La paz no puede esperar: Federico Mayor Zaragoza, la hoja de ruta de Santo Domingo y el futuro que todavía podemos construir

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Por Maylene Cotto Andino

En el Día Internacional de la Paz, recordar a quienes hicieron de ella una causa de vida solo tiene sentido si somos capaces de continuar su trabajo.

Cada 21 de septiembre el mundo pronuncia una palabra que, paradójicamente, continúa siendo una de las más difíciles de convertir en realidad: paz. Las Naciones Unidas celebran en 2026 el Día Internacional de la Paz bajo un lema que debería interpelarnos mucho más allá de una efeméride: “Invierte en la paz, para todas las personas, en todas partes y todos los días”. No se nos invita solamente a desear la paz. Se nos pide invertir en ella, construirla y comprender que necesita recursos, instituciones, educación, voluntad y ciudadanos capaces de defender el diálogo incluso cuando el diálogo parece imposible. Quizá pocas personas comprendieron esto con tanta claridad como Federico Mayor Zaragoza.

Dra. Maylene Cotto Andino

Federico Mayor Zaragoza, español, universal, comprometido, científico, profesor, diplomático, poeta, mi jefe y director general de la UNESCO entre 1987 y 1999, convirtió la cultura de paz en uno de los grandes ejes de su vida intelectual e institucional y de todos los que tuvimos el gusto de trabajar a su lado. Tras abandonar la dirección de la UNESCO, fundó en Madrid, en el año 2000, la Fundación Cultura de Paz, para continuar impulsando aquello que había defendido durante décadas: la transición desde una cultura basada en la violencia y la imposición hacia otra fundamentada en el diálogo, la tolerancia y la participación. Federico murió en diciembre de 2024, pero algunas personas desaparecen físicamente sin abandonar del todo las conversaciones que la humanidad todavía tiene pendientes. Él nos dejó una de ellas.

Durante años insistió en que había llegado el momento de sustituir la fuerza por la palabra. En uno de sus textos escribió sobre la necesidad de “pasar de la espada a la palabra”. Parece una formulación sencilla. No lo es. Significa sustituir imposición por negociación; intolerancia por escucha; humillación por dignidad; silencio ciudadano por participación; y prevención por encima de la resignación ante una violencia que ya ha estallado. Su pensamiento dialoga con el legado de otros hombres y mujeres que demostraron, desde circunstancias muy diferentes, que trabajar por la paz no significa permanecer pasivo ante la injusticia.

Otros, antes que él, también defendieron la dignidad humana. Martin Luther King Jr. hizo de la acción no violenta una herramienta para reclamar dignidad y derechos civiles. Nelson Mandela llegó a representar, después de décadas de apartheid y encarcelamiento, la posibilidad de mirar hacia la reconciliación en lugar de construir el futuro exclusivamente sobre las heridas del pasado. Rigoberta Menchú Tum, Premio Nobel de la Paz en 1992, convirtió la defensa de los pueblos indígenas, los derechos humanos y la reconciliación etnocultural en una causa internacional. Y Wangari Maathai, Nobel de la Paz en 2004, amplió nuestra comprensión de la propia paz al vincularla con el desarrollo sostenible, la democracia, los derechos de las mujeres y la protección de nuestro entorno.

Sus trayectorias fueron distintas. También lo fueron sus contextos y sus métodos. Pero existe un hilo que los une: ninguno entendió la paz simplemente como la ausencia momentánea de disparos. Y quizá esa sea una de las grandes lecciones que debemos recuperar hoy.

Porque mientras celebramos el Día Internacional de la Paz, las cifras obligan a interrogarnos. El Stockholm International Peace Research Institute (SIPRI) calcula que el gasto militar mundial alcanzó 2,887 billones de dólares estadounidenses en 2025, después de once años consecutivos de crecimiento. Es la cifra mundial más elevada registrada por SIPRI.

No se trata de ignorar las legítimas necesidades de seguridad de los Estados. Se trata de comprender que prevenir también es seguridad. Educar es seguridad. Mediar antes de que estalle un conflicto es seguridad. Reducir el odio y la exclusión es seguridad. Dar oportunidades a un joven antes de que la violencia encuentre espacio en su desesperanza también es construir seguridad.

Por eso la humanidad necesita pasar de las declaraciones a una auténtica arquitectura preventiva de paz. El primer gran proyecto debe comenzar en las aulas. La UNESCO adoptó en 2023 la Recomendación sobre Educación para la Paz, los Derechos Humanos y el Desarrollo Sostenible, que propone integrar la paz, los derechos humanos, la ciudadanía mundial y el desarrollo sostenible en los sistemas educativos. No como una asignatura decorativa, sino como conocimientos, competencias, valores y comportamientos que acompañen a una persona durante toda su vida.

