En 1971 un diputado de Brasil me preguntó por Trujillo

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CICOP, la Iglesia latinoamericana y los signos de una época

Por Víctor Manuel Grimaldi Céspedes

La pregunta llegó sin aviso, como suelen llegar las cosas que uno recuerda durante toda la vida.

—¿Y Trujillo? —me dijo Márcio Moreira Alves cuando supo que yo era dominicano.

Estábamos en Washington, en enero de 1971, y Rafael Leónidas Trujillo llevaba casi diez años enterrado. Pero aquel periodista, escritor y diputado federal brasileño pensaba que todavía gobernaba la República Dominicana.

La confusión me sorprendió. Después comprendí que los dictadores tardan mucho en morir. A veces sobreviven a su propio cadáver, continúan gobernando desde el miedo de los pueblos y siguen caminando por el mundo convertidos en leyenda, amenaza o mala memoria. Markdown pegado

Yo había llegado a Washington gracias a una invitación que me gestionó el sacerdote jesuita Sergio Figueredo. No era mi primer viaje a la capital de los Estados Unidos. En agosto de 1970 había estado allí entrevistando a Galo Plaza, entonces secretario general de la Organización de los Estados Americanos.

Pero aquel enero de 1971 fue diferente.

América Latina parecía vivir con el alma en vilo. Las dictaduras militares, los presos políticos, las torturas, la pobreza y la dependencia económica formaban parte de la vida cotidiana de nuestros pueblos. También la Iglesia católica atravesaba uno de sus grandes momentos de interrogación. Obispos, sacerdotes, religiosos y laicos se preguntaban si era posible predicar el Evangelio sin escuchar al mismo tiempo el grito de los perseguidos.

CICOP y una Iglesia ante América Latina

Durante aquellos días asistí a dos acontecimientos que ocurrían casi simultáneamente en Washington.

El primero fue la XIV Reunión de Consulta de Ministros de Relaciones Exteriores de la Organización de los Estados Americanos, celebrada los días 30 y 31 de enero de 1971. Había sido convocada a solicitud de Ecuador para tratar el conflicto provocado por las medidas coercitivas estadounidenses relacionadas con la llamada “guerra del atún”.

Mientras los cancilleres discutían los derechos de pesca, las aguas territoriales y las relaciones entre Ecuador y los Estados Unidos, en otro lugar de Washington se hablaba de cárceles, torturas, pobreza, liberación y pecado.

Ese segundo acontecimiento fue la Octava Conferencia Anual del Programa Católico de Cooperación Interamericana, conocido como CICOP por sus siglas en inglés.

La conferencia se desarrolló del 28 al 31 de enero de 1971. Su tema general era: “Libertad y falta de libertad: una reflexión teológica sobre la situación humana en las Américas”. Las ponencias fueron publicadas posteriormente bajo el título Freedom and Unfreedom in the Americas: Toward a Theology of Liberation.

La teología de la liberación, que empezaba a adquirir nombre, lenguaje y conciencia de sí misma, se convirtió en uno de los grandes asuntos de aquella reunión.

CICOP no era una sucesión de discursos piadosos pronunciados por personas que regresaban tranquilamente a sus casas después de hablar sobre la miseria ajena. Era un punto de encuentro entre obispos, sacerdotes, religiosos, teólogos, periodistas, dirigentes sociales y laicos comprometidos de los Estados Unidos, el Caribe y América Latina.

Allí se discutía sobre la misión de la Iglesia en sociedades marcadas por la pobreza, la injusticia, la represión y la dependencia.

Se hablaba de una Iglesia que no podía limitarse a mirar el sufrimiento desde la otra acera. La fe cristiana tenía que expresarse en la defensa de la dignidad humana y en la solidaridad con los perseguidos. Para muchos de los asistentes, el Evangelio no era solamente una promesa para la vida eterna: era también una exigencia moral frente a las injusticias de este mundo.

El obispo señalado por una flecha

En aquella conferencia escuché a monseñor Antulio Parrilla Bonilla, obispo puertorriqueño de la Compañía de Jesús.

