POR JUAN CRUZ TRIFFOLIO
Sociólogo – Comunicador Dominicano
En la llamada patria de Juan Pablo Duarte algo se rompió.
La sociedad dominicana, que por décadas se definió por su calidez y solidaridad, hoy parece moverse en un ecosistema de tensión y presión permanente.
La sensibilidad humana luce extinguida.
La empatía, desplazada y en su lugar, la violencia se instaló como un huésped incómodo al que ya no expulsamos, aunque sepamos sus fatales consecuencias.
Subsistimos en el imperio de lo grotesco.
Lo colectivo ha sido virado.
Ya no se debate sobre las ideas ni se trasciende por el aporte.
Ahora el interés público orbita alrededor de lo banal y lo grotesco.
El escándalo, el morbo y el espectáculo se convirtieron en la nueva moneda de cambio para "ser alguien".
Lo que ayer implicaba validez moral, hoy fue sustituido por un mandato sin nombre: aparentar, viralizar, sobresalir a cualquier costo.
No se advierte que cada like comprado con indignidad deja una factura social que pagamos todos.
Frente a la descomposición, emerge una respuesta evasiva, una especie de negación festiva, salpicada de irresponsabilidad, cada vez más común: "Todo está bien, todo está night".
Es la frase escudo de un sector reducido pero ruidoso, integrado por hedonistas para quienes las perversidades, las mediocridades y la prepotencia del día a día no merecen ni un comentario.
Para ellos, señalar que vamos por mal camino es "anacrónico".
Viven, dicen, en otro mundo.
En un universo de libertinaje sin límites, donde prevalece la anomia: la ausencia de normas, de culpa, de pudor.
Subsisten en una realidad social donde nada importa y, por tanto, poco preocupa.
No leen los diarios y si los consultan, no se sonrojan.
Los titulares de sangre, corrupción o abuso pasan como transcurren “los memes”: con un desliz del dedo.
Y que conste, el problema no es sólo la violencia.
Es la anestesia.
Es haber convertido la indignación en cansancio y el cansancio en aceptación.
Cuando una sociedad abandona la lectura, la fraternidad y el decoro, también rechaza la oportunidad de reformarse.
Y cuando celebra la mediocridad como estilo de vida, termina premiando lo peor de sí misma.
Quedan, sin embargo, quienes se niegan a normalizar.
Quienes insisten en que analizar, estudiar y comprender los hechos es un acto de responsabilidad ciudadana.
No por nostalgia, sino por futuro.
Decir "está night" es más fácil que enfrentar el espejo.
Pero los países no se construyen y avanzan con la indiferencia.
La interrogante que queda flotando en las calles, en las redes y en las casas no es si "todo está bien".
La pregunta es: ¿Qué país estamos dispuestos a tolerar… y cuál estamos en disposición de construir?
Finalmente vale decir, a manera de observación que, estos párrafos se escriben desde la preocupación, no desde la condena porque nombrar la crisis es el primer paso para transformarla.
¿Se entendió…?

