Por: María Piña
@mariapinaescritora
Hemos aprendido a hablar mucho más de salud mental, pero todavía nos cuesta reconocer el sufrimiento cuando no responde a la imagen que esperamos de él. Detrás de muchos «estoy bien» continúa existiendo una cultura que premia la fortaleza, cuestiona la vulnerabilidad y convierte el silencio en una manera de sobrevivir.
Queridos lectores:
¿Cuántas veces hemos preguntado «¿cómo estás?» sin esperar realmente una respuesta? Y, quizá más importante, ¿cuántas veces hemos contestado «bien» porque explicar la verdad resultaba demasiado complicado?
Este 10 de octubre se conmemora el Día Mundial de la Salud Mental. La Organización Mundial de la Salud ha querido poner este año el acento en las personas con experiencia vivida y en la necesidad de que sus voces no sean únicamente escuchadas, sino tenidas en cuenta.
Me parece una distinción importante.
Porque hemos avanzado mucho en visibilidad. Hablamos de ansiedad, depresión, terapia, agotamiento emocional o estrés con una naturalidad que hace algunos años resultaba mucho menos frecuente. Pero hablar más no significa necesariamente haber aprendido a escuchar mejor.
Seguimos viviendo en sociedades donde mostrarse fuerte tiene premio.
«Hay que tirar para adelante».
«Eso se te pasa».
«No pienses tanto».
«Otros están peor».
«Pon de tu parte».
Frases dichas muchas veces con buena intención que, sin embargo, pueden acabar colocando sobre quien está sufriendo una responsabilidad añadida: además de sentirse mal, debe demostrar que está haciendo todo lo posible por dejar de sentirse así.
En nuestras culturas, además, existe una relación muy particular con la fortaleza.
Nos enseñaron a resistir. A seguir trabajando. A cuidar. A resolver. A mantener la casa funcionando, la familia atendida y la sonrisa puesta, aunque por dentro las cosas fueran bastante diferentes.
Especialmente a muchas mujeres.
Por eso hay silencios que no nacen de la ausencia de palabras. Nacen del miedo a preocupar a los demás, de la vergüenza, de no querer ser considerada débil o de pensar que aquello que sentimos no es suficientemente grave como para pedir ayuda.
También existe otro riesgo: hemos incorporado términos relacionados con la salud mental a nuestro lenguaje cotidiano con tanta rapidez que a veces terminamos vaciándolos de significado.
No toda tristeza es depresión.
No todo nerviosismo es ansiedad.
No toda persona que nos hace daño es «narcisista».
No toda situación desagradable es un trauma.
Utilizar con ligereza palabras que describen realidades complejas tampoco ayuda a quienes verdaderamente las están atravesando.
Necesitamos hablar de salud mental con mayor naturalidad, sí, pero también con mayor responsabilidad.
Y necesitamos aprender algo todavía más difícil: escuchar sin convertir inmediatamente la experiencia del otro en la nuestra.
Cuando alguien nos cuenta que no está bien, nuestra primera reacción suele ser ofrecer una solución. Explicar qué haríamos nosotros. Contar que conocemos a otra persona que pasó por algo parecido. Buscar rápidamente una frase que cierre la conversación.
Tal vez escuchar sea precisamente lo contrario. Aceptar que no tenemos todas las respuestas. Preguntar qué necesita esa persona. Reconocer que su experiencia no tiene por qué ajustarse a nuestra manera de entender el sufrimiento.
He aprendido, después de muchas conversaciones con mujeres de procedencias y circunstancias muy diferentes, que dos personas pueden utilizar exactamente las mismas palabras y estar contando historias completamente distintas.
También he aprendido que detrás de algunos silencios hay mucho más de lo que somos capaces de imaginar.
Por eso, este 10 de octubre no me interesa únicamente que hablemos más de salud mental. Me interesa que hablemos mejor.
Que dejemos espacio para las historias que no encajan en titulares.
Que no convirtamos la vulnerabilidad en espectáculo ni la fortaleza en obligación.
Y que la próxima vez que preguntemos a alguien «¿cómo estás?», estemos dispuestos a escuchar una respuesta diferente de «bien».
Porque quizá el cambio empiece precisamente ahí.