Era un hombre de profunda conciencia cristiana, defensor del cooperativismo, de la justicia social, de la independencia de Puerto Rico y de la objeción de conciencia frente al servicio militar obligatorio y la guerra de Vietnam.

Parrilla Bonilla no quería ser un espectador de la historia. Concebía su ministerio episcopal como un compromiso con aquellos a quienes se les negaban la libertad, la justicia y el derecho a decidir su propio destino.

Conservo una fotografía de aquella jornada. En ella aparece monseñor Parrilla de pie frente a un micrófono, hablando ante un auditorio repleto. Yo estoy sentado entre los asistentes. Una flecha impresa sobre la fotografía señala el lugar donde me encontraba, como si alguien hubiese querido dejar constancia para el futuro de que aquel joven periodista dominicano no había escuchado la historia contada por otros: había estado allí.

El texto colocado al pie de la fotografía dice:

“Monseñor Antulio Parrilla Bonilla, obispo puertorriqueño, habla en Washington en enero de 1971 sobre los planes de control de la natalidad que han esterilizado al 34 por ciento de las mujeres en Puerto Rico. Al evento asistió el autor de este trabajo, Víctor Grimaldi —como lo indica la flecha—. La reunión de religiosos y laicos católicos fue auspiciada por el Programa Interamericano de Cooperación —CICOP—, de la Conferencia de Obispos de los Estados Unidos.”

La denuncia de monseñor Parrilla se refería a las políticas de control demográfico y esterilización desarrolladas durante años en Puerto Rico. El dato del 34 por ciento correspondía a las mujeres puertorriqueñas en edad reproductiva, no a la totalidad de la población femenina.

Para Parrilla, aquello no era solamente un problema médico o demográfico. Era una cuestión moral, política y colonial. Denunciaba que el cuerpo de la mujer puertorriqueña se hubiera convertido en territorio de experimentación y control dentro de una sociedad cuya soberanía estaba limitada.

Su voz pertenecía a la tradición profética de la Iglesia: la de quienes denuncian los abusos del poder aunque esa denuncia incomode a los gobiernos, a los intereses económicos y, algunas veces, a las propias estructuras eclesiásticas.

El diputado que preguntaba por un muerto

En CICOP conocí también a Márcio Moreira Alves.

Había sido diputado federal del Brasil y era uno de los más conocidos denunciantes de las torturas practicadas por la dictadura militar instaurada después del golpe de Estado de 1964.

Moreira Alves había apoyado inicialmente el movimiento que derrocó al presidente João Goulart, pero no tardó en comprender la naturaleza represiva del nuevo régimen. Desde el Congreso denunció los encarcelamientos arbitrarios y las torturas sufridas por los presos políticos.

Un discurso suyo, pronunciado en septiembre de 1968, fue utilizado por los militares como uno de los pretextos para imponer el Acto Institucional Número Cinco, el temido AI-5. A partir de entonces la dictadura cerró todavía más los espacios democráticos y extendió sobre el Brasil una noche de censura, prisiones y tormentos.

El mandato de Moreira Alves fue cancelado, sus derechos políticos quedaron suspendidos y tuvo que abandonar clandestinamente su país para marchar al exilio.

Fue aquel hombre perseguido quien, al conocerme en Washington, me preguntó por Trujillo.

Su desconcierto decía mucho sobre la incomunicación que padecían nuestros pueblos. Un legislador brasileño que denunciaba los crímenes de una dictadura ignoraba que el dictador dominicano había sido muerto diez años antes. En aquellos tiempos las noticias atravesaban las fronteras con dificultad, especialmente cuando se trataba de países pequeños o sometidos al silencio impuesto por gobiernos autoritarios.

Lo entrevisté en Washington. Hablamos de las prisiones políticas, de la represión y de las torturas cometidas por la dictadura militar brasileña.

Aquella conversación no quedó perdida entre los pasillos de una conferencia. Publiqué la entrevista en la revista dominicana ¡Ahora!, porque mi presencia en CICOP no era la de un visitante accidental. Yo estaba allí como periodista, recogiendo testimonios y transmitiendo a los lectores dominicanos lo que sucedía en otros lugares de nuestra América.

