Por: Ana Anka
¿Por qué la naturaleza me entregó esta criatura?; no digáis que lo elegí, sino que «me aventuré»: / por cierta pura gravedad de la propia existencia, / ¡una conspiración del ser! —Anne Carson.
En tu lucha contra el resto del mundo, te aconsejo que te pongas del lado del resto del mundo. —Kafka.
Salimos en silencio sin vernos los rostros. Muy rápido bajé las escaleras hacia el baño del cine Magaly y era inevitable vernos a los ojos, y solo le comenté a una chica: «¡Tan triste la película!». Ella asiente con los ojos húmedos.
Al tocar mi turno, sale una chica con ropas al estilo alemán, de rostro sonrosado, redondo, gruesa, con un tocado en la cabeza (Bollenhut de pompones rojos), que hizo un intenso contacto visual. Me pregunté si sería de Brandeburgo o Dresde; y así, las imágenes fluyen con esos niños, niñas de la RDA.
Divago con varias interrogantes: «¿Por qué carajo tienen que truncar el destino de las personas?, ¿por qué siguen más huidas del pueblo natal?, ¿por qué la fuga de cerebros?, ¿cómo se gestan la rabia, el odio y el incendio del alma?, ¿para qué afanarse en acumular o construir una casa propia?, ¿seguir hasta cuándo?, ¿para qué seguir dando vueltas, pisadas tras pisada hacia el infinito? ¿Hay algún punto de intolerancia al poder y qué hacemos?».
La exterminación del futuro, «futurocidio», se hace patente con las aniquilaciones masivas y con la inyección del miedo: un aprendizaje de la desesperanza que, a quienes somos observadores, nos lleva a una muerte en vida. Las guerras diseñadas siguen imponiendo el modelo político-económico capitalista salvaje.
El filósofo Michel Foucault advertía por los años de 1960 que el poder siempre va a reprimir: «Hay que prestar siempre mucha atención a las prisiones, donde el poder se muestra sin máscara, desnudo, sin contemplaciones».
El silbar o cantar me acompaña y me sorprendo cantando «Una mañana de sol radiante» o «Bella ciao, bella ciao…», y me digo «chau, chau» en ese sonido de «chus, chus» de los chicos de la película en lengua alemana o el «ja, ja, der Opa».
Somos varios en la noche húmeda y la mayoría se queda en la parada. Percibo a esos jóvenes y recuerdo los cineforos de la Cinemateca de Caracas. Sola atravieso los parques; no sé si caminar o correr, y con la fuerza de la voz de mi padre avanzo. Él decía: «Todo pasa, mi negra, y eso es una película, porque la vida, la realidad es muy dura y todo pasa tarde o temprano».
Quizás el padre (Stefan) de los hermanos Philipp y Tobías haya tenido razón en ese contexto de reconstrucción, porque le repetía a su esposa Sabine: «Tengo derecho a tener una vida propia», mientras ella, como todas las mujeres, no tenía posibilidad de elegir.
A las madres les costaba conseguir medios de subsistencia y, en la reunificación de Alemania Oriental y la Occidental, a Sabine le tocó ser heroína, mártir o santa; e incluso, en su doble jornada de guardias de enfermería, permitía que su marido se acostara con su amiga.
Siempre estaba irritable, nerviosa, quejosa y las peleas se repetían a la pérdida del empleo. Lo ridiculizaba en presencia de sus hijos, le señalaba su gusto por el alcohol, los retrasos en la construcción de la casa y problemas eléctricos; su mamá le ayuda como su papá y, los fines de semana, trata de mantener en buenas condiciones a su familia.
El padre casi no está presente, tiene que viajar lejos del pueblo para trabajar, hasta que lo despiden para contratar a polacos que cobran más barato; los migrantes, en las difíciles consecuencias de la reunificación alemana, van a generar descontento y a radicalizar el nacionalismo, la xenofobia y la frustración social. Esto pone en jaque la construcción de la casa, por lo que el padre retoma la bebida a escondidas y comparte con un amigo de la familia, Uwe, un expolicía de la Stasi, que le ayuda en las instalaciones eléctricas.
