William Walker y San Jacinto: de los filibusteros de ayer a los de hoy

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Por Ariel Montoya

Septiembre tiene para los nicaragüenses un significado que trasciende banderas, desfiles y retóricos discursos escolares y diplomáticos. Es el mes de la Independencia y también de San Jacinto, aquella batalla del 14 de septiembre de 1856 que permanece como símbolo de una nación dispuesta a defender su libertad frente al filibusterismo. Ayer como hoy.

William Walker llegó a Nicaragua aprovechando divisiones internas. Intervino en una guerra entre nicaragüenses, acumuló poder y protagonizó uno de los episodios más insólitos de nuestra historia: nacido en Nashville, Tennessee, terminó convertido en presidente de Nicaragua en 1856, después de unas elecciones ampliamente cuestionadas.

Su aventura provocó una reacción centroamericana. Nicaragua, Costa Rica, Honduras, Guatemala y El Salvador comprendieron que el problema había dejado de ser exclusivamente nicaragüense y unieron esfuerzos contra el filibusterismo.

San Jacinto, sin embargo, no acabó con Walker en un día; comenzó a convertir su sueño de conquista en una larga derrota.

Después de aquella batalla del 14 de septiembre de 1856, Walker continuó combatiendo hasta abandonar Nicaragua en mayo de 1857. Pero no se resignó a perderla. Durante los años siguientes emprendió nuevos intentos por regresar a Centroamérica y reconstruir su proyecto político-militar.

La última aventura lo condujo a su tragedia final. En 1860 llegó a Honduras, fue capturado y entregado a las autoridades de aquel país. Terminó frente a un pelotón de fusilamiento en Trujillo el 12 de septiembre de 1860. Tenía apenas 36 años.

Así terminó la vida del hombre que había llegado como extranjero y filibustero y que, después de ejercer el poder en Nicaragua, continuó reivindicándose como nicaragüense. Hay en ese desenlace una paradoja profundamente humana: quiso conquistar una nación y, al final de sus días, pareció aferrarse a ella como parte de su propia identidad. Quizás, después de avasallarla, también había empezado a amarla.

Y septiembre guarda una extraordinaria coincidencia histórica: Walker murió un 12 de septiembre, apenas dos días antes de la fecha en que Nicaragua conmemora la gesta de la batalla de San Jacinto, y casi exactamente cuatro años después de aquella batalla.

Han transcurrido 170 años desde San Jacinto. Los filibusteros de hoy ya no necesariamente desembarcan en aguas interoceánicas ni hablan otro idioma. Siendo nacionales se comportan, desde el poder, como dueños de su propio país. Esa es la gran paradoja de la Nicaragua actual.

Daniel Ortega no llegó desde Tennessee como Walker: nació en Nicaragua. Pero después de tantos años en el poder, ha convertido la República en un territorio sometido al control de un grupo gobernante y el Estado en patrimonio familiar.

¿Soberanía frente a quién?

El discurso oficial invoca soberanía y autodeterminación principalmente frente a Estados Unidos. Sin embargo, desde 1979 el sandinismo desarrolló estrechos vínculos políticos, militares y económicos con Cuba, la Unión Soviética y gobiernos comunistas de Europa Oriental; décadas después, Managua ha profundizado relaciones con Rusia y China. Curiosa soberanía con brújula ideológica.

La soberanía no debería depender de la nacionalidad de nuestros aliados ni de la ideología de las potencias. En esta conmemoración patria se clama por una Nicaragua soberana, democrática y capaz de mantener relaciones constructivas con Estados Unidos y con el resto del mundo, sin convertirse en satélite de nadie.

San Jacinto deja así una enseñanza contemporánea. No necesitamos empuñar los rifles de 1856. La disputa actual debe librarse mediante organización política partidaria, resistencia cívica, presión diplomática y elecciones libres. El autoritarismo moderno debe ser enfrentado con democracia.

Hace 170 años, Andrés Castro y aquellos patriotas demostraron que hasta una piedra podía convertirse en símbolo cuando detrás de ella existía voluntad de libertad. Hoy no necesitamos la piedra, sino ciudadanía, instituciones y solidaridad internacional.

En este septiembre de Independencia, Nicaragua necesita nuevamente aquella voluntad. Walker pasó. Ortega también pasará. Y nuestra patria, la Nicaragua hermosa y valiente, seguirá escribiendo su historia con la aspiración de vivir en libertad, democracia y paz.

El autor es nicaragüense exiliado en Estados Unidos, escritor, periodista y columnista internacional.

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Ariel Montoya
Ariel Montoya
Ariel Montoya es poeta, periodista, escritor, editor, promotor cultural y analista político nicaragüense. Estudió Ciencias Políticas en la Universidad Francisco Marroquín de Guatemala. Desde la década de 1980 ha publicado poesía, narrativa y artículos de opinión en medios de Nicaragua, Guatemala y Estados Unidos. Es autor de varios libros de poesía y ha desarrollado una amplia labor cultural y editorial. Fue asesor de prensa y secretario privado de la Presidencia de Nicaragua entre 2003 y 2006. Actualmente desarrolla labores de análisis social y político y es columnista internacional de El Sol de Las Américas.

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