Por Víctor Manuel Grimaldi Céspedes
El problema de la Inteligencia Artificial ya no consiste solamente en determinar cuánto puede saber una máquina.
La cuestión decisiva es qué puede hacer cuando recibe capacidad para actuar y qué sucedería si cientos o miles de agentes artificiales comenzaran a comunicarse, distribuirse tareas y coordinar sus acciones.
Kevin Roose describió en The New York Times un episodio en el cual más de 1,200 agentes intercambiaron unos 70,000 mensajes y utilizaron la palabra “collective” para referirse al conjunto.
No eran robots conscientes. Un modelo es el motor intelectual; un agente utiliza ese modelo para perseguir objetivos, manejar herramientas, escribir programas y ejecutar acciones.
Muchos agentes comunicados forman un sistema multiagente cuyo comportamiento colectivo puede resultar difícil de predecir.
Las advertencias ya proceden también del interior de la industria.
Jacob Coxon renunció a Anthropic después de trabajar en OpenAI. Dario Amodei, director ejecutivo de Anthropic, pidió reducir la velocidad del desarrollo. Sam Altman apoyó mayores controles y Elon Musk afirmó: “Dario tiene razón”.
Donald Trump respondió que las profecías sobre una IA capaz de destruir a la humanidad constituyen un engaño. Preguntó cuándo se había visto que los líderes de una industria reclamaran regulaciones capaces de llevarlos a la bancarrota. Su preocupación principal es China: “Quien gane la inteligencia artificial, gana”.
Jeffrey D. Sachs acusa a Trump de ignorar irresponsablemente un peligro existencial.
El analista español José Luis Cava plantea otra posibilidad: que los grandes empresarios estén anticipándose a una crisis financiera.
La IA exige inversiones colosales en procesadores, electricidad y centros de datos, pero todavía existe una gran distancia entre el capital comprometido y los beneficios obtenidos.
La alarma podría justificar la reducción de inversiones, el aplazamiento de salidas a bolsa y regulaciones que solamente los grandes consorcios puedan cumplir.
Estas interpretaciones no se excluyen. Los empresarios pueden temer sinceramente los riesgos de sus sistemas y, simultáneamente, proteger sus balances y posiciones dominantes.
China ha llevado ahora la competencia hacia los BRICS y el Sur Global. Durante la XVIII Cumbre del grupo, celebrada en Nueva Delhi los días 12 y 13 de septiembre de 2026, Xi Jinping propuso crear una Zona de Inteligencia Artificial de Código Abierto de los BRICS.
La palabra “zona” no designa necesariamente un territorio. Sería una red para compartir modelos, programas, investigaciones, formación y aplicaciones.
Xi propuso cooperación en grandes modelos lingüísticos, seminarios, capacitación, una plataforma digital en la nube, manufactura inteligente y formación conjunta de ingenieros.
China se presenta así como promotora de una IA abierta y accesible para países que carecen de procesadores, centros de datos y recursos científicos. Pero existe una precisión indispensable: la propuesta no fue aprobada como institución colectiva.
La Declaración de Nueva Delhi, documento de 140 párrafos adoptado el 12 de septiembre, reconoce el poder transformador de la IA y reclama acceso inclusivo a datos, infraestructura, conocimientos y capacidad informática.
Sin embargo, no menciona la zona de código abierto.
Xi presentó su proyecto al día siguiente, cuando el documento consensuado ya había sido aprobado.
Por tanto, China anunció que tomará la iniciativa y colocó el proyecto en la agenda de los BRICS, pero todavía no existen sede, presupuesto, administración, calendario ni reglas.
Su oportunidad llegará en 2027, cuando Beijing asuma la presidencia rotatoria del grupo y organice un Foro sobre Comercio de Servicios.
La cautela de India resulta significativa. Narendra Modi advirtió contra la utilización como armas de la tecnología y los minerales críticos.
Washington restringe la venta de procesadores avanzados; China domina buena parte del procesamiento de tierras raras.
India desea cooperar, pero no pretende reemplazar la dependencia estadounidense por una subordinación tecnológica a Beijing.
Los países del Sur Global podrían obtener modelos menos costosos y adaptarlos a sus idiomas, escuelas, hospitales, industrias y administraciones.
Pero “código abierto” no significa necesariamente independencia. Un programa abierto puede depender de procesadores, servidores, nubes y actualizaciones controlados por China.
La inteligencia artificial se convierte así en un instrumento de influencia comparable con los ferrocarriles, puertos, oleoductos y telecomunicaciones de otras épocas.
Quien suministre los modelos, controle los datos y establezca los estándares ejercerá poder sobre los países usuarios.
Esta disputa llega también a las escuelas y a la conciencia humana.
Si la máquina redacta, resume, calcula y responde por el estudiante, ¿qué aprende verdaderamente el estudiante?
En la Cumbre sobre Inteligencia Artificial y Sentido Humano celebrada en Bali se proclamó que “la inteligencia artificial debe liberar, no esclavizar”.
El papa León XIV insiste en que la responsabilidad de orientar la innovación debe permanecer en la inteligencia humana, con su conciencia y su libertad.
La gran batalla del siglo XXI ya no será solamente por territorios, petróleo, minerales, monedas o rutas marítimas. Será también por los datos, los algoritmos y la capacidad de establecer las reglas de las máquinas.
La propuesta de Xi sobrevivió a Nueva Delhi como iniciativa pendiente, no como decisión consumada.
Y la pregunta esencial continúa abierta: ¿será la IA un instrumento compartido de liberación humana o el fundamento tecnológico de nuevas dependencias y nuevos imperios?
Fuentes principales: Declaración de Nueva Delhi, discurso de Xi Jinping y Reuters.

