Se nos va la vida en un suspiro: la tragedia de los trenes en España y la fragilidad de nuestra existencia

Fecha de publicación

 

Por Maylene Cotto Andino

Hay tragedias que detienen el tiempo de quienes las sufren y deberían detener, al menos por un instante, las prisas de todos los demás.

Hay noticias que uno lee y no sabe muy bien qué hacer con ellas. Las palabras llegan, se detienen ante nosotros y, durante unos segundos, parece que la realidad ha dejado de obedecer a las reglas de siempre. Intentamos comprender lo sucedido, buscamos explicaciones, sentimos la necesidad de encontrar una razón que nos permita ordenar el dolor. Pero hay acontecimientos ante los que las palabras resultan insuficientes. La tragedia de Urda, en la provincia de Toledo, España, es uno de esos momentos en los que la vida nos coloca frente a una verdad que tantas veces preferimos olvidar: somos extraordinariamente frágiles. He de decirles que esta columna iba a ser sobre otro tema, pero anoche pasé por el escenario de la tragedia. No fue por morbo o curiosidad insana, fue simplemente porque es el paso hacia mi casa cuando voy en el último autobús de la noche. Cansada, después de un día de trabajo, y detenida en la carretera para dar paso a grúas y demás artilugios, miré por el cristal y pensé: cuántas veces me he montado en esos trenes, cuántas veces he pasado por este hermoso paisaje pensando en lo que tenía que hacer cuando llegara a Sevilla, cuántas veces he ido corrigiendo conferencias, exámenes o simplemente planificando las clases del día siguiente, o pensando qué cena deliciosa les iba a hacer a los míos cuando regresara, por el mismo tramo, para compensarlos por mi ausencia, siempre con el pensamiento ocupado.

Hoy, mi pensamiento se dirige hacia Urda, una pequeña localidad de La Mancha, en la que se detuvo el reloj para siempre de 69 personas, hacia las personas afectadas por esta tragedia y, muy especialmente, hacia quienes han tenido que enfrentarse a una pérdida que jamás habrían imaginado. Hacia las familias que atraviesan horas de angustia, hacia quienes esperan noticias, hacia quienes intentan asimilar lo ocurrido y hacia quienes tendrán que aprender a convivir con una ausencia. Porque las ausencias así, de esta forma, nunca se planifican. No hay palabras capaces de reparar una pérdida ni frases que puedan aliviar por completo un dolor de semejante magnitud. Solo cabe expresar respeto, cercanía y solidaridad, sin invadir el silencio de quienes necesitan tiempo para comprender lo incomprensible.

Porque detrás de cada tragedia hay vidas concretas. Hay nombres, historias, proyectos, conversaciones pendientes, abrazos que parecían garantizados y futuros que alguien había imaginado de una determinada manera. Hay personas que ocupaban un lugar insustituible en la vida de otras personas. Y cuando una tragedia irrumpe, no desaparece únicamente una presencia: también se altera el mundo cotidiano de quienes permanecen.

La vida no avisa

Vivimos con la convicción, casi automática, de que el mañana estará ahí. Organizamos nuestras agendas, acumulamos obligaciones, perseguimos objetivos y aplazamos conversaciones importantes porque creemos que siempre habrá otra ocasión. Nos decimos que ya llamaremos, que otro día visitaremos a alguien, que más adelante tendremos tiempo para descansar, escuchar, reconciliarnos o expresar aquello que sentimos. Y así, sin apenas advertirlo, convertimos la vida en una sucesión de asuntos pendientes.

Corremos. Corremos para llegar a tiempo, para cumplir expectativas, para alcanzar metas que muchas veces ni siquiera nos hemos detenido a cuestionar. Nos acostumbramos a medir los días por lo que producimos, por lo que conseguimos y por todo aquello que todavía nos falta. La prisa termina convirtiéndose en una forma de vivir y, en ocasiones, también en una manera de olvidar lo esencial. Pero la vida no firma contratos con nosotros. No nos garantiza que tendremos tiempo para terminar todo lo que hemos empezado, para decir todo lo que sentimos o para encontrarnos de nuevo con quienes hoy forman parte de nuestra historia. No siempre concede una segunda oportunidad.