La película del Festival de Cine Alemán en Costa Rica, Mit der Faust in die Welt schlagen (Golpeando el mundo con el puño), estrenada en 2025 y dirigida por Constanze Klaue, está basada en la novela homónima del escritor Lukas Rietzschel y se desarrolla a principios de la década del dos mil en las zonas rurales de Alemania Oriental de Sajonia (Sachsen).
De ser una sociedad socialista e industrial, pasó a ser una ciudad fantasma ante la caída del Muro de Berlín. No pudo adaptarse al sistema capitalista y creció el desempleo ante la eliminación de los bonos, cierre de las fábricas, estampida de la juventud al sur de Alemania.
Ese pasado histórico de estabilidad en el trabajo, la educación, seguridad alimentaria y de sanidad desaparece ante la caída del muro. Fue tan mediático el reencuentro de las familias, la libertad de cultos e ideologías, de expresión, las modas y los lujos, como la cacería de la policía secreta o informantes y espías del Estado (Stasi).
A las personas que trataron de rehacer sus vidas les marcó su pasado y, si fueron informantes, se les montaban expedientes, desaparecían o las inducían al suicidio. Se produjo un colapso y desesperanza en las personas que no pudieron o no quisieron emigrar y se notaban algunos cartelitos, grafitis: «Sajonia es alemana».
Realmente, el apoyo gubernamental fue escaso y eso generó más pobreza, situación que se agudizó con la llegada de migrantes.
En ese mundo de conflictos nacen y crecen niños, y los jóvenes perciben a unos padres y madres negados a contar y responder interrogantes: les imponían esa incapacidad de hablar, de dar explicaciones. Aplicaban sin anestesia la Sprachlosigkeit.
Los hijos averiguan por su cuenta: visitan las fábricas abandonadas, disfrutan de la naturaleza y el hermano mayor, Philipp (Anton Frankee), contacta con conocidos ultraderechistas que usan la fuerza destructiva y la rabia para atacar a refugiados; mientras el niño se muestra introspectivo, abraza el campo y a los animales, en especial a su perro, que tiene un triste final, como este niño angelical que, al paso de una década, se convierte en amante de los explosivos.
Es notorio el ultranacionalismo, el autoritarismo, la xenofobia y el rechazo a la democracia liberal tradicional, así como el actual resurgimiento de los movimientos neonazis y agrupaciones radicales locales con vandalismo y violencia.
Es un retrato pesimista, pero realista, del proceso de desesperanza y autodestrucción bajo el sistema capitalista que aplasta hasta el límite, como al técnico Uwe, que se suicida.
El sistema posunificador crea las condiciones estructurales e invisibles que los empujan al vicio y el modelo económico despoja a la sociedad de su dignidad y el Estado gestiona la crisis con parches; la respuesta humana no es la solidaridad ni la fraternidad.
Impera el individualismo del «sálvese quien pueda» en estos tiempos con un espectáculo de la barbarie: linchamientos en vivo, muy al estilo de la División de Comunicación y Prensa de la oficina del primer ministro de Israel, que alquimiza la realidad, borra pueblos e impone su «verdad» o como la cacería de ICE de Trump, que invisibiliza la humanidad del migrante, les despoja e intenta desensibilizarnos ante la carnicería propia de los circos romanos.
Pero salta la liebre: un imperceptible e inesperado movimiento de libertad y dignidad, como el de la octogenaria María del Carmen Abascal, de 87 años, quien entrega su vida y es símbolo nacional de la lucha contra la crisis de la vivienda y desahucios en España y, así como este hecho, nacen otros anónimos, pues necesitamos construir nuestras narrativas con la resistencia esperanzadora.

