ser, de estar enamorada, ser vulnerable con trece años. Un amor colegial de ese ascensor en el estómago, vértigos y huidas… sufrimiento y agonía insoportable de crecer casi juntos, en mi cuadra; era mi sol en los inviernos de Lima, mi poncho, emoliente y fue un lindo joven esbelto…
En la decimocuarta adaptación del clásico literario Cumbres Borrascosas (1847), de Emily Brontë, dirigida por Emerald Fennell y estrenada en febrero de 2026, causa todavía polarización en el público, a casi dos siglos de haber sido escrita la novela de amor pasional, venganza y odios en tiempos terribles de una Inglaterra victoriana, conservadora, racista y clasista, y narra la confrontación de dos generaciones de terratenientes: los Earnshaw y los Linton, marcada por la llegada de Heathcliff, un niño huérfano adoptado por los Earnshaw. Esta novela explora las dinámicas de emociones y sentimientos, de odios, celos, venganza, crueldad, y cierran ciclos al abrir otras formas de amor, perdón, empatía…
Realmente, la nueva versión nos pinta la primera parte de la novela con la trágica obsesión de un amor imposible entre el niño adoptado y la niña Cathy, quien le pone el nombre de Heathcliff (literalmente significa acantilado en el páramo). Crecen juntos y se enamoran perdidamente, y ella prefiere elevar su condición social a clase aristocrática con un matrimonio pudiente, mientras el joven melancólico, «corazón partío», huye del páramo para convertirse en un hombre elegante, rico, con deseos de venganza, y trama su revancha contra la pareja Linton.
El encuentro inevitable entre Cathy y Heathcliff marca el recomienzo pasional: «Bésame y que ambos seamos condenados / no puedo vivir sin mi vida. No puedo morir sin mi alma». En medio de reclamos, lágrimas de ese amor tierno romántico, se desata un voraz incendio, adicción de pasión retorcida y parece una competencia de crueldad, tormentas; ambos, de naturaleza salvaje, se destruyen y necesitan. No son la pareja romántica, ni uno ama más o se deja amar; ella confirma: «Mi amor por Linton es como el follaje del bosque… mi amor por Heathcliff se parece a las rocas eternas bajo la tierra y, sea cual sea el material de que estén hechas nuestras almas, la suya y la mía son iguales»…
Totalmente poética, erótica, ebria, deseante, en su desvarío amoroso, en los gestos, diálogos y susurros nos ponen en trance con la magnífica actuación de Margot Robbie (Catherine); ambos están heridos de muerte pasional, de traición («¿Por qué traicionaste tu propio corazón, Cathy?»), y solo es cuestión de tiempo para ir al abismo. Cuando ella decide terminar con él, pasa el tiempo, vienen y van mensajes interceptados por su ama de llaves.
La directora enfatiza en el deseo reprimido que puede transformarse en una fuerza destructiva que veja la razón y se centra en la posesión absoluta, oscuridad de almas amantes; «se canibalizan», destruyen todo a su paso, exploran los límites del alma humana ante el rechazo, la pérdida y están acompasados con una banda sonora que se acopla al paisaje. Es un dispositivo narrativo que actualiza la angustia de los amantes, haciendo que sus emociones se sientan vigentes, directas y vibrantes, con energía hiperpop y electrónica, voces procesadas que contrastan con los paisajes góticos de la Inglaterra del siglo XIX.
Se siente la tensión ejercida por la música y el erotismo que se mantiene hasta el final, con una mezcla de partituras neoclásicas y toques de música contemporánea. Igualmente pasa con el color magnético de las escenas, ambientación, vestidos, iluminación, ropas y parlamentos, como: «Estoy poseído por un deseo que no puedo controlar, él gobierna cada pensamiento mío / no hay gozo en mi vida, él sufre también / lo amo más allá de la cordura, me consume por completo / todo lo que deseo es que sienta mi tormento como yo siento el suyo / no puedo ser feliz mientras él viva indiferente a mí».
Siempre pensé en la muerte de ambos y recuerdo la película Las horas, de Virginia Woolf, en una escena: «¿Quién morirá, quién debe morir? El poeta morirá», que simboliza la desaparición de los espíritus más sensibles, para luego apreciar la vida… Heathcliff reflexiona: «El mundo entero es una terrible colección de que ella existió y yo la he perdido / el cielo no parecía ser mi hogar / siempre estarás en mi mente… no como un placer, sino como mi propio ser / las almas apasionadas no descansan en tumbas tranquilas».
¿Por qué duele el amor? O ¿es necesario morir n veces? «Que morir unas veces antes de poder vivir de verdad», nos señala el bromista escritor Charles Bukowski; pero ella muere de amor por el abandono, la septicemia. Apenas comprende la separación, la muerte de su amada, y no lo cree, porque ella siempre le decía que se estaba muriendo. Le dice: «Quédate conmigo siempre. Toma cualquier forma, vuélveme loco, pero no me dejes en esta oscuridad donde no puedo encontrarte».
En el maravilloso ensayo La agonía del Eros, de Byung-Chul Han, comprendemos la imposible posesión y la paradoja al vivir en compañía amante; no se puede consumir al otro, debería prevalecer el misterio, evitar la proyección psicológica y, menos, la continuidad del yo, porque el deseo erótico se atrofia ante la falta de extrañamiento del otro.
Decir y anticipar sus pensares asfixia al Eros y la peor sentencia habitual que escuchamos en clínica: «Le conozco y sé qué piensa». Esas referencias invalidan al Eros y las relaciones se habitúan sin deseo, se vuelven narcisistas y se reducen al confort de lo mismo, «más de lo mismo»; las rutinas sexuales se agendan, se marcan puntos de buen comportamiento, el control y comparación subyacen al ritual tormentoso de lo cotidiano…
Se entrampan en adicciones y se atrofia la capacidad de amar verdaderamente, de salir de sí mismo, estar descarnado, «al hueso», en la intemperie, con la herida de la alteridad; no es fácil convivir con el otro, con su mundo, descubrir al amado al amanecer, al dormir y cómo su cuerpo cambia, rostro… Percibir esos momentos nos alumbra la vida, la erótica energía del movimiento en silencio.
Eros es la fuerza de la alteridad radical y representa al otro «fascinante e irreductible que se resiste a ser clasificado, medido y transparente (…) ¿Quién es, pues, ese enemigo bajo cuyos golpes el verdadero amor sucumbe? Es el individualismo contemporáneo, la preocupación por referirlo todo a su precio en el mercado, la dimensión del interés con el que hoy se organiza el comportamiento de los individuos. El amor, en el fondo de su verdad, es en efecto rebelde a todas esas normas del mundo contemporáneo —el mundo del capitalismo globalizado—, por la simple razón de que no es, en absoluto, un simple pacto de coexistencia agradable entre dos personas, sino la experiencia radical, tal vez la única que pueda serlo hasta tal punto, de la existencia del otro (…)». Prólogo de Alain Badiou, La agonía del Eros.
«Hay que reinventar el amor, ya se sabe. Ellas no pueden ambicionar una posición segura. / Obtenida, corazón y belleza se dejan a un lado: solo queda frío desdén, único alimento del matrimonio de hoy. / O bien encuentro mujeres con el signo de la felicidad, / a quienes yo hubiera podido transformar en buenas camaradas mas, / devoradas desde el comienzo por brutos sensibles como hogueras…».
Arthur Rimbaud
Escritora Ana Anka

