Por Sara Reinero
Eras mi amor, mi vida,
mis pasitos favoritos
por el pasillo cada amanecer,
mi música preferida de cada playlist,
mi pensamiento favorito.
Ojos verdes, ojos premiados,
en el Museo del Prado,
los flashes de los paparazis
te envidian.
Acaparas la atención de todo Madrid.
Mi ronroneo y rincón
de calma exquisito.
Bendito día
en el que te di
el último beso,
el último abrazo.
Odio a la vida
por haberme separado de ti,
y mis ojos ya están cansados de llorar.
Vuela, cariño, vuela,
que solo saber
que tu alma está descansando
hace que yo, por fin,
vuelva a vivir en paz.
Sencillez
Escucho voces,
tantas que no sé interpretar
la realidad.
Escucho voces,
alabanzas
y aplausos,
de todos,
menos de ti.
¿A qué esperas
para saber
que soy el amor de tu vida?
¿A qué esperas
para darte cuenta
de lo sencilla que es la vida?
Una carretera
con mil curvas
y obstáculos,
y yo,
que estaría dispuesta
a matar por ti,
a derribarlos por ti.
Pero tú
pareces conducir siempre
en línea recta,
sin espejo retrovisor
para alcanzarme,
para verme.
Pareces nunca,
nunca darte cuenta.
¿Qué son los recuerdos?
Te recuerdo en la cama,
en la sala de estar,
en las canciones
que suponían un nosotros,
en la playa,
en el atardecer,
en las ganas de morir por vos,
en cada químico
que inyectaste en mi piel,
irreversible de borrar.
Te recuerdo,
pero tú no lo ves.
Y qué pena,
pudiendo haberte contemplado
a través de mis ojos,
pudiendo haber sido verdad.
La sal en tus lágrimas,
la plata de tu collar.
Sara Reinero

