Por Carlos Diaz -Picasso-.
Santo Domingo Este atraviesa uno de los procesos de transformación urbana más importantes de su historia reciente. Nuevas inversiones, modernos proyectos residenciales y un creciente desarrollo vertical están cambiando la imagen de numerosos sectores del municipio, una realidad que considero positiva y necesaria para una ciudad que aspira a seguir creciendo.
Precisamente con esa visión de futuro, en el año 2017 el Concejo de Regidores de Santo Domingo Este aprobó modificaciones a las normas urbanísticas vigentes, permitiendo aumentar las alturas máximas en diferentes zonas del municipio. Entre los cambios más significativos figuraron aumentos de aproximadamente seis a quince niveles en el Ensanche Ozama, de doce a veinticinco niveles en Alma Rosa y autorizaciones de hasta veinte niveles en corredores como la Autopista de San Isidro y la Avenida Ecológica, mientras que en la Avenida España se contemplaron edificaciones de hasta cincuenta niveles.
A mi juicio, aquella decisión fue correcta. Las ciudades no pueden permanecer congeladas en el tiempo. La población crece, las necesidades cambian y las inversiones buscan espacios donde desarrollarse. Santo Domingo Este necesitaba abrirse al progreso, atraer capitales y crear las condiciones para impulsar su crecimiento económico y urbano.
Sin embargo, también entiendo que debemos tener cuidado de no confundir libertad con libertinaje.
Una cosa es promover el desarrollo y otra muy distinta es actuar como si las normas existieran únicamente para algunos. Las reglas urbanísticas fueron creadas para garantizar un crecimiento ordenado, equilibrado y compatible con la realidad de cada sector. No fueron diseñadas para adornar archivos ni para ser ignoradas cuando resulten incómodas.

Por esa razón llama la atención que años después aparezcan aprobaciones específicas que superan las referencias normativas que fueron establecidas para determinados sectores. Si Alma Rosa fue colocada dentro de un marco de hasta veinticinco niveles, resulta legítimo preguntarse bajo cuáles criterios se autoriza posteriormente una torre de treinta y ocho niveles. Formular esa pregunta no constituye un ataque al desarrollo. Todo lo contrario. Es una defensa del orden urbano y del derecho de los ciudadanos a conocer cómo se toman las decisiones que impactan el futuro de su municipio.
Como presidente del Proyecto Avanza Santo Domingo Este (PASDE), no me opongo a las torres, no me opongo a las inversiones y tampoco me opongo al crecimiento vertical. Lo que sí considero es que el desarrollo debe convivir con las normas establecidas y con los residentes del municipio.
Cuando una ciudad comienza a crecer sin planificación, los problemas no tardan en aparecer. Basta observar lo ocurrido en el Distrito Nacional durante las últimas dos décadas. Nadie puede negar que allí hubo desarrollo, inversiones y modernización. Pero tampoco nadie puede negar los problemas que hoy forman parte de la vida cotidiana de sus ciudadanos.
Hoy el Distrito Nacional ha llegado a un nivel de vulnerabilidad tal que prácticamente desde que el cielo se nubla el COE coloca la ciudad en alerta. Escuelas despachan estudiantes, instituciones públicas envían personal a sus hogares, empresas privadas reorganizan horarios y miles de ciudadanos intentan adelantarse al caos que suele producir una simple jornada de lluvias.
Los tapones interminables, la escasez de parqueos, las inundaciones urbanas, la presión sobre los servicios públicos, la contaminación acústica y el deterioro de la calidad de vida no aparecieron de la noche a la mañana. Son el resultado de decisiones acumuladas durante años.
Precisamente por eso considero que Santo Domingo Este debe mirarse en ese espejo. No para rechazar el desarrollo. No para espantar las inversiones. No para cerrar las puertas al progreso.
Todo lo contrario.
Debemos aprender de las experiencias ajenas para evitar cometer los mismos errores. Los problemas urbanísticos también se heredan. Las decisiones que se toman hoy pueden afectar la vida de miles de familias durante los próximos veinte o treinta años.
Por eso entiendo que el debate no debe centrarse únicamente en cuántas torres se construyen o qué tan alto puede llegar un edificio. La verdadera discusión debe ser si el municipio está creciendo de manera organizada, respetando sus propias normas y preparándose para absorber las nuevas demandas que inevitablemente acompañan el crecimiento.
El desarrollo verdadero no se mide solamente por la cantidad de concreto que se levanta. También se mide por la calidad de vida de quienes habitan la ciudad.
Todavía estamos a tiempo de hacer las cosas bien.
Todavía estamos a tiempo de crecer sin repetir errores.
Todavía estamos a tiempo de construir un Santo Domingo Este moderno, dinámico y atractivo para la inversión, pero también ordenado, sostenible y respetuoso de sus propias reglas.
Porque la diferencia entre desarrollo y libertinaje no está en la cantidad de torres que se construyen, sino en el respeto que se tenga por las normas que fueron creadas para proteger el futuro de la ciudad.
El autor es doctor en odontologia, presidente del PASDE, politico, lider comunitario, dirigente deportivo y gestor cultural.

