UNAMUNO Y DARIO

Fecha de publicación

Por Hugo Vélez Astacio

Uno de los pocos intelectuales españoles a los que Rubén Darío al reconocerle la sapiencia, con respeto al reconocerle su Valia, igualmente con educación y sutileza supo reclamarle como solo Darío solía hacerlo, con finura lirica, que este (Unamuno) era poeta.

Lo anterior era a pesar que el sabio de Salamanca le era huraño y en cierta manera era hostil, al ser cerrado en su nacionalismo español, de no compartir el romanticismo parisino de Víctor Hugo y el parsoniano ornamental, ese galicismo mental denunciado por Valera, al comentar la grandeza del libro de Darío, publicado en Chile, titulado: Azul…

Darío, le busco le busco epistolarmente, mediante una apreciable correspondencia de catorce cartas, como a nadie es su tiempo estando ahí en España.

Unamuno que no reparaba en mantener una buena o agradable estima por Darío, en una ocasión de manera desafortunada, ante la presencia de un amigo común (Valle Inclán), haciendo alusión a lo de indio despectivo de Rubén, expreso: “que a Darío se le veían las plumas –las del indio—debajo del sombrero.

Tiempo después, el amigo, se lo comento a Rubén, quien tiempo después en una carta datada el 5 de septiembre de 1907 desde Paris, Darío, como solo la sabia con humildad, educación y elegante, hacer referencia a esa grave y errónea alusión del sabio Unamuno, la carta decía:

“Mi querido amigo. Ante todo, para una alusión. Es con una pluma que me quito debajo del sombrero con la que le escribo. Y lo primero que hago es quejarme de no haber recibido su último libro (…) más yo quisiera de su parte también alguna palabra de benevolencia para mis esfuerzos de cultura (…) Y en cuento a lo que a mí respecta, una consagración como la mía, merece alguna estimación (…) Sus preocupaciones sobre los asuntos eternos, y definitivos le obligan a la justicia y a la bondad.

Sea pues justo y bueno. Ex toto Corde”.

Rubé n Darío

Habiendo muerto Rubén el 6 de febrero de 1916, Unamuno, en su memoria realizo una carta homenaje, que nos permitimos exponer completa, a pesar que es algo extensa, dado que es aleccionadora en cuanto al espíritu y unión que reinaba es estos dos intelectuales amigos.

CARTA DE MIGUEL DE UNAMUNO AL FINADO RUBEN DARIO

Hay que ser justo y bueno…

¡Pauvre Lelian! se dijo de Verlaine, y Rubén lo recordaba. ¡Pobre Rubén!, digo yo ahora. Porque este otro niño grande era también, como aquél, bueno, entrañada mente bueno. Débil, entrañada mente débil. No podía consigo mismo. Y paseó por ambos mundos su pavor ante el misterio y su insaciable sed de reposo para ir a morir junto a su cuna, él, el hombre de todos los países cuya patria no era de este mundo.

Conocí y traté a Rubén; no lo bastante. Conservo de él una docena de cartas, en algunas de las cuales se ve al hombre. Fue quien me llevó a La Nación, de Buenos Aires, en que colaboro hace años.

Quiero ahora aquí, como ofrenda al hombre, comentar una de esas cartas. Con esta lengua que el Demonio nos ha dado a los hombres de letras, dije una vez delante de un compañero de pluma que a Rubén se le veían las plumas —las de indio— debajo del sombrero; y él que me lo oyó, ni corto ni perezoso, esparció la especie que llegó a oídos de Darío. Y este, poco después, el 5 de septiembre de 1907, me escribía desde París: “Mi querido amigo: Ante todo para una alusión. Es con una pluma que me quito debajo del sombrero con la que le escribo. Y lo primero que hago es quejarme de no haber recibido su último libro. Podrá haber diferencias mentales entre usted y yo, pero…” No copio lo que sigue, pues no quiero aparecer haciéndome el propio artículo ante la muerte, aun fresca y palpitante de pena, del óptimo poeta y hombre mejor.