La entrevista publicada en ¡Ahora! es una fuente primaria de aquella época. Cuando aparezca el ejemplar y pueda establecerse su fecha exacta, el documento ocupará el lugar que le corresponde en la reconstrucción de aquellos acontecimientos.

Es posible que Moreira Alves no supiera en ese momento que Trujillo había muerto. Pero yo sabía que las dictaduras se parecían entre sí. Cambiaban los uniformes, las banderas y los idiomas, pero las cárceles tenían el mismo olor y los torturadores formulaban las mismas preguntas.

Mike Colonnese, el hombre que unía los caminos

Detrás de aquel movimiento se encontraba Louis Michael “Mike” Colonnese.

Mike era el gran promotor. Impulsaba los encuentros, relacionaba a personas de diferentes países y facilitaba la circulación de informaciones que los gobiernos autoritarios pretendían silenciar.

Como director de CICOP y del Latin American Bureau de la estructura católica estadounidense, ayudó a crear un espacio en el cual podían encontrarse las distintas corrientes de las iglesias latinoamericana y norteamericana.

No se trataba solamente de organizar conferencias. Desde CICOP comenzó a desarrollarse una verdadera red de información y solidaridad con la Iglesia perseguida en el Brasil y con las comunidades cristianas de otros lugares de América Latina donde había represión.

De aquel ambiente surgió el Movimiento de Información y Acción Urgente, conocido como MIAU. Había sido creado por participantes de la conferencia de CICOP de 1970 y estuvo encabezado por Mike Colonnese.

Su propósito era sencillo y peligroso: hacer circular informaciones precisas para romper el cerco levantado por la censura de los regímenes represivos.

En 1971 aquella iniciativa pasó a relacionarse con el LAB News Service. Desde distintos países se enviaban a Washington informes, testimonios y denuncias, que luego eran reproducidos y distribuidos. Los archivos conservan documentos sobre torturas y violaciones de los derechos humanos en Brasil, Bolivia, Colombia, El Salvador, Guatemala, Paraguay, Puerto Rico y la República Dominicana.

También se conserva el registro de una reunión celebrada el 2 de febrero de 1971 por integrantes de MIAU que habían participado en la conferencia de CICOP en Washington.

No estábamos, por tanto, ante una solidaridad de discursos y aplausos. Era una red concreta, nacida de relaciones personales, que recopilaba informaciones y conseguía hacerlas atravesar las fronteras.

CICOP ayudó a que la Iglesia perseguida en Brasil no quedara aislada. También dio a conocer la situación de sacerdotes, religiosos, estudiantes, trabajadores y dirigentes comunitarios perseguidos en otros países.

En aquellos años de la Guerra Fría, denunciar una tortura podía considerarse una declaración ideológica. Para muchos de nosotros era algo más elemental: un ser humano torturado era un hermano cuya dignidad debía ser defendida.

Gustavo Gutiérrez y el Dios de los pobres

Entre las grandes figuras que conocí en aquel ambiente estaba el sacerdote peruano Gustavo Gutiérrez, uno de los pensadores cristianos más importantes de América Latina.

Gutiérrez era un gran teólogo.

Su pensamiento no había nacido en la comodidad de una biblioteca cerrada al rumor de las calles, sino en el contacto con los pobres y en la reflexión sobre el Evangelio, la injusticia y la responsabilidad histórica de los cristianos.

Ese mismo año de 1971 apareció su obra fundamental, Teología de la liberación. Pero las ideas que encontrarían forma en aquel libro ya circulaban por las reuniones pastorales, las conferencias y los encuentros como CICOP.

Gutiérrez enseñaba que la pobreza no podía aceptarse como una fatalidad natural ni como una condición querida por Dios. La liberación comprendía la transformación de las estructuras injustas, la recuperación de la dignidad humana y, en su dimensión más profunda, la liberación del pecado y del egoísmo.

