Feminicidios: una mirada sociológica a una tragedia que no puede normalizarse

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Por Frank Hernández

El feminicidio constituye una de las expresiones más extremas de la violencia contra la mujer y representa, desde una perspectiva sociológica, mucho más que un hecho criminal aislado.

Detrás de cada mujer asesinada existe una historia de relaciones sociales, estructuras familiares, patrones culturales, desigualdades, conflictos de poder y, en determinados casos, fallas institucionales que permiten que una situación de violencia avance hasta alcanzar su expresión más letal.

La sociología nos obliga a mirar más allá del cadáver y preguntarnos qué condiciones sociales hicieron posible que esa violencia llegara hasta ese punto.

El feminicidio no comienza necesariamente con el asesinato. Muchas veces existe un proceso previo compuesto por control, amenazas, humillaciones, aislamiento, violencia psicológica, violencia económica, agresiones físicas, acoso y dominación. Es decir, existe una trayectoria de violencia que puede escalar progresivamente.

El famoso machismo

En República Dominicana persisten patrones culturales que pueden favorecer relaciones desiguales de poder. En determinados casos, el hombre llega a interpretar a la mujer como una propiedad, desconociendo que una relación de pareja debe fundamentarse en la igualdad, el respeto y la libertad.

Desde una perspectiva psicológica, también deben considerarse factores como la dependencia emocional y las dificultades para manejar la separación, el rechazo y la frustración.

El apego puede generar dependencia y hacer que toda la vida emocional de una persona termine girando alrededor de otra.

Sin embargo, sería un error reducir el feminicidio a una sola causa. El fenómeno es complejo y en él interactúan factores individuales, familiares, económicos, culturales, comunitarios e institucionales.

Por eso, una política seria contra el feminicidio debe evitar las explicaciones simplistas.

El poder y la dominación

Uno de los conceptos fundamentales para analizar el feminicidio desde la sociología es el poder.

En determinadas relaciones de pareja, el agresor puede intentar ejercer control sobre la vida de la mujer: decidir con quién puede relacionarse, cómo debe vestirse, dónde puede ir, con quién puede hablar, qué puede hacer con su dinero o cuándo puede terminar la relación.

Cuando el control se convierte en una forma permanente de dominación, la relación deja de ser igualitaria.

El problema puede agravarse cuando el agresor interpreta la separación como una pérdida de poder y responde mediante amenazas, persecución o violencia.

Por ello, la ruptura de una relación no debe considerarse simplemente un problema sentimental. En determinados casos puede constituir una etapa de alto riesgo que requiere intervención institucional y protección efectiva.

Frank Hernández

Las causas sociales

Las causas del feminicidio son múltiples. Entre los factores que pueden contribuir a la violencia de género se encuentran la desigualdad de poder, los patrones culturales que legitiman la dominación, la normalización de los celos y el control, la dependencia económica, el aislamiento social, los antecedentes de violencia y las dificultades para acceder a mecanismos de protección.

También existe una dimensión relacionada con la educación emocional.

Una sociedad que enseña a muchos niños que los hombres deben ser fuertes, dominantes y poco expresivos emocionalmente puede producir adultos con dificultades para manejar el rechazo, la frustración, la separación y los conflictos mediante mecanismos no violentos.

Esto no significa que la educación explique por sí sola el feminicidio, pero sí demuestra que la prevención debe comenzar mucho antes de que aparezca la violencia.

La familia como espacio de socialización

La familia constituye una de las instituciones fundamentales para la socialización. En ella se aprenden modelos de autoridad, comunicación, afectividad y resolución de conflictos.

Cuando los niños crecen observando violencia entre adultos, pueden aprender que la agresión constituye una forma aceptable de resolver conflictos.

Esto no significa que una persona que haya crecido en un ambiente violento necesariamente se convertirá en agresor, pero sí demuestra la importancia de intervenir sobre los patrones de violencia familiar.

Prevenir el feminicidio también significa transformar la manera en que enseñamos a nuestros hijos a relacionarse.

La escuela no puede permanecer al margen

La escuela representa uno de los principales espacios de socialización después de la familia.

Una política nacional de prevención debe incorporar educación para la convivencia, resolución pacífica de conflictos, igualdad, respeto, manejo de las emociones, prevención del acoso y reconocimiento temprano de relaciones abusivas.

No se trata solamente de enseñar contenidos académicos. También se trata de formar ciudadanos capaces de convivir.