Seguía luego la carta así: “Mas yo quisiera también de su parte alguna palabra de benevolencia para mis esfuerzos de cultura”. Tampoco debo copiar lo que sigue, y que a mí se refiere, hasta que dice: “Y en cuanto a lo que a mí respecta, una consagración de vida como la mía merece alguna estimación”. ¿Alguna estimación? ¿Nada más que alguna estimación? ¡Noble Rubén! ¡Con qué dignidad, con qué nobleza se quejaba de una conducta que, en verdad, no debí haber para con él seguido!

La carta acababa así: “La independencia y la seriedad de su modo de ser le anuncian para la justicia. Sobrio y aislado en su felicidad familiar, debe comprender a los que no tienen tales ventajas. Usted es un espíritu director. Sus preocupaciones sobre los asuntos eternos y definitivos le obligan a la justicia y a la bondad. Sea, pues, justo y bueno. Ex todo conde, RUBÉN DARÍO.”

Han pasado más de ocho años de esto; muchas veces esas palabras de noble y triste reproche del pobre Rubén me han sonado dentro del alma, y ahora parece que las oigo salir de su enterramiento, aún mollar. ¿Fui con él justo y bueno? No me atrevo a decir que sí. Quería alguna palabra de benevolencia para sus esfuerzos de cultura de parte de aquéllos con quienes se creía, por encima de diferencias mentales, hermanado en una obra común. Era justo y noble su deseo. Y yo, arando sólo mi campo, -desdeñoso en el que creía mi espléndido aislamiento, meditando nuevos desdenes, seguí callándome ante su obra. ¿Fue esto justo y bueno? No me atrevo a decir que sí.

Él, por su parte, no se calló ante la mía. Ante mi obra poética, quiero decir. Cuando publiqué mi primer volumen de poesías, lo mejor, sin duda, lo más cordial que sobre ellas se dijo, fue lo que dijo Rubén en un artículo de La Nación, bonaerense. No lo olvidaré nunca. Y las cartas que después me escribió fueron nobles, sinceras y dignas. Y es aquél óptimo poeta era un hombre mejor.

Apartaban del sentido y el tono de las suyas; capaz, muy capaz de apreciar los esfuerzos en pro de la cultura que iban por caminos, los al parecer más opuestos a los suyos. Tenía una amplia universalidad, una profunda liberalidad de criterio. Era benévolo por grandeza de alma, como lo fue antaño Cervantes. ¿Sabía que él se afirmaba más afirmando a los otros? No, ni esta astucia de fino egoísmo ha­bía en su benevolencia. Era justo, esto es, comprensivo y tolerante, porque era bueno.

Llegan tarde las palabras buenas Dicen que la hora de la muerte es la de las alabanzas. Pero si estas son sinceras y son justas, hasta vale la pena de morirse, porque ante Dios y los hombres resuenen las alabanzas sinceras y justas. ¿Por qué en vida tuya, amigo, me callé tanto? ¡Qué sé yo…! ¡Qué sé yo…! Es decir, no quiero saberlo. No quiero penetrar en ciertos tristes rincones de nuestro espíritu. Pero tú, pobre Rubén, me estás diciendo desde tu reciente tumba: “Sea justo con los otros, con todo-; sea bueno con los otros, con todos”. Pero…

De tal modo se tapa uno los oídos para no oír a los demás y que no le distraigan de sí mismo y le dejen así oír mejor la voz de sus entrañas, que acaba por no oírse ni a sí mismo. Y no comprende uno que esa voz que cree de sus entrañas es la voz de los otros, de aquellos a quienes no quiere oír, que por sus entrañas le llega.

Sí, buen Rubén, óptimo poeta y mejor hombre: éste tu huraño y hermético amigo, que debe ser justo y debe ser bueno contigo y con los demás, te debía palabras no de benevolencia, de admiración y de fervorosa alabanza, por tus esfuerzos de cultura. Y si Dios me da salud, tiempo y ánimo, he de decir de tu obra lo que —más vale no pensar en porqué—no dije cuando podías oírlo. ¿Lo oirás ahora? Quisiera creer que sí.

Hay que ser justo y bueno, Rubén Darío.

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