Por Víctor Manuel Grimaldi Céspedes
La diplomacia frente a la guerra: una lección que los demócratas ahora en Washington no deberían ignorar.
Conocí a Jeffrey Sachs y conversamos en varios eventos en la Pontificia Academia de las Ciencias Sociales, en Ciudad del Vaticano.
Regularmente, Jeffrey me envía sus artículos a mi correo.
Hay ocasiones en que una reflexión académica adquiere una dimensión política que trasciende las fronteras del país donde se formula. Es lo que ocurre con el artículo de Jeffrey del 5 de noviembre de 2026, publicado en Common Dreams, bajo el título «Democrats, Please Take Note: Peace Is Good Politics».
Sachs plantea una cuestión que merece atención: los ciudadanos estadounidenses están pasando factura política a sus gobernantes por las guerras, sus consecuencias económicas y la ausencia de soluciones diplomáticas.
Su argumento no se limita a Donald Trump ni a los republicanos. También alcanza a los demócratas y a la política exterior de la administración de Joe Biden.
La advertencia es importante porque rompe con una práctica demasiado arraigada en Washington: considerar que la política exterior puede separarse de las consecuencias que tiene sobre la vida cotidiana de los ciudadanos.
Las guerras cuestan vidas, destruyen sociedades, comprometen recursos públicos y generan consecuencias económicas que terminan trasladándose a los hogares.
El precio de la energía, las tasas de interés, el endeudamiento público y el costo de los alimentos no son asuntos independientes de los conflictos internacionales.
Sachs relaciona precisamente esos factores con el comportamiento electoral estadounidense. Según los datos que cita, alrededor del 60 % de los votantes consideró equivocada la decisión de utilizar la fuerza militar contra Irán, mientras que aproximadamente el 90 % identificó el costo de la vida como un factor importante o decisivo en su voto.
La cuestión no es solamente electoral. Es también constitucional.
En Estados Unidos, la Constitución distribuye entre el presidente y el Congreso las responsabilidades relativas a la guerra, las fuerzas armadas y la asignación de los recursos públicos. Por eso, Sachs reclama que el nuevo Congreso recupere su autoridad constitucional y no permita que el país vuelva a involucrarse en operaciones militares por decisión unilateral del Ejecutivo.
Su planteamiento introduce una reflexión que los dirigentes de ambos partidos deberían considerar: ninguna victoria electoral constituye una autorización ilimitada para emprender guerras.
Pero el artículo adquiere una dimensión histórica cuando aborda Ucrania.

Sachs recuerda que el problema de la arquitectura de seguridad europea viene desarrollándose desde el final de la Guerra Fría.
Menciona las conversaciones de 1990 sobre la expansión de la OTAN, la declaración de Bucarest de 2008, la crisis política ucraniana de 2014 y el fracaso de las negociaciones de Estambul en abril de 2022.
Son acontecimientos que deben estudiarse sin simplificaciones. La invasión rusa de Ucrania en febrero de 2022 fue una decisión del Gobierno de Vladímir Putin y constituye una violación de la soberanía ucraniana. Pero reconocer esa responsabilidad no obliga a ignorar los antecedentes diplomáticos, las decisiones estratégicas de Washington y Moscú ni las oportunidades de negociación que pudieron haberse aprovechado.
Explicar los antecedentes de una guerra no significa justificarla. Significa comprender cómo se llegó a ella y qué tendría que hacerse para terminarla.
La propuesta de Sachs para Ucrania se fundamenta en cuatro elementos: detener la expansión de la OTAN hacia el este, establecer la neutralidad permanente de Ucrania siguiendo el modelo austríaco de 1955, acordar una línea de armisticio y permitir que Ucrania desarrolle su integración económica y política con la Unión Europea.
Es una propuesta que merece discusión. Su viabilidad dependería de las garantías de seguridad, del consentimiento de los ucranianos, de las condiciones territoriales y de la disposición de Rusia a respetar cualquier acuerdo. La paz no puede construirse ignorando la soberanía del país que ha sufrido la invasión.
Otro elemento de su análisis es el conflicto de Gaza y la relación de Estados Unidos con Israel. Sachs sostiene que el respaldo estadounidense a las operaciones militares israelíes también ha tenido consecuencias políticas internas. La opinión de los votantes demócratas, según las encuestas que cita, se ha distanciado de la posición tradicional de sus dirigentes.
La conclusión es que la política exterior estadounidense necesita una revisión que no dependa exclusivamente de quién ocupe la Casa Blanca.
Aquí aparece la cuestión fundamental: la diplomacia no puede ser considerada una debilidad. Negociar no significa rendirse. Dialogar no significa renunciar a los principios. Buscar acuerdos no significa desconocer las responsabilidades de quienes utilizan la fuerza militar.
La historia demuestra que los conflictos internacionales no siempre terminan cuando uno de los contendientes consigue imponer militarmente su voluntad. Muchas veces terminan cuando las partes reconocen que continuar la guerra resulta más costoso que negociar.
El caso de Austria en 1955, la reconstrucción europea después de la Segunda Guerra Mundial y los acuerdos que pusieron fin a diferentes conflictos durante la Guerra Fría ofrecen experiencias que merecen ser examinadas.
Para América Latina y el Caribe, esta discusión tiene una importancia particular. Somos una región que conoce las consecuencias de las intervenciones militares, las rivalidades entre grandes potencias y las crisis económicas producidas por decisiones adoptadas lejos de nuestras fronteras.
La República Dominicana, por su propia historia, tiene razones suficientes para valorar la soberanía nacional, el respeto al derecho internacional y la solución pacífica de las controversias.
En un mundo donde Estados Unidos, China y Rusia compiten por influencia, y donde los conflictos de Ucrania y Oriente Medio pueden producir consecuencias globales, la diplomacia debe recuperar su condición de instrumento esencial de la política internacional.
Jeffrey Sachs recuerda algo que parece haberse olvidado en demasiadas capitales: los gobiernos existen para atender las necesidades de sus pueblos, no para convertir las guerras en una política permanente.
El presupuesto de defensa no puede ser una cuenta sin límites, ni la industria militar puede convertirse en el principal condicionante de las decisiones de política exterior.
La seguridad de una nación también depende de su estabilidad económica, de la educación, de la salud, de la infraestructura y de la capacidad de sus instituciones para responder a las necesidades de la población.
La paz no es solamente una aspiración moral. Es una necesidad económica, política y estratégica.
En ese sentido, el planteamiento de Sachs merece ser escuchado por demócratas y republicanos, por Washington, Moscú, Pekín, Bruselas y por todos aquellos gobiernos que todavía consideran que la fuerza militar puede sustituir indefinidamente a la inteligencia diplomática.
La verdadera prueba del liderazgo internacional no consiste en demostrar cuántas guerras se pueden ganar, sino en cuántas se pueden evitar y cuántas vidas se pueden salvar mediante la negociación.