El estudiante debe aprender que los celos no constituyen una prueba de amor, que nadie tiene derecho a controlar la vida de su pareja y que una relación afectiva debe construirse sobre el respeto, la libertad y la reciprocidad.

El papel de la comunidad

La violencia de género tampoco puede considerarse exclusivamente un asunto privado.

Durante mucho tiempo, determinadas sociedades utilizaron la expresión “problemas de pareja” para referirse a situaciones que podían incluir amenazas y agresiones.

Ese silencio social puede convertirse en un factor de riesgo.

Vecinos, familiares, amigos, organizaciones comunitarias, centros educativos y autoridades locales pueden desempeñar un papel fundamental en la identificación temprana de situaciones peligrosas.

La prevención requiere una sociedad que no permanezca indiferente.

El Estado frente al feminicidio

El Estado tiene una responsabilidad fundamental porque posee las instituciones, los recursos y las herramientas legales necesarias para prevenir, proteger, investigar y sancionar.

Una política efectiva debe fortalecer la evaluación del riesgo, mejorar los mecanismos de protección, combatir la impunidad, ampliar los servicios de atención psicológica, jurídica, social y económica y desarrollar sistemas de información que permitan conocer los antecedentes de cada caso.

También es necesario fortalecer el trabajo territorial y desarrollar programas dirigidos a hombres para intervenir sobre comportamientos violentos, promover nuevas formas de masculinidad y enseñar mecanismos pacíficos de resolución de conflictos.

La prevención comienza antes del delito

Uno de los principales errores de las políticas públicas es reaccionar únicamente después de que ocurre una tragedia.

Desde la sociología preventiva, el objetivo debe ser intervenir antes de que la violencia llegue a su punto máximo.

No debemos esperar a que una mujer sea asesinada para preguntarnos si había señales de peligro.

Debemos identificar esas señales antes.

Las consecuencias del feminicidio

El feminicidio no termina con la muerte de la víctima.

Cada asesinato produce una cadena de consecuencias sociales: hijos huérfanos, familias destruidas, madres y padres afectados psicológicamente, comunidades traumatizadas y niños que pueden crecer con la experiencia de haber perdido a su madre en circunstancias violentas.

Cuando una mujer muere, desaparece una integrante de una familia, una trabajadora, una madre, una hija, una hermana y una miembro de la comunidad.

Por eso, el feminicidio no debe medirse únicamente en estadísticas.

Detrás de cada número existe una persona y detrás de esa persona existe una red social afectada.

Una sociedad del cuidado

Una sociedad del cuidado coloca la vida, la dignidad humana, la protección y la convivencia en el centro de sus políticas públicas.

Significa construir relaciones donde el poder no se utilice para dominar, sino para proteger; donde la masculinidad no sea asociada con la violencia; donde la mujer tenga autonomía y seguridad; y donde la comunidad entienda que la violencia contra una mujer no es un problema privado.

El feminicidio constituye una tragedia humana, pero también un síntoma social.

No podemos combatirlo únicamente aumentando las penas después de ocurrido el crimen. Tampoco podemos reducirlo a una discusión entre hombres y mujeres.

El problema exige una mirada integral.

Hay que trabajar con la familia, la escuela, la comunidad, las instituciones de justicia, la Policía, el sistema de salud, los medios de comunicación, las organizaciones sociales y el propio Estado.

La pregunta no debe ser solamente cuántas mujeres han sido asesinadas.

La pregunta sociológica fundamental debe ser:

¿Qué está ocurriendo en nuestra sociedad para que determinadas relaciones de poder lleguen hasta el extremo de convertir la vida de una mujer en el objeto de control de otra persona?

Responder esa pregunta exige investigación, educación, políticas públicas, voluntad institucional y transformación cultural.

El feminicidio no se controla únicamente después del asesinato. Se combate mucho antes: cuando se educa, cuando se escucha, cuando se identifica el riesgo, cuando se protege a la víctima, cuando se interviene sobre el agresor y cuando las instituciones actúan con rapidez.

Una sociedad que espera el asesinato para reaccionar llega demasiado tarde.

La verdadera política contra el feminicidio debe comenzar mucho antes de que aparezca la violencia.

Debe comenzar construyendo una sociedad donde ninguna persona considere que tiene derecho a controlar, poseer o decidir sobre la vida de otra.

Porque prevenir un feminicidio no es solamente salvar una vida. Es proteger una familia, preservar una comunidad y defender el principio fundamental de toda sociedad democrática: el derecho de cada ser humano a vivir con dignidad, libertad y seguridad.

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