Por Víctor Manuel Grimaldi Céspedes
Las reacciones a un video sobre mi trabajo como promotor social en La Zurza, en 1967, han traído de vuelta los recuerdos de una experiencia compartida.
Casi sesenta años después, antiguos compañeros reconocen en aquellas imágenes una etapa de sus propias vidas: los años en que aprendimos a trabajar con las comunidades y a entender sus necesidades.
Fernando Arturo Santana escribió que tuvo “la suerte y el gran honor de ser parte de ese equipo”. Recordó la construcción de escuelas, la alfabetización, el agua llevada por tuberías a sectores que la esperaban y la incorporación de jóvenes al trabajo por sus barrios. Su comentario concluyó con un reconocimiento al hermano lasallista Miguel Domínguez, forjador y guía del Instituto de Promoción Social (IPS).

Nelfi Andrés Gil evocó nuestros recuerdos de Villa Mella y del IPS.
Arialdys Vásquez me dirigió unas palabras que agradezco: “Esa es su grandeza. Bendiciones, don Víctor”.
Recibo esos afectos pensando en todos los que participaron en aquella labor. Fue una obra colectiva, sostenida por educadores, promotores y vecinos.
Mi preparación comenzó en 1966, en el Cuarto Cursillo de Formación Social del Instituto de Promoción Social. Tenía dieciséis años.
El certificado, fechado el 20 de noviembre de aquel año, recoge la calificación de “Excelente”.
Pero el significado de esa formación iba mucho más allá de una nota: nos preparaba para conocer la realidad de las comunidades y trabajar junto a ellas.
Un recorte de prensa del Listín Diario que conservo, titulado “Gradúan a 22 Jóvenes Promotores Sociales”, documenta aquella jornada. La noticia señala que hablé para agradecer a los profesores y demás miembros del IPS su dedicación y entusiasmo.
El arzobispo coadjutor de Santo Domingo, monseñor Hugo Polanco Brito, entregó los diplomas, y el profesor Georgilio Mella Chavier exhortó a los egresados a perseverar en un camino que sabíamos difícil.

En 1967 trabajé en La Zurza, Cristo Rey y Capotillo.
Residí durante meses en La Zurza y participé en la promoción de su primera red de agua potable; después trabajé en un proyecto semejante en El Caliche, Cristo Rey.
Me trasladaba en una Honda P-50. Aquella pequeña motocicleta forma parte de mis recuerdos de una juventud dedicada a recorrer barrios, conversar con sus habitantes y acompañar esfuerzos comunitarios.
El agua era una necesidad concreta. Conseguirla exigía organización, acuerdos, gestiones y trabajo.
El promotor debía escuchar, ayudar a identificar prioridades y estimular la participación de los propios pobladores.
Las obras adquirían un sentido más profundo cuando la comunidad reconocía en ellas el resultado de su esfuerzo.
Esa concepción aparece en mis escritos de entonces publicados en el suplemento sabatino del Listín Diario.
En el reportaje “Comunidad de Santa Teresa en nuevo movimiento”, firmado por mí en la sección “Comunidades que progresan — Hombres en marcha”, describí las dificultades de una iniciativa comunitaria: el entusiasmo inicial, la espera, el desaliento y la dispersión de quienes habían comenzado a trabajar juntos.
También relaté su recuperación. Un nuevo comité, fundado el 21 de enero de 1967, había logrado la electricidad y se proponía conseguir el agua y un centro social.
El reportaje destacaba la labor de Rafael Guzmán y de los vecinos que retomaron la organización. La experiencia enseñaba que la continuidad requería planificación, confianza y una comprensión de las capacidades de la comunidad.

Dos años después escribí “El Instituto de Promoción Social”, publicado en la revista ¡AHORA!, número 316, del 1 de diciembre de 1969.
El artículo recogía el cambio de dirección del IPS: el hermano Miguel Efraín Domínguez entregaba la responsabilidad al profesor Georgilio Mella Chavier.
Una de sus declaraciones expresaba con claridad el sentido de su misión: “Me voy porque el papel de un promotor es el de promover y dejar un grupo preparado”.
Había en esas palabras una lección sobre el servicio. El fruto del trabajo debía permanecer en las personas formadas, en su capacidad de organizarse y de continuar.
El mismo artículo recogía la filosofía de los promotores: “Lo importante no es que el hombre posea más, sino que sea más persona cada día”.
El hermano Miguel había unido su vida al pueblo dominicano.
En aquel reportaje reproduje las expresiones con que explicó su compromiso al adquirir la nacionalidad dominicana: “Porque hay miseria, me hago dominicano”; “Porque hay dificultades, me hago dominicano”; “Porque hay que luchar, me hago dominicano”.
Hoy, al releer esos recortes y los comentarios de mis compañeros, encuentro una continuidad entre las palabras y las acciones.
La formación, las reuniones, las tuberías y los centros sociales pertenecían a un mismo propósito: que las personas pudieran vivir con dignidad y participar en la transformación de su entorno.

Las reacciones al video tienen para mí ese valor.
Son recuerdos que se encuentran y se completan. Fernando Arturo Santana aporta la voz de quien estuvo allí; Nelfi Andrés Gil devuelve a la conversación los años de formación y compañerismo.
Los documentos conservan nombres y palabras que el tiempo no debe borrar.
Aquel joven que recorría los barrios en una Honda P-50 aprendió una lección que todavía lo acompaña: servir empieza por acercarse a las personas, escuchar sus necesidades y trabajar con ellas.
La Zurza fue una de las primeras escuelas de mi vida.