A veces, basta un instante para que todo cambie, para que todo termine, para que la vida en una carrera desenfrenada nos ponga punto final. La tragedia de Urda nos enfrenta, con la crudeza de los acontecimientos que interrumpen la normalidad, a esa incertidumbre que acompaña a la existencia humana. No se trata de vivir con miedo ni de contemplar el futuro desde la angustia. Se trata, precisamente, de comprender que la conciencia de nuestra fragilidad debería ayudarnos a vivir con mayor responsabilidad, más humanidad y una percepción más profunda del valor de cada día. Porque se nos va la vida mientras creemos que estamos simplemente ocupados en vivirla.

Detrás de cada noticia hay un universo humano

Existe un peligro en nuestra manera contemporánea de recibir las tragedias: acostumbrarnos a ellas. Una noticia irrumpe en nuestras pantallas, ocupa durante unas horas las conversaciones, despierta conmoción y después comienza a desaparecer bajo el peso de otros acontecimientos. La actualidad avanza, los titulares cambian y la atención colectiva se desplaza hacia el siguiente suceso. Sin embargo, para quienes han sufrido directamente las consecuencias, el tiempo no continúa de la misma manera. Lo que para algunos será una noticia difícil de olvidar durante unos días puede convertirse, para otros, en una frontera irreversible entre la vida de antes y la vida después.

Por eso debemos mirar estas tragedias con respeto, evitando convertir el sufrimiento ajeno en espectáculo o reducirlo a una cifra, una imagen o una sucesión de comentarios. La información es necesaria; la sensibilidad también. La búsqueda de respuestas es legítima; el respeto a las personas afectadas debe ser irrenunciable. No necesitamos conocer todos los detalles para comprender la dimensión humana de una tragedia. Tampoco necesitamos multiplicar las palabras para demostrar nuestra solidaridad. La tragedia de Urda merece nuestra atención, pero, sobre todo, merece nuestro respeto.

¿Qué hacemos con el tiempo que tenemos?

Quizá la pregunta más difícil no sea únicamente cómo ha sucedido una tragedia, sino qué nos dice sobre nuestra propia manera de vivir. No debemos utilizar el dolor de nadie para extraer conclusiones apresuradas ni atribuir causas o responsabilidades sin conocer los hechos. Cada circunstancia debe investigarse con rigor y cada posible responsabilidad debe esclarecerse mediante los procedimientos correspondientes. La compasión no está reñida con la exigencia de verdad, y la solidaridad tampoco excluye la necesidad de aprender de lo sucedido. Pero existe otra reflexión que nos concierne a todos, independientemente de las circunstancias concretas de esta tragedia: ¿estamos concediendo a nuestra vida y a la de los demás el valor que realmente tienen? ¿Escuchamos de verdad a quienes nos hablan? ¿Sabemos detenernos cuando alguien necesita nuestra presencia? ¿Somos conscientes del daño que pueden causar la indiferencia, la impaciencia o la falta de consideración? ¿Comprendemos que detrás de cada persona hay una historia que desconocemos, unas preocupaciones que quizá nunca compartirá y una dignidad que merece ser respetada? La vida no se mide únicamente por los años que alcanzamos a vivir, sino también por la manera en que habitamos ese tiempo y por la huella que dejamos en los demás.

La responsabilidad de una sociedad que no puede mirar hacia otro lado

Ante una tragedia, la solidaridad inmediata resulta imprescindible. Las instituciones, los servicios de emergencia, los profesionales que intervienen y las comunidades afectadas necesitan apoyo, coordinación y respeto. Pero la respuesta colectiva no debería agotarse en las primeras muestras de conmoción. Cuando se conozcan los hechos, será necesario analizar lo ocurrido con seriedad, determinar si existen medidas que deban revisarse y extraer las conclusiones que estén justificadas. No para alimentar la búsqueda precipitada de culpables, sino para evitar que el paso del tiempo convierta las preguntas legítimas en asuntos olvidados. Una sociedad verdaderamente comprometida con la vida no se limita a lamentar las tragedias: procura aprender de ellas. Esa responsabilidad exige rigor en la información, prudencia en los juicios, transparencia cuando corresponda y una atención sostenida hacia quienes sufren las consecuencias. Exige también que no confundamos la rapidez con la eficacia ni la exposición pública con la verdadera solidaridad.