Necesitamos que los niños aprendan matemáticas, ciencias, idiomas y tecnología. Pero también necesitan aprender a convivir con quien piensa diferente, reconocer la desinformación, resolver desacuerdos sin violencia, escuchar, argumentar sin destruir al adversario y comprender que ningún ser humano pierde su dignidad porque tenga otra nacionalidad, cultura, religión o manera de mirar el mundo.

El segundo gran proyecto debe ser invertir en prevención. Naciones Unidas, a través del Pact for the Future, aprobado en 2024, ha vuelto a situar entre las prioridades internacionales la diplomacia preventiva, la mediación, la solución pacífica de controversias, la financiación de la construcción de paz y la actuación frente a factores como el racismo, la intolerancia, la desinformación y los flujos ilícitos de armas.

El tercero debe incorporar plenamente a jóvenes, mujeres, universidades, científicos, educadores, artistas y sociedad civil. La paz no puede continuar siendo una conversación exclusiva entre quienes llegan a una mesa cuando todo lo demás ha fracasado. Necesitamos laboratorios universitarios de paz, redes juveniles de mediadores, programas comunitarios de convivencia, proyectos culturales transfronterizos y centros capaces de utilizar la ciencia y también la inteligencia artificial para detectar riesgos, combatir discursos de odio y favorecer el conocimiento entre sociedades.

Necesitamos igualmente una paz medioambiental. Wangari Maathai entendió algo que hoy resulta imposible ignorar: proteger la tierra, el agua, los recursos y las condiciones dignas de existencia también puede prevenir conflictos. La paz del siglo XXI tendrá necesariamente una dimensión climática y una dimensión social.

Santo Domingo y una oportunidad para construir paz

Y aquí República Dominicana puede tener algo importante que decir.

En noviembre de 2025, Santo Domingo reunió a delegaciones de América Latina y el Caribe, universidades, docentes, jóvenes y organizaciones sociales en un encuentro convocado por la UNESCO y el Ministerio de Educación dominicano para avanzar en la aplicación regional de la Recomendación sobre Educación para la Paz. De allí surgieron las bases de una Hoja de Ruta de Santo Domingo, con propuestas en educación transformadora, formación docente, convivencia, derechos humanos, sostenibilidad y cooperación regional.

No debería quedarse en un encuentro celebrado y archivado. Podría convertirse en un verdadero laboratorio caribeño de educación para la paz: escuelas que formen mediadores entre sus propios estudiantes; universidades conectadas mediante proyectos de investigación; profesores preparados para prevenir discriminación y violencia; programas de alfabetización digital contra el odio; encuentros entre jóvenes del Caribe, América Latina y otras regiones; arte, patrimonio, ciencia y tecnología puestos al servicio de la convivencia. Eso sería invertir realmente en paz.

Federico Mayor Zaragoza defendió durante años el tránsito de una cultura de imposición y violencia hacia una cultura de diálogo y paz. Martin Luther King demostró el poder transformador de la no violencia. Mandela enseñó la enorme dificultad y, al mismo tiempo, la necesidad de la reconciliación. Rigoberta Menchú recordó que no puede haber paz sostenible sin dignidad y derechos. Wangari Maathai añadió algo fundamental: tampoco puede haberla destruyendo el lugar en el que todos debemos vivir.

Nos toca continuar.

Quizá el gran error haya sido esperar demasiado tiempo que la paz llegara sola. La paz no llega. La paz se educa, se negocia, se financia, se protege, se aprende y se construye. Se construye en Naciones Unidas, pero también en una escuela de Santo Domingo, en San Juan de Puerto Rico, en Managua, en Tokio, en Toledo, España. En una universidad. En una familia. En una frontera. En un medio de comunicación. En la decisión de un gobernante de sentarse a conversar. Y también en la decisión aparentemente insignificante de una persona de no convertir al diferente en enemigo.

Federico Mayor Zaragoza pasó buena parte de su vida defendiendo la fuerza de la palabra. En este 21 de septiembre, quizá el mejor homenaje que podemos hacerle no sea recordarlo únicamente. Es demostrar que todavía somos capaces de escucharlo.

Porque el futuro no necesita más generaciones que aprendan a sobrevivir a las guerras. Necesita una generación suficientemente valiente para aprender, por fin, a prevenirlas.

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Maylene Cotto Andino
Maylene Cotto Andino
La Dra. Maylene Cotto Andino es académica, investigadora, escritora y profesora de la Universidad de Castilla-La Mancha, en Toledo, España. Graduada de la Universidad de Puerto Rico, realizó estudios de máster y doctorado en España y fue becaria Fulbright durante tres años consecutivos. Está vinculada a la Cátedra UNESCO 1447: Sociedad y Patrimonio y desarrolla una trayectoria dedicada a la educación, las humanidades, el patrimonio cultural, los derechos humanos y la cultura de paz.

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