Por: María Hernández
Ver caminar a personas en horas de la madrugada por los laterales del puente Juan Pablo Duarte y, no tan frecuentemente, por el Juan Bosch pone a la gente a pensar que hay mucha necesidad de dinero en la República Dominicana, lo que obliga a muchos ciudadanos a cruzar los puentes a pie.
Aunque, como señalan algunos en los medios de comunicación y en las redes sociales, es preferible observar a los indigentes caminar derechos por las calles de nuestro país y no doblados como los que deambulan por diversos estados de Nueva York y otras áreas de Estados Unidos.
Los de nuestro país, a diferencia de unos pocos, tienen necesidades reales de falta de alimentación, salud y techo, principalmente.
Sin embargo, no hay una sola institución del Estado que tenga dentro de sus políticas públicas levantar a esos dormidos por el hambre y las sustancias alucinógenas, en otros casos, y ofrecerles la oportunidad de reinsertarse en la sociedad.
Alcaldes, gobernadores, legisladores, regidores y otras autoridades, así como la población en general, les pasan por el lado a los sin esperanza y no les ofrecen una mano que los ayude a levantarse.
No son todos enfermos mentales, aunque les veamos sacar aparente basura de los zafacones para alimentarse o quemar alambre para subsistir.
Solo les han dejado la parte baja de los elevados, los parques, aceras cerca de plazas, cuevas, entre otros lugares, para protegerse del sol y la lluvia.
Hay zonas en donde se juntan varios a compartir su día a día como cualquier otro ciudadano dominicano o extranjero de los muchos que viven en la República Dominicana en esa condición.
Instituciones como la iglesia San Pío X, en la Ciudad Colonial, mantienen la tradición de ofrecer una comida al día a los desamparados que frecuentan esa zona, en especial en horas de la tarde. También la Casa de la Juventud, en ese sector, acoge a los jóvenes indigentes que se mantienen por el lugar.
Mientras, en el barrio Chino también frecuentan muchos jóvenes desorientados a los que muchas veces les coge la hora en el suelo y, al mediodía, se les ve tirados con la cara pálida, la boca abierta y los ojos entrecerrados, a los que hay que detenerse y mirarlos bien para observar si siguen respirando.
El escenario que utilizan otros tipos de indigentes son las calles, con el oficio de limpiavidrios. Algunos que los conocen dicen que se levantan de dormir en las calles a buscar el día a día limpiando los vidrios de los carros.

El Metro, tanto el de la avenida San Vicente de Paúl como el del kilómetro 9 de la autopista Duarte, mantiene en sus alrededores a personas con diferentes problemas de salud que las han llevado a caer en la indigencia y a pedir ayuda para poder subsistir.
En la actualidad, unas 262,844 personas se encuentran en pobreza extrema y representan el 2.2 % y el 2.46 % de la población, de acuerdo con datos del Banco Central en su portal.
La región Ozama, dentro del Gran Santo Domingo, es donde se concentra el mayor cúmulo de estas personas de gran vulnerabilidad social y de pobreza en todo el país.
Instituciones como Acción Callejera, de Santiago, han denunciado la situación de niños y mujeres que viven en las calles y han presentado documentación sobre un incremento de menores de edad haitianos que duermen en las calles o realizan actividades de mendicidad o ventas de tipo informal en los semáforos, plazas y parques, tanto de Santo Domingo como de Santiago.
Según datos recientes, la gran mayoría de la población indigente crónica en las calles, sobre todo de la capital, está formada por ciudadanos de nuestro país que están afectados por problemas de salud mental, adicciones y abandono de sus familias.
En el caso de los extranjeros indocumentados que terminan en situación de indigencia o de mendicidad en las vías públicas, pasan por procesos de detención y también de repatriación por organismos como la Dirección General de Migración.
Esperamos que la sensibilidad toque a la actual gestión y se implementen planes, a través de las alcaldías, los ministerios de Salud Pública, de la Mujer y de la Juventud, entre otros, que saquen de nuestras calles a los desesperanzados ciudadanos a los que las circunstancias no les han dejado otra forma de sobrevivir ante el abandono de sus familias y de la sociedad.