Que la prisa no nos robe la vida

Tal vez, cuando pasen los años, descubramos que muchas de las cosas que nos parecían urgentes no lo eran tanto. Que algunas discusiones no merecían el desgaste que les dedicamos. Que determinados reconocimientos, por importantes que parecieran, ocupaban un espacio desproporcionado en nuestra existencia. Que había personas a las que deberíamos haber escuchado más y momentos que habríamos querido vivir sin mirar constantemente el reloj. No siempre somos conscientes de ello mientras sucede. La vida cotidiana nos envuelve en sus exigencias y terminamos creyendo que vivir consiste en llegar a alguna parte. Sin embargo, también consiste en saber detenernos, mirar a nuestro alrededor y reconocer el valor de quienes caminan con nosotros. Una llamada puede ser más importante que una obligación aplazada. Una conversación sincera puede reparar una distancia que parecía definitiva. Un gesto de consideración puede aliviar el día de alguien que atraviesa una dificultad que desconocemos. Un abrazo puede expresar aquello que las palabras no consiguen decir. No podemos prometer que todo saldrá bien. No podemos garantizar que el futuro responderá a nuestros planes. Pero podemos procurar que el tiempo que compartimos con los demás esté marcado por una mayor conciencia, una mayor generosidad y un respeto más profundo por la vida. Quizá ese sea uno de los grandes desafíos de nuestro tiempo: recuperar la capacidad de estar presentes.

No únicamente de ocupar un lugar, sino de acompañar de verdad. No solamente de hablar, sino de escuchar. No solo de avanzar, sino de preguntarnos hacia dónde y a costa de qué. Porque ninguna agenda debería hacernos olvidar que vivimos entre personas, y que cada una de ellas representa y representará siempre una existencia irrepetible.

Populares

Maylene Cotto Andino
Maylene Cotto Andino
La Dra. Maylene Cotto Andino es académica, investigadora, escritora y profesora de la Universidad de Castilla-La Mancha, en Toledo, España. Graduada de la Universidad de Puerto Rico, realizó estudios de máster y doctorado en España y fue becaria Fulbright durante tres años consecutivos. Está vinculada a la Cátedra UNESCO 1447: Sociedad y Patrimonio y desarrolla una trayectoria dedicada a la educación, las humanidades, el patrimonio cultural, los derechos humanos y la cultura de paz.

¿Es importante el inglés para la internacionalización de las universidades dominicanas?

Maylene Cotto Andino analiza la importancia del inglés para internacionalizar las universidades dominicanas sin renunciar al español.

MILAN KRAJNC: EL ÉXITO DE LLEGAR LEJOS SIN PERDERSE A UNO MISMO

Una reflexión sobre el amor, la vulnerabilidad, la tecnología y el alma humana a partir de una entrevista con Milan Krajnc, que plantea el valor de llegar lejos sin perder nuestra identidad.

La Hispanidad: una historia compartida, un futuro por construir

La Hispanidad como oportunidad para reconocer una historia compleja y fortalecer la cooperación, el respeto y el futuro compartido entre España y América Latina.

También podría interesarte

Johnny Abbes García: el hombre que convirtió el espionaje en un instrumento de terror durante la Era de Trujillo

Johnny Abbes García dirigió el temido Servicio de Inteligencia Militar durante los últimos años de la dictadura de Trujillo. Frank Hernández examina su trayectoria, el aparato represivo que encabezó y su misterioso final en Haití.

República Dominicana, El Salvador y Haití

El articulista Becker Márquez Bautista reflexiona sobre el despliegue militar de El Salvador en Haití y sostiene que República Dominicana debe proteger su frontera sin intervenir militarmente en territorio haitiano.

R. D. ¿Estamos construyendo viviendas para las familias o para los inversionistas?

El asesor inmobiliario César Fragoso reflexiona sobre el crecimiento de la construcción en República Dominicana y las dificultades de miles de familias para adquirir su primera vivienda.

Intec y MIT y la educación del futuro que consiste en aprender a pensar, crear y utilizar la inteligencia artificial

La iniciativa MIT for America plantea una educación basada en matemáticas, inteligencia artificial e innovación. Víctor Manuel Grimaldi reflexiona sobre sus enseñanzas para República Dominicana.

Al presidente de RD, a la SCJ, al Ministerio Público, a Ricardo Nieves, etc.

El articulista Miguel Espaillat Grullón analiza la inversión del fardo de la prueba contemplada en el artículo 146 de la Constitución dominicana y cuestiona las razones que, a su juicio, dificultan su aplicación en los procesos judiciales por corrupción.

Redes sociales: del therian al bonesmashing, cuando la búsqueda de aceptación se convierte en un riesgo

El Dr. Ramón Ceballo reflexiona sobre la influencia de las redes sociales en la identidad y autoestima de los jóvenes, desde los therians y el farmear aura hasta los peligros del bonesmashing.