Hablemos en Familia
La violencia entre niños y adolescentes preocupa cada vez más a las familias, las escuelas y a la sociedad dominicana. Cuando ocurre una pelea en un centro educativo, aparece una agresión grabada con un teléfono o un estudiante amenaza a otro, inmediatamente comenzamos a preguntarnos qué está pasando con nuestros jóvenes. Sin embargo, quizás antes de mirar hacia la escuela debamos mirar hacia nuestros propios hogares.
Recientemente, el Consejo Nacional de Educación aprobó fortalecer las políticas y protocolos destinados a prevenir la violencia de género, intrafamiliar y sexual desde los centros educativos. Entre los planteamientos realizados aparece una expresión particularmente importante: convertir la escuela en un espacio donde nuestros niños y adolescentes puedan “desaprender la violencia”.
La expresión obliga a formular una pregunta todavía más profunda: si nuestros hijos necesitan desaprender la violencia, ¿dónde y cómo la aprendieron?
No existe una única respuesta. Los niños reciben influencias de la familia, la escuela, los amigos, las redes sociales, los videojuegos, la música y el entorno donde se desarrollan. Sería injusto responsabilizar exclusivamente a los padres de cada comportamiento violento de sus hijos. Pero tampoco podemos ignorar que el hogar constituye uno de los primeros espacios donde un niño aprende cómo relacionarse con los demás.
Y la violencia no comienza necesariamente con un golpe.
Un niño observa cuando los adultos gritan para hacerse escuchar. Escucha los insultos durante una discusión. Aprende cuando uno de sus padres humilla al otro. Percibe las amenazas, el desprecio y las palabras utilizadas para destruir emocionalmente a otra persona. También observa cómo reaccionamos cuando alguien nos contradice, cuando perdemos la paciencia o cuando las cosas no salen como queremos.
Después podemos decirle: “No pelees”, “respeta a tus compañeros” o “los problemas se resuelven hablando”. Pero nuestras palabras tendrán poco valor si durante años le hemos mostrado exactamente lo contrario.
Educar no significa dejar de corregir
Hablar contra la violencia dentro del hogar tampoco significa renunciar a la autoridad de los padres.
Los hijos necesitan límites. Necesitan reglas, responsabilidades y consecuencias cuando incumplen determinadas normas. Educar implica corregir comportamientos y enseñar que nuestros actos tienen consecuencias.
La diferencia está en cómo corregimos.
Existe una enorme distancia entre ejercer autoridad y utilizar el miedo como instrumento permanente de crianza. Podemos exigir respeto sin humillar. Podemos establecer consecuencias sin destruir la autoestima. Podemos expresar nuestro enojo sin convertirlo en una agresión.
La autoridad no debería depender de quién grita más fuerte.
También debemos enseñar algo que muchas veces olvidamos: estar en desacuerdo no significa estar enfrentados. Dos personas pueden pensar diferente sin insultarse, amenazarse o golpearse. Esa enseñanza comienza cuando nuestros hijos observan cómo los adultos resolvemos nuestras propias diferencias.
La escuela no puede hacerlo sola
El fortalecimiento de la orientación y la atención psicológica dentro de los centros educativos constituye una herramienta importante. El Ministerio de Educación también ha anunciado medidas para aumentar la presencia de psicólogos y orientadores en las escuelas públicas, reduciendo la cantidad de estudiantes que debe atender cada profesional.
Es necesario.
Pero podemos llenar las escuelas de psicólogos, crear protocolos, impartir talleres y desarrollar campañas contra la violencia; aun así, ninguna de esas medidas podrá sustituir completamente la educación cotidiana que recibe un niño dentro de su hogar.
Familia y escuela no pueden caminar en direcciones contrarias.
Si en la escuela enseñamos tolerancia mientras en casa practicamos intolerancia, tendremos una contradicción. Si exigimos respeto a los maestros mientras nuestros hijos nos escuchan descalificarlos constantemente, también existe una contradicción. Si pedimos que no recurran a la violencia, pero nuestras propias diferencias familiares terminan siempre entre gritos y amenazas, estamos enviando dos mensajes distintos.
Y generalmente los niños aprenden más de aquello que ven repetidamente que de aquello que ocasionalmente les decimos.
También nosotros podemos desaprender
Hay otro aspecto que merece ser reconocido: los adultos tampoco tenemos todas las respuestas.
Muchos padres educan de acuerdo con lo que aprendieron de sus propios padres. Algunas formas de crianza se transmiten durante generaciones sin que nos detengamos a preguntarnos si todavía son correctas. “A mí me criaron así” se convierte entonces en la explicación para continuar determinadas conductas.
Pero haber recibido una determinada educación no nos obliga a repetirla.
También los adultos podemos desaprender.
Podemos aprender a controlar una reacción antes de convertirla en agresión. Podemos reconocer delante de nuestros hijos cuando nos equivocamos. Podemos pedir perdón. Podemos demostrarles que rectificar no disminuye nuestra autoridad y que expresar sentimientos tampoco nos hace débiles.
Sobre todo, podemos enseñarles que ningún conflicto necesita terminar destruyendo al otro.
La preocupación por la violencia en las escuelas dominicanas es legítima y las instituciones tienen responsabilidades que cumplir. Pero sería demasiado cómodo entregar completamente ese problema a maestros, orientadores, psicólogos y autoridades educativas.
La familia también tiene que mirarse por dentro.
Porque antes de preguntarnos por qué nuestros hijos reaccionan violentamente, quizás debamos hacernos una pregunta mucho más difícil:
¿Qué han aprendido de nosotros cuando estamos enojados?

