Por Emilia Santos Frias
Toda persona cristiana es consciente de que Dios es uno en esencia, pero trino: el Padre que planea, el Hijo que ejecuta y el Espíritu Santo que revela o manifiesta la palabra. Es una doctrina asociada a la redención o perdón de nuestros pecados.
Pero esta se entiende desde la revelación, no desde investigaciones de la mente racional, porque Dios es espíritu. ¿Qué significa esto? ¿Dios solo puede ser conocido de forma espiritual? ¿Cómo puedo alcanzar o tener en mi vida el aliento divino que da vida?
Las respuestas a nuestras interrogantes las encontramos en el manual de vida y salvación: la Biblia. “Porque el Señor es el Espíritu”, dice 2 Corintios 3:17. Por tanto, Él otorga dones como quiere a quien en Él cree. Así lo confirma 1 Corintios 12:11.
Sin embargo, la Sagrada Escritura es precisa cuando indica: “Pero el hombre natural no percibe las cosas que son del Espíritu de Dios, porque para él son locura, y no las puede entender, porque se han de discernir espiritualmente”. También debemos orar al Padre para que nos llene de entendimiento.
Él es el Consolador que Jesús prometió enviar para guiar a los creyentes: “…él os enseñará todas las cosas”, como afirma Juan 14:26.
En ese sentido, como el Espíritu Santo habita y mora en los creyentes, los cuerpos de estos son su templo. Esta afirmación se encuentra en 1 Corintios 6:19-20. Hoy, el lugar sagrado de la presencia divina, donde Dios habita, está en la persona. Por eso gozamos de dignidad y vivimos una vida con propósito sagrado.
“¿O ignoráis que vuestro cuerpo es templo del Espíritu Santo, el cual está en vosotros, el cual tenéis de Dios, y que no sois vuestros? Porque habéis sido comprados por precio; glorificad, pues, a Dios en vuestro cuerpo y en vuestro espíritu, los cuales son de Dios”.
En ese orden, es necesario cuidar nuestro cuerpo y no profanarlo, es decir, abstenernos de corromperlo o deshonrar la morada del Espíritu Santo. Debemos huir del pecado sexual, como explica 1 Corintios 6:18-20.
El Espíritu Santo tiene potestad para transformarnos, porque produce fruto espiritual: amor, gozo, paz, benignidad, templanza, fe, mansedumbre, paciencia y bondad. Al mismo tiempo, nos otorga poder para que podamos testificar de la gloria de Cristo, como señalan Gálatas 5:22-23 y Hechos 1:8.
¡Aceptemos al Espíritu Santo, consolador de nuestras vidas! Él nos invita a ser testigos y dar testimonio de la misión y obra de Jesucristo.
“Y yo rogaré al Padre, y os dará otro Consolador, para que esté con vosotros para siempre”, señala Juan 14:16.
Sigamos orando para que, conforme a su misericordia, nos conceda, como indica 2 Corintios 13:14, la gracia de Jesucristo, su amor y que la comunión del Espíritu Santo sea con nosotros.
Que así sea.
Hasta pronto.
La autora reside en Santo Domingo. Es educadora, periodista, abogada y locutora.
Correo: santosemili@gmail.com

