Por Maylene Cotto Andino
Hay preguntas que una sociedad no puede aplazar indefinidamente. Una de ellas es qué universidad quiere construir. No qué universidad tenía hace veinte años. No cuál heredó del siglo XX. Ni siquiera cuál ha conseguido mantener hasta nuestros días. La pregunta verdaderamente importante es otra: ¿qué universidad necesita hoy la República Dominicana para el país que desea ser mañana? La respuesta importa porque la universidad ya no puede entenderse exclusivamente como el lugar al que se acude durante cuatro o cinco años para obtener un título profesional. En una sociedad atravesada por la inteligencia artificial, la transformación del empleo, el cambio climático, las migraciones, las desigualdades, la velocidad de la información y una profunda redefinición de nuestras relaciones humanas, la educación superior está llamada a desempeñar una función mucho mayor.
Debe formar profesionales, por supuesto. Pero también ciudadanos. Debe preparar para encontrar empleo, pero igualmente para crearlo. Debe enseñar tecnología, pero sin abandonar las humanidades. Debe producir conocimiento, pero conseguir que ese conocimiento llegue también a la sociedad. Debe mirar hacia los grandes centros científicos del mundo sin dejar de mirar hacia sus propios barrios, campos, provincias y comunidades. Y debe comprender, finalmente, que educar para el futuro no significa únicamente enseñar aquello que será rentable mañana. Significa preparar seres humanos capaces de pensar, discernir, convivir, investigar, crear y transformar responsablemente la realidad que les corresponde vivir.
Una discusión que ya es mundial
La República Dominicana no está sola ante este desafío. En marzo de 2026, la UNESCO presentó Transforming higher education: Global collaboration on visioning and action, una nueva hoja de ruta internacional para el futuro de la educación superior. El documento parte de una realidad extraordinaria: la población universitaria mundial pasó de aproximadamente 100 millones de estudiantes en el año 2000 a 269 millones en 2024. Nunca tantas personas habían llegado a la educación superior. Sin embargo, acceder a la universidad y disponer de una educación universitaria pertinente, equitativa y verdaderamente transformadora no significan necesariamente lo mismo.
La UNESCO propone siete grandes principios para la universidad contemporánea: equidad y pluralismo; libertad para aprender, enseñar e investigar; pensamiento crítico y creatividad; utilización de las tecnologías digitales y de la inteligencia artificial desde una perspectiva centrada en las personas; cooperación y solidaridad; sostenibilidad; y una concepción más amplia de la calidad, la excelencia y la pertinencia. Es significativo que algunos de los conceptos más importantes de esta propuesta no sean tecnológicos. Son equidad, libertad, pensamiento, creatividad, solidaridad, sostenibilidad y humanidad. Quizá ahí se encuentre una de las grandes claves de la universidad que debemos construir.
La República Dominicana ante su propia oportunidad
La República Dominicana posee hoy una oportunidad extraordinaria. Su sistema de educación superior se ha ampliado y diversificado, y el Ministerio de Educación Superior, Ciencia y Tecnología dispone actualmente de sistemas de información que permiten analizar instituciones, matrícula, nuevos ingresos, egresados y programas de becas, entre otros indicadores. El propio MESCyT ha reforzado recientemente sus herramientas estadísticas con información correspondiente al período 2020–2024, algo fundamental porque ninguna política universitaria seria puede construirse únicamente sobre intuiciones: necesita evidencia. Pero el siguiente paso no puede ser solamente aumentar cifras. La gran cuestión debería ser qué hacemos con esa expansión y para qué sociedad estamos formando.
República Dominicana necesita una universidad estrechamente vinculada con su desarrollo económico y social, pero no subordinada ciegamente a las fluctuaciones inmediatas del mercado laboral. Necesita ingenieros, médicos, docentes, investigadores, juristas, especialistas en inteligencia artificial, profesionales del turismo, expertos medioambientales y emprendedores. Pero seguirá necesitando también historiadores, filósofos, lingüistas, artistas, escritores, sociólogos y humanistas capaces de ayudarnos a comprender quiénes somos y hacia dónde vamos. Porque un país no se construye únicamente con tecnología. Se construye también con memoria, ética, cultura y pensamiento.
