Por Hugo Vélez Astacio
Complejo y difícil resulta establecer un orden de prioridad entre la grandeza y la magnanimidad de la creación del Padre Celestial, desde los inicios de la humanidad.
Un amigo cristiano católico, de manera serena, me recordó “la creación del hombre a su imagen y semejanza”; otro hizo referencia a “la inmensidad de la naturaleza”; y otro, a “la órbita terrestre”, sin obviar la honda profundidad del mar.
No cabe duda de la grandeza y magnitud de tales creaciones de Dios. Sin embargo, creo y considero que, al crear al hombre y dotarlo de las cualidades y virtudes del pensamiento y la libertad, le concedió facultades esenciales para orientar su existencia.
Esas virtudes poseen un valor trascendental, pues impulsan y dan sentido al desenvolvimiento de la humanidad.
Una meditación
En la medida en que el hombre comienza a ver con claridad la luz que ilumina el camino de su destino, la libertad hace brillar la justicia y el amor, convirtiéndolos en fuentes de las cuales nutrir su vida.

