Por An Anka
«Para vivir en el amor basta que un alma nos sonría».
Abraham Valdelomar
Un hombre tiene la posibilidad de elegir, y es precisamente esa elección lo que le convierte en hombre.
Nunca ha sido fácil convivir con la familia y cuán poco han cambiado los conflictos familiares del siglo pasado a esta época, y actualmente estamos dinamitados por el entorno sociocultural y la incapacidad de responder.
Se reprime desde el vientre materno y las familias son casi siempre las que perciben el «vaso medio vacío» y, con ellas, nos tocará dialogar, lidiar o someternos por infinitos motivos y necesidades.
La pasamos sin dialogar, confrontar y actuamos como las tortugas, que encogen el cuello y meten la cabeza, las patas y la cola por completo dentro de su fuerte caparazón, y supuestamente creemos, al protegernos con el «metro cuadrado», estar inmunes al espacio exterior y global.
La casa es el laboratorio donde se generan «las mil y una violencias» y preferimos, en forma inconsciente, olvidar, «borrar». Nada del ser humano nos es ajeno, somos de la misma especie; todas y todos sentimos y preferimos simular, anestesiar el dolor, el amor y salir con la «carita feliz» a la selva de neón o tierra desalmada.
Es terrible no satisfacer las expectativas de la madre y del padre y cargar con eternas culpas, y muchos son incapaces de verles a los ojos por miedo, vergüenza, y si son más atrevidos, les confrontan, exigen de diversas formas su atención, miradas con un poco de amor, comprensión; pero la realidad es que viven resentidos y siguen con sus vidas del «todo bien» o, peor, con la depresión sonriente, «pa’lante». ¿Por qué y para qué continuar el camino de la existencia?
En las madrugadas del mes de octubre gocé de las «nubes azuladas» del espectáculo estelar de las Siete Hermanas Pléyades, la supergigante roja anaranjada de Antares, las lluvias de estrellas Oriónidas, Dracónidas, Cástor y Pólux, que me producen un sosiego indescriptible al sonido estelar del vacío; sería incomprensible escucharles, primero por las explicaciones científicas y físicas; pero siento sus vibraciones, luces, «escucho» con los ojos cerrados la sinfonía infinita tan parecida al coro, canto de las ballenas, que me adentra al paisaje submarino y/o cosmogónico.
Recuerdo mi época juvenil con las lecturas del sabio Hermes Trismegisto que decía: «Como es arriba, es abajo», del micro y macrocosmos, de la alquimia mental…
Al prender la televisión escucho una voz humana que me provoca ver y es ese rostro melancólico del joven James Byron Dean Wilson, de 24 años, el mítico de Rebelde sin causa y, no hay caso; amanecimos.
En su meteórico paso por Hollywood hizo seis películas y solo estuvo en el estreno de East of Eden, un mes antes de fallecer en un trágico accidente, el 30 de septiembre de 1955, al estrellar su Porsche 550 «Little Bastard».
Al ronroneo de mi amado Ninaroh, con el regalo de las diosas y dioses suspiro en la cortita vida, abierta al ritornello de Chopin y repienso al siempre regreso de la Noche madre, es toda una prosa poética la película y su actuación es la cumbre celestial de un ángel caído, todavía me duelen sus ojos, llanto e impotencia que sintió en vida cortísima y la poesía sopla mis oídos:
«Esta rosa fue testigo de ese/ que sin amor no fue, /ningún otro amor sería./Esta rosa fue testigo/de cuando te diste mía!/ El día, ya lo sé —si lo sé, mas no lo digo— esta rosa fue testigo» (León de Greiff).
En estas madrugadas amantes de octubre, en impetuosa compañía de un actor irascible, introvertido, tosco, melancólico que encarna al actor Cal Krast, gemelo de Aron en la película East of Eden, me llama a insistir en la importancia del pilar básico de la primera infancia, pubertad y adolescencia, y más ahora en estos tiempos con la nueva categoría en psicología evolutiva de la postadolescencia —jóvenes de edad cronológica hasta 25 años— que son inmaduros emocionalmente.
El actor James Dean tuvo una infancia y adolescencia dolorosa y triste al perder a su madre a los nueve años. Era del condado de Marion, Indiana, muy apegado a su mamá y casi siempre repetía en las pocas entrevistas del origen indígena americano de su mamá y su padre colonizador. Al quedar viudo, envió de Texas a Indiana a vivir con las tías paternas.
Se distancia de la familia y en especial del padre porque abandona la carrera de Derecho y regresa a Texas a estudiar teatro, hace comerciales sencillos para la televisión y se muda a Nueva York.