Una universidad que comience mucho antes de la universidad
Existe además una realidad que no debemos eludir: la calidad de la educación superior depende inevitablemente de la educación que recibió el estudiante antes de llegar a ella. Los últimos indicadores internacionales constituyen, en este sentido, una llamada a la reflexión. En PISA 2025, la República Dominicana obtuvo una media de 361 puntos en ciencias, y el 74,1 % del alumnado evaluado se situó entre los niveles de bajo rendimiento en esta competencia. Estos datos no deben emplearse para desacreditar el esfuerzo de estudiantes o docentes ni para construir discursos pesimistas sobre el país. Deben servir precisamente para aquello para lo que existen los indicadores educativos: identificar dificultades y actuar sobre ellas. Universidad, escuela y sociedad no pueden continuar funcionando como compartimentos independientes.
La transformación educativa dominicana requiere un proyecto de país que conecte educación infantil, primaria, secundaria, formación técnica y universidad. La UNESCO y el Ministerio de Educación dominicano han trabajado precisamente durante 2025 y 2026 mediante el Colaboratorio ODS 4 para impulsar soluciones basadas en evidencia, fortalecer la gobernanza educativa y acelerar el cumplimiento de la Agenda 2030. Esa cooperación debe profundizarse.
No podemos formar para empleos que desaparecen
Existe otro desafío inaplazable. Los jóvenes que comienzan hoy sus estudios universitarios desarrollarán buena parte de su vida profesional entre las décadas de 2030 y 2060. Muchos desempeñarán trabajos que actualmente están transformándose y otros ejercerán profesiones que todavía ni siquiera conocemos plenamente. El Banco Mundial señala para la República Dominicana entre sus prioridades precisamente la creación de empleos de calidad mediante mejores competencias laborales y mayores estándares educativos.
El Banco Interamericano de Desarrollo está trabajando igualmente en el país en iniciativas relacionadas con las denominadas habilidades verdes, intentando acercar la formación a las transformaciones tecnológicas, ambientales y productivas que modificarán progresivamente el mercado laboral dominicano. Y la CEPAL ha advertido que la transición entre educación y empleo constituye uno de los momentos decisivos en la trayectoria de los jóvenes latinoamericanos y que no puede abordarse exclusivamente desde la política educativa, sino mediante una coordinación entre educación, empleo, inclusión social y protección. Por eso la universidad dominicana debería preguntarse permanentemente: ¿qué estamos enseñando? ¿Para qué mundo? ¿Con qué metodología? ¿Y durante cuánto tiempo seguirá siendo útil aquello que enseñamos?
Inteligencia artificial sí; pensamiento propio también
Probablemente ninguna transformación modificará tanto la universidad de los próximos años como la inteligencia artificial. Pero sería un grave error plantear el debate únicamente como una elección entre prohibirla o incorporarla. La verdadera cuestión es cómo educaremos cuando las máquinas puedan producir textos, imágenes, traducciones, cálculos, programas informáticos y determinados análisis en cuestión de segundos. En ese escenario, memorizar información pierde parte de su centralidad. Adquieren todavía más importancia formular preguntas, verificar fuentes, reconocer errores, interpretar resultados, distinguir información de conocimiento, detectar manipulaciones, relacionar disciplinas y tomar decisiones éticas.
Una universidad que responda al presente no puede combatir la inteligencia artificial intentando reconstruir el aula de 1990. Debe enseñar a utilizarla. Pero también debe enseñar cuándo no utilizarla. Y, sobre todo, debe conseguir que una generación rodeada de respuestas instantáneas conserve algo mucho más difícil de obtener: la capacidad de hacerse buenas preguntas. La propia UNESCO coloca el uso humano y responsable de las tecnologías digitales y la inteligencia artificial entre los principios fundamentales de su nueva hoja de ruta para la educación superior.
Investigar los problemas que tenemos delante
También debemos recuperar una idea esencial: una universidad no existe únicamente para transmitir conocimiento; existe para producirlo. La República Dominicana posee enormes posibilidades para construir líneas de investigación directamente relacionadas con sus propias necesidades: cambio climático y vulnerabilidad insular; protección costera; biodiversidad; energías renovables; gestión del agua; turismo sostenible; salud pública; patrimonio histórico y documental; inteligencia artificial aplicada al desarrollo; educación; migraciones; economía; desigualdad; agricultura; sargazo; cultura caribeña y relaciones regionales. ¿Por qué no convertir algunos de esos problemas en grandes programas nacionales de investigación universitaria? ¿Por qué no crear consorcios entre universidades dominicanas y centros extranjeros? ¿Por qué no construir redes caribeñas de investigación? ¿Por qué no facilitar que estudiantes de grado comiencen a investigar mucho antes de realizar una tesis doctoral? ¿Por qué no conseguir que cada universidad pueda identificar algunos problemas concretos de su territorio y poner profesores, investigadores y estudiantes a buscar soluciones? Cuando una universidad investiga aquello que preocupa a la sociedad que la sostiene, el conocimiento deja de permanecer encerrado entre paredes. Se convierte en servicio público.
