Por: Víctor Manuel Grimaldi Céspedes
El trabajo y la dignidad en la República Dominicana.
Antes de que amanezca, muchas personas ya están en camino. Una trabajadora sale de su casa para limpiar otra. Un obrero espera transporte para llegar a una construcción. Una enfermera termina su turno mientras un empleado de hotel se prepara para comenzar el suyo. Más tarde, un repartidor recorrerá nuestras calles intentando cumplir con la urgencia de quienes esperan comida o una compra.
La República Dominicana despierta cada día sobre ese esfuerzo.
Al pensar en estas vidas recuerdo el título de un libro de Ignace Lepp: Angustias y esperanzas del proletariado. Sus palabras permiten formular una pregunta que sigue pendiente entre nosotros y en otros países de condiciones semejantes: ¿hasta qué punto el trabajo permite construir una vida digna?
El vocabulario ha cambiado. Hablamos de emprendimiento, competitividad, plataformas digitales y productividad. Sin embargo, las preocupaciones de una familia conservan una sencillez implacable: pagar la vivienda, comprar alimentos, costear el transporte, atender una enfermedad y educar a los hijos.
Para quien recibe un ingreso insuficiente o incierto, cada mes exige decisiones difíciles. Una necesidad se posterga para resolver otra. Una reparación doméstica espera. Una compra indispensable se hace a crédito. El futuro queda reducido al próximo pago.
Hay, además, una dimensión del bienestar que pocas veces ocupa el centro de nuestras conversaciones económicas: el tiempo.
Una jornada laboral puede prolongarse mucho más allá de las horas contratadas cuando se suman los desplazamientos y las esperas. Al regresar al hogar todavía quedan tareas de cuidado, comida por preparar y problemas por resolver. El descanso se reduce y la convivencia familiar recibe lo que sobra del día.
Ganarse la vida puede terminar dejando muy poco tiempo para vivirla.
Esta realidad merece estar presente cuando celebramos una nueva inversión, la apertura de un establecimiento o la construcción de una infraestructura. Crear empleos es necesario. También importa conocer las condiciones de esos empleos y las posibilidades que ofrecen a quienes los desempeñan.
El desarrollo debe hacerse perceptible en la mesa familiar, en una vivienda segura, en la atención médica oportuna y en la tranquilidad de llegar al final del mes.
La palabra emprendimiento también requiere cuidado. Hay iniciativas que nacen de una vocación y encuentran oportunidades para crecer. Otras surgen de la necesidad inmediata de obtener algún ingreso. Una persona que vende en la calle o trabaja por cuenta propia puede mostrar una admirable capacidad de esfuerzo y, al mismo tiempo, necesitar protección, financiamiento y estabilidad.
Celebrar su perseverancia no nos libera de examinar sus dificultades.
Algo semejante ocurre con la comodidad que ofrecen los servicios de entrega. Desde un teléfono podemos solicitar que alguien nos lleve una compra. Detrás de esa facilidad hay una persona expuesta al tránsito, al calor, a la lluvia y a la presión del tiempo. Nuestra prisa forma parte de su jornada.
Reconocer esa relación debería hacernos más considerados como consumidores y más exigentes como ciudadanos.
Desde una perspectiva cristiana, la dignidad del trabajador precede al rendimiento que pueda ofrecer. Quien limpia, conduce, cocina, construye o cuida posee un valor propio. Tiene una familia, una historia, necesidades espirituales y derecho al descanso.
Ese principio compromete a empleadores, autoridades y consumidores. Exige remuneraciones justas, condiciones seguras, trato respetuoso y vías efectivas para resolver conflictos. También exige escuchar a quienes rara vez participan en las decisiones que afectan su existencia.
Los trabajadores conocen las dificultades de sus oficios. Su experiencia puede ayudar a mejorar la organización del trabajo y la calidad de los servicios. Escucharlos es reconocer su capacidad de contribuir con algo más que esfuerzo físico o cumplimiento de instrucciones.
Las esperanzas nacen de posibilidades concretas: aprender un oficio, encontrar estabilidad, sostener una familia, emprender con apoyo o envejecer con protección.
La República Dominicana y otros países semejantes deben medir sus avances también por esas oportunidades. La prosperidad adquiere sentido humano cuando alcanza a quienes la hacen posible.
Mañana, antes del amanecer, volverán a comenzar muchas jornadas. Nuestro compromiso debe ser que ese esfuerzo cotidiano permita vivir con dignidad y mirar el porvenir con esperanza.

