Manuel del Cabral: una carta para la historia

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Por: Homero Luciano

​La historia de la diplomacia dominicana recoge momentos de trascendencia y testimonios de integridad inquebrantable. Este 18 de mayo, al cumplirse 61 años de una carta memorable que enviara el escritor y diplomático Manuel del Cabral al presidente chileno Eduardo Frei Montalva, es oportuno analizar este documento, no solo como un acto político, sino como la culminación de una postura ética, frente al poder y la soberanía.​

La relación de Manuel del Cabral con el servicio exterior en Chile estuvo marcada por la legitimidad democrática. En 1963, tras el ascenso de Juan Bosch a la presidencia, el laureado poeta fue designado ministro Encargado de Negocios en Santiago de Chile. Sin embargo, el destino democrático dominicano fue truncado por el golpe de Estado militar el 25 de septiembre de ese mismo año.

Fiel a sus convicciones y al mandato de quien le nombró, Del Cabral no dudó: renunció a su cargo en protesta contra el derrocamiento de Bosch. Por ello, cuando escribe a Frei Montalva en mayo de 1965, lo hace con la autoridad moral de un diplomático que prefirió la incertidumbre del retiro intempestivo, antes que servir a un régimen de facto.​

La carta de Del Cabral tuvo un detonante preciso como se puede leer en este fragmento: "Después del histórico gesto con que usted puso tan alto el nombre de Chile, salvando a la vez la dignidad latinoamericana, al pedir ante la ya deteriorada Organización de Estados Americanos el retiro inmediato de las tropas intervencionistas de los Estados Unidos, me permito pedirle en nombre de mi pueblo destrozado, violado y heroico, el segundo y complementario gesto que esperamos del gran presidente chileno, y es el que corresponde al impostergable y justiciero reconocimiento que el pueblo dominicano espera también de los demás países del mundo, pero especialmente de Chile, hacia el Gobierno constitucional del coronel Caamaño".​

Días antes del envió de la misiva, el presidente Frei Montalva (a quien los dominicanos deben eterna gratitud), en un gesto de autonomía frente a la política exterior de Washington, y en franca solidaridad con el pueblo dominicano proclamó: "Pueden ganar una isla, pero perderán un continente”. Esta frase lapidaria -recogida en la obra homónima del escritor chileno Hugo Harvey Valdés (2025)- desnudaba la miopía estratégica y la injusticia de la intervención, fue un motivó al poeta para romper su silencio desde el suelo de Chile.

En su misiva, Manuel del Cabral no solo agradecía esa valentía del presidente Frei, sino que le solicitaba el reconocimiento oficial al gobierno constitucionalista en armas, encabezado por el coronel Francisco Alberto Caamaño.​ Este episodio histórico es el eje central de su poemario “La isla ofendida” (Impresora Horizonte-Chile 1965). En esta obra, Cabral inserta esa carta junto a otra al presidente Lyndon B. Johnson, como un documento testimonial, fundiendo la realidad documental con la fuerza de los versos que conforman un grito por la patria.

El libro es una descarga de patriotismo que cohabita en espacio y tiempo con el "Versainograma a Santo Domingo" de Pablo Neruda. Ambos, al unísono, denunciaban la traición desde la poesía pura, al sentir la traición de cerca coinciden en el mismo tenor para la repulsa absoluta a la bota extranjera y la exaltación del honor dominicano.

A seis décadas de aquel gesto patriótico, la figura de Manuel del Cabral se agiganta. Su carta histórica nos recuerda que la verdadera representación de un país no reside en un nombramiento vigente, sino en la defensa de sus valores más sagrados. Cabral, quien al decir de Gabriela Mistral es “uno de los mayores poetas de nuestra América” deja en esta carta un testimonio de patriotismo inconmensurable. Nos enseñó que cuando la patria es mancillada, la palabra es también, un arma libertadora.

 

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