Muchos años después, en Roma, viví una escena que unió aquella experiencia de mi juventud con mi misión diplomática ante la Santa Sede.

El cardenal alemán Gerhard Ludwig Müller me regaló un libro de cubierta verde titulado Povera per i poveri. La missione della Chiesa, publicado en 2014 por la Libreria Editrice Vaticana y con prefacio del papa Francisco.

El volumen recogía textos de Müller y contribuciones de Gustavo Gutiérrez y Josef Sayer. Representaba el diálogo entre la teología europea y la experiencia eclesial latinoamericana, y mostraba el lugar que la opción preferencial por los pobres había alcanzado dentro de la reflexión de la Iglesia.

Müller mantenía una estrecha relación intelectual y personal con Gustavo Gutiérrez. Ambos publicaron también Dalla parte dei poveri. Teologia della liberazione, teologia della Chiesa.

El cardenal alemán conoció directamente el Perú, trabajó durante temporadas en comunidades pobres y llegó a considerar a Gutiérrez su maestro y amigo.

Había en aquello una de esas paradojas que la historia prepara sin avisar. Müller era un cercano colaborador y un gran discípulo intelectual de Joseph Ratzinger, mientras que Gutiérrez era identificado en todo el mundo como el padre de la teología de la liberación.

Sin embargo, los dos podían encontrarse en el mismo camino cuando se trataba de mirar a la Iglesia desde el lugar de los pobres.

Ratzinger en el Perú

Joseph Ratzinger, quien después sería Benedicto XVI, visitó el Perú en julio de 1986, cuando era prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe.

El viaje tenía una importancia particular. Se produjo después de la publicación de las dos instrucciones vaticanas relacionadas con la teología de la liberación: la de 1984, que advertía sobre determinadas desviaciones ideológicas, y la de 1986, dedicada a la libertad cristiana y la liberación.

Ratzinger fue invitado por el cardenal Juan Landázuri Ricketts y dialogó con los obispos peruanos. Juan Pablo II envió un mensaje a la Conferencia Episcopal en el que confirmaba que la teología de la liberación sería uno de los temas centrales de aquellas conversaciones.

Años después, siendo ya Benedicto XVI, el propio Ratzinger recordó públicamente que había visitado el Perú en 1986.

Ese viaje ayuda a comprender que las relaciones entre Ratzinger, Müller y Gutiérrez fueron más complejas y fecundas de lo que cuentan ciertas versiones interesadas.

Hubo advertencias, diferencias y debates doctrinales. Pero también hubo diálogo, respeto intelectual y una preocupación compartida por el anuncio del Evangelio y por la dignidad del ser humano.

La historia verdadera rara vez cabe en las caricaturas fabricadas por los bandos.

La suciedad dentro de la Iglesia

Lo doloroso es comprobar cómo, dentro de la Iglesia católica, los chismes, las intrigas, las ambiciones y las luchas de poder terminan embarrando, con el paso del tiempo, las virtudes de su propia historia.

La Iglesia ha producido testimonios admirables de solidaridad, valentía y entrega a los pobres. Obispos, sacerdotes, religiosos y laicos arriesgaron su seguridad y, en muchos casos, sus vidas para denunciar dictaduras, torturas y desapariciones.

Pero junto a esa Iglesia profética también han existido silencios, encubrimientos, abusos, luchas de poder y corrupción.

Reconocer esa contradicción no significa atacar a la Iglesia. Significa amarla lo suficiente para no permitir que sus pecados sean escondidos detrás de vestiduras sagradas y apariencias piadosas.

Antes de ser elegido Papa, el cardenal Joseph Ratzinger escribió las meditaciones del vía crucis celebrado en el Coliseo de Roma el Viernes Santo de 2005. En la novena estación pronunció unas palabras que todavía estremecen:

“¡Cuánta suciedad en la Iglesia y entre los que, por su sacerdocio, deberían estar completamente entregados a él! ¡Cuánta soberbia, cuánta autosuficiencia!”

