Por: Víctor Manuel Grimaldi Céspedes
La salida del cardenal Mauro Gambetti del gobierno de San Pedro pone sobre la mesa dos asuntos que merecen explicación: el retiro de la cruz dominicana que san Juan Pablo II destinó a la basílica, cuya responsabilidad se atribuye a Gambetti, y las versiones sobre pérdidas millonarias durante su gestión.
Andrea Gagliarducci, en el texto de Monday Vatican aquí comentado, recoge rumores de que se perdieron 22 millones en cinco años. Esa información requiere comprobación contable; la cuestión de la cruz exige esclarecer quién decidió retirarla, por qué y dónde se encuentra.
La cruz tiene una historia documentada por el propio pontífice.
En el Ángelus del 12 de enero de 1992, Juan Pablo II recordó que el 12 de octubre de 1984 había entregado, en Santo Domingo, reproducciones de la cruz de la evangelización a los presidentes de las conferencias episcopales de América. Añadió que había destinado otra al Vaticano y que se conservaba en la nave central de la Basílica de San Pedro.
Por tanto, su presencia allí expresaba una voluntad pontificia y un vínculo histórico con Santo Domingo y la evangelización de América. Para los dominicanos, aquella cruz tenía un significado religioso y nacional que merece respeto.
He señalado que fue retirada durante los años finales del pontificado de Francisco, cuando Gambetti ejercía la autoridad sobre la basílica.
Atribuyo a su administración la responsabilidad de explicar ese retiro. La documentación pública consultada no permite establecer quién impartió personalmente la orden, pero la ausencia de esa información hace más necesaria una respuesta institucional.
¿Dónde está la cruz? ¿Se conserva debidamente? ¿Qué razón justificó apartarla del lugar donde Juan Pablo II había indicado que se encontraba? Son preguntas concretas sobre un símbolo cuya historia consta en los archivos del Vaticano.
Las cuentas de San Pedro
La segunda cuestión concierne a las cuentas. Gagliarducci menciona rumores de dificultades financieras en la basílica, el Cabildo y la Fábrica de San Pedro, y recoge la versión de pérdidas de 22 millones en apenas cinco años.
También plantea que León XIV podría querer examinar esas finanzas antes de nombrar al sucesor de Gambetti.
Conviene conservar el alcance exacto de esa información. El texto no aporta una auditoría ni documentos que permitan determinar las causas de las supuestas pérdidas. Tampoco demuestra apropiación indebida.
Una cifra de esa magnitud, sin embargo, merece una aclaración sustentada en balances y resultados verificables.
El hecho confirmado es que León XIV nombró a Gambetti arzobispo de Chieti-Vasto el 3 de octubre. Lo trasladó de sus tres cargos: vicario general de Su Santidad para la Ciudad del Vaticano, arcipreste de la Basílica de San Pedro y presidente de la Fábrica de San Pedro. Un verdadero jefe destronado.
Francisco le había confiado esas responsabilidades en febrero de 2021. Gambetti presidía así una administración con obligaciones pastorales y materiales de considerable importancia.
La Fábrica de San Pedro tiene entre sus funciones la conservación, el mantenimiento y el cuidado de la basílica.
Comenzaron los cambios en Roma
Su traslado permite interpretar que León XIV comienza a reorganizar una parte significativa del gobierno recibido.
No basta, por sí solo, para afirmar que el Papa haya impuesto un castigo ni para vincular la decisión con las cuestiones aquí expuestas. Las razones internas del nombramiento no han sido explicadas públicamente.
Pero cambiar a quien dirige una institución abre la oportunidad de revisar decisiones y esclarecer resultados. En San Pedro, esa revisión debería comprender tanto la administración económica como el cuidado de los símbolos religiosos confiados a su custodia.
Comenzaron los cambios en Roma. Para los dominicanos, queda pendiente una explicación sobre la cruz que Juan Pablo II quiso conservar en San Pedro.
Para la Iglesia, las versiones sobre pérdidas millonarias reclaman claridad documental. La nueva etapa ganará credibilidad si esas preguntas reciben respuestas precisas.