Es «descubierto» por el cazador de estrellas Elia Kazan, y de allí el firmamento le pertenece al sufrir una muerte prematura, es leyenda, mito. Era un gran deportista y soñaba con las carreras automovilísticas de Indianápolis y muere cuando iba a una competencia de carros; según las teorías conspirativas, investigaciones documentadas, se suicidó chocando de frente contra el carro Ford…
La tierra siempre arde en guerras, y los años cincuenta, de la posguerra, están marcados por la depresión económica, del vacío espiritual, de búsquedas de identidades, de valor, de la moral y la ética, con traumas «frescos» de la Segunda Guerra Mundial se busca generar cambios y, hasta quizás, con la esperanza de los sesenta con los diálogos, acercamientos de Occidente y Oriente y no, esta neurosis y patología de este siglo inhumano.
Siempre los vencedores y ganadores implantan nuevos paradigmas, los hacen a sus medidas y se «reparten el mundo» y las ciencias y artes no exentas al tufo predador con artistas oficiales y nos engatusan con películas funcionales, vacías de contenido, críticas porque son instrumentos culturales e ideológicos y, en ello eran expertos los alemanes y ahora superados por los norteamericanos.
La película Al este del paraíso es una adaptación del libro del escritor Jhon Steinbeck, premio Nobel, que trabaja entre muchos elementos del relato bíblico de Caín y Abel, con guion de Paul Osborn. Se desarrolla antes de la Primera Guerra Mundial en California —1917—. La familia la conforman un par de gemelos, Cal —James Dean— y Aron —Richard Avalos—, dirigidos por el patriarca Trask —Raymond Massey—, especialista en el estudio de la Biblia, y la novia de Aron es Abra —Julie Harris—, una jovencita muy angelical asaltada por ideas «malignas». La propuesta de la película propone y sugiere el cuidado de la familia y evitar los extremos emocionales, esa deseada balanza psicoemocional.
Se extraña la presencia de la madre y nos enteramos, al avance de la película, que ella abandonó su hogar por no soportar el carácter de un hombre fanático a la Biblia, de estar sometida a los roles de esposa y «ama de casa» y luchó por su libertad a la presión, maltratos del esposo, quien siempre prefirió actuar con la razón fría y calculadora, tenía el prejuicio que era débil de carácter quien se dejaba dominar por la emoción y los sentimientos, tenían que ser rudos y fuertes y estar sujetos al buen comportamiento de la santa Biblia. Ocultó a sus hijos que la madre vivía, y era una madame, empresaria y dueña del burdel «Kate’s Place» en la ciudad costera de Monterrey, California, y toda la familia vivía en el Valle de Salinas y el muchacho Cal iba en tren a buscarla.
Toda causa tiene su efecto, todo efecto tiene su causa. La casualidad no existe. La suerte es solo el nombre que se le da a una ley no reconocida porque desconocemos que estamos interconectados, en movimiento y constante intercambio energético. El maltrato, mentiras y preferencias a un solo hijo al que lo resignifica con el mal, agrede y le causa un tremendo dolor e irreverencia al ser el hijo rechazado —Cal— nunca se cansa de buscarla y logran, luego, mantener una buena comunicación e incluso le ayuda a emprender negocios con el cultivo de frijoles en pleno auge en las guerras, ante la futura escasez alimentaria.
El padre fracasa en el comercio de lechugas y pierde el capital y Cal trata de ayudarlo con las ganancias de los frijoles y organiza con Audra una fiesta sorpresa para el día de su cumpleaños y el regalo sería el dinero invertido; pero es rechazado por mal habido, «a expensas del sufrimiento» de las gentes…
Realmente, nada quiere del hijo malvado, porque se parece a la madre en el carácter libre y materialista y en que lo confronta. Hay unas escenas románticas de una ternura escalofriante al descubrimiento de la atracción de Audra y Cal y se desatan unos monólogos sin desperdicio.
Esta película es profundamente humana y recrea la relación de padre e hijos gemelos que nos enseña a reflexionar en torno a los pensamientos extremos a la razón lógica sin sentimientos, la razón sin ternura nos mata en vida, crea «el sueño de la razón produce monstruos», decía el pintor español Francisco de Goya. Los extremos jamás nos ayudan, más bien arrasan y no se puede rechazar la imaginación o los sueños junto a la razón combinadas son la fuente de la creatividad y el arte, con la pasión e impulsos conforman al ser y actualmente con los avances de la Neurociencia, la neuroplasticidad cerebral nos podríamos entender, sin encasillar con los prejuicios y falsas creencias.
Padres, representantes, profesores o simplemente la familia deberían dejar de señalar a los infantes o niñas y niños entre el bien y el mal, porque esas expectativas condicionan esa ala psíquica invisible de convertirse en personas humanas con todas las incógnitas del vivir. La profecía autocumplida condiciona en una sola creencia de maldad, cuando se le señala de malo o mandinga que les dañan la imagen e identidad, como en la película el joven se cree malo y luego toma estima personal, autoconciencia con la ayuda de la supuesta mala madre malvada y la joven Audra.
Hasta nos deja un final de «película» que provoca repetirla con otras miradas y con un cielo lleno de lluvias de estrellas en compañía amorosa.