Ratzinger habló de suciedad. Dentro de aquella palabra cabían la corrupción moral, los abusos, la hipocresía, los encubrimientos y la utilización del poder religioso para fines contrarios al Evangelio.

No hablaba como un enemigo de la Iglesia. Era uno de sus más grandes teólogos. Precisamente porque la conocía y la amaba fue capaz de pronunciar aquellas palabras.

La fidelidad cristiana no exige cerrar los ojos.

Exige abrirlos.

Volver a Washington

Regresé a CICOP en enero de 1972, para su Novena Conferencia Anual, celebrada del 27 al 30 de enero y dedicada a las comunicaciones en las Américas.

La elección del tema no era casual. La comunicación podía estar al servicio del poder y de la censura, pero también podía romper el silencio y defender a los perseguidos.

Como periodista, esa era también mi responsabilidad.

Cuando recuerdo aquellas reuniones no pienso solamente en unas conferencias celebradas hace más de medio siglo. Pienso en una encrucijada de vidas, ideas y compromisos.

Recuerdo a Antulio Parrilla Bonilla denunciando las esterilizaciones de las mujeres puertorriqueñas.

Recuerdo a Márcio Moreira Alves hablándome de las prisiones políticas y de las torturas de la dictadura brasileña.

Recuerdo su pregunta inesperada:

—¿Y Trujillo?

Recuerdo la entrevista que publiqué en la revista ¡Ahora!.

Recuerdo a Mike Colonnese, promotor incansable de encuentros y redes de solidaridad.

Recuerdo a Gustavo Gutiérrez, el gran teólogo peruano que enseñó a contemplar la historia desde el lugar de los pobres.

Y recuerdo aquel libro de cubierta verde que el cardenal Müller me regaló muchos años después en Roma. Al abrirlo, Washington regresó de pronto con sus calles invernales, sus cancilleres discutiendo sobre el atún y sus cristianos discutiendo sobre la libertad, la tortura, la pobreza y el pecado.

En sus páginas reaparecía Gustavo Gutiérrez. Detrás de Gutiérrez volvía a aparecer la Iglesia latinoamericana de los pobres, las comunidades perseguidas, las dictaduras, las denuncias, los debates y las esperanzas de aquellos años.

La historia de la Iglesia no puede reducirse a sus suciedades, pero tampoco puede escribirse ocultándolas. Hay que rescatar su grandeza sin encubrir sus pecados. Hay que defender la memoria de quienes actuaron con valentía y denunciar las intrigas y corrupciones que intentaron desfigurarlos.

CICOP fue parte de una Iglesia que quiso escuchar el clamor de América Latina. Sus encuentros crearon vínculos entre personas separadas por las fronteras, pero unidas por la fe, la justicia y la defensa de la dignidad humana.

No conozco estos hechos solamente por los libros ni por los archivos.

Escuché aquellas voces.

Vi aquellos rostros.

Publiqué algunos de sus testimonios.

Y todavía puedo verme en aquella fotografía, sentado entre la multitud, señalado por una flecha que atravesó más de medio siglo para recordármelo:

Yo estuve allí.

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Víctor Manuel Grimaldi Céspedes
Víctor Manuel Grimaldi Céspedes
Víctor Manuel Grimaldi Céspedes es periodista, escritor, historiador y diplomático dominicano, con una extensa trayectoria en los medios de comunicación, la investigación histórica y el servicio público.Inició su carrera periodística a finales de la década de 1960 y ha sido columnista de importantes medios dominicanos. También ha desempeñado funciones como contralor general de la República, representante permanente de la República Dominicana ante la Organización de Estados Americanos (OEA) y embajador en distintas misiones diplomáticas.Es autor de numerosas obras sobre la historia política dominicana, entre ellas Los Estados Unidos en el Derrocamiento de Trujillo, El Diario Secreto de la Intervención Norteamericana de 1965, Tumbaron al Jefe, Golpe y Revolución y La Guerra de Pichirilo.Es columnista de El Sol de Las Américas, donde publica artículos de opinión y análisis sobre asuntos nacionales e internacionales.

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