Universidad y territorio
También debemos recordar algo elemental: el talento no nace exclusivamente en las capitales. Puede nacer en Santo Domingo, Santiago, Puerto Plata, San Pedro de Macorís, La Romana, Barahona, Azua, San Juan, Monte Cristi o cualquier otra comunidad dominicana. La igualdad educativa comienza cuando el código postal de un joven deja de determinar hasta dónde puede llegar. Por eso la transformación universitaria también deberá ser territorial y digital.
Necesitamos universidades conectadas con sus comunidades; sistemas de becas eficaces; movilidad nacional e internacional; bibliotecas digitales; laboratorios compartidos; programas híbridos de alta calidad; infraestructuras tecnológicas; cooperación interuniversitaria y mecanismos para que quienes poseen menos recursos económicos no encuentren puertas cerradas allí donde debería existir una oportunidad.
UNESCO IESALC ha insistido en 2026 en que América Latina y el Caribe siguen enfrentándose a importantes brechas de equidad, asequibilidad y calidad a pesar de la extraordinaria expansión regional de la educación superior. La respuesta no debe ser reducir nuestras expectativas. Debe ser aumentar nuestra capacidad para cumplirlas.
Internacionalizar sin perder identidad
La universidad dominicana del futuro debe ser internacional. Pero internacionalizarse no significa copiar modelos extranjeros. Significa conversar con ellos desde su propia identidad. Una universidad verdaderamente internacional debería promover movilidad estudiantil y docente, dobles titulaciones, investigación conjunta, redes universitarias, reconocimiento de estudios, enseñanza de idiomas y cooperación científica. Pero, al mismo tiempo, debe proteger y estudiar aquello que solamente la República Dominicana puede aportar al mundo: su patrimonio, su literatura, su historia, su música, su diversidad cultural, su relación con el Caribe, su memoria documental y su particular experiencia histórica. La internacionalización más fecunda no consiste en dejar de ser nosotros para parecernos a otros. Consiste en saber quiénes somos para poder dialogar de igual a igual con el mundo.
Recuperar la universidad como lugar de encuentro
Pero existe todavía una transformación quizá más profunda. En sociedades cada vez más polarizadas y rodeadas de mensajes breves, algoritmos, desinformación y discursos incapaces de escucharse entre sí, necesitamos universidades que vuelvan a enseñar algo extremadamente sencillo y, al mismo tiempo, extraordinariamente difícil: pensar juntos sin necesidad de pensar igual.
La universidad debe continuar siendo uno de los lugares donde una sociedad puede hacerse preguntas incómodas sin convertirse inmediatamente en enemiga de sí misma. Donde sea posible argumentar, escuchar, dudar, rectificar, investigar, contrastar, crear y convivir. Porque formar profesionales excelentes que sean incapaces de comprender al otro tampoco puede considerarse un éxito educativo.
¿Qué universidad queremos, entonces?
Queremos una universidad accesible, pero exigente; tecnológica, pero profundamente humana; internacional, pero orgullosa de su identidad. Conectada con el empleo, pero no sometida exclusivamente al mercado. Capaz de enseñar inteligencia artificial y también ética. Que produzca títulos, pero, sobre todo, conocimiento. Que valore la ciencia sin abandonar las humanidades. Que investigue los grandes problemas mundiales y también los problemas cotidianos de sus comunidades. Que proteja la libertad académica. Que promueva la igualdad entre mujeres y hombres. Que abra oportunidades a quienes nacieron lejos de los grandes centros urbanos. Que entienda la sostenibilidad no como una asignatura adicional, sino como una responsabilidad institucional. Y que enseñe a los jóvenes no solamente a ganarse la vida, sino también a comprenderla. Tal vez esa sea la universidad que necesita hoy la República Dominicana. Significa decidir qué sociedad queremos ser.
Y quizá esa sea la pregunta que la República Dominicana —como tantas naciones de nuestra región— debe formularse hoy con serenidad, ambición y esperanza: cuando nuestros jóvenes miren hacia atrás dentro de treinta años, ¿podrán decir que les entregamos una universidad preparada para el mundo que les tocó vivir o que tuvimos la oportunidad de transformarla y dejamos pasar el momento? Todavía estamos a tiempo de elegir la primera respuesta.

