Por Ana Anka
¡Cómo te amaré, mi Dios,
cómo te amaré, Señor!
Siendo yo tu criatura
y tú, Creador.
Oh, si te amase, mi Dios,
si te amase,
y amándote me quedase
ardiendo en llamas de amor.
Santa Rosa de Lima
Siempre el Sur espera por ti. No hay apuro ni desesperación. Estamos haciendo bien las cosas y los cuerpos se amalgaman con los ríos, montañas, hasta las altas punas, mientras la luna madre Killa nos acaricia y acuna con las zampoñas y quenas.
Llamas, vicuñas, alpacas, guanacos, cóndores y vizcachas forman parte de ese universo. El océano Pacífico y el mar Caribe nos fortalecen con sus islas, mientras las ricas empanadas de cazón, los ceviches y el arte culinario de cada región nos encuentran en la hermandad, en plena humanidad.
Las familias aumentan a base de laguas, locros, choclos, quinua, chichas, motes, ollucos, papas, mashua y aicha kanka con rocotos picantes.
La sierra, la cordillera de los Andes, es nuestra columna vertebral. Nos atraviesa con sus rugidos al choque de las placas tectónicas —Nazca, Sudamericana, Caribe— y así todo se mueve y late bajo nuestros pies.
Crecen los picos del Aconcagua y Huascarán y, en estas “movidas”, se avivan mitos y leyendas, en especial los relacionados con Santa Rosa de Lima, mi tocaya, quien predijo su muerte para el 24 de agosto de 1617, durante las fiestas de San Bartolomé.
Ella era poeta. Tuvo un amor místico a Dios y le cantaba poemas. Unos meses antes de fallecer mantenía que Dios la desposaría y tuvo un anillo de plata.
Pajarito ruiseñor,
alabemos al Señor.
Tú alaba a tu creador,
yo alabaré a mi Salvador.
Me provoca escribir a instancias de mi santa madre, terca Pilar, que insistía con cuentos sobre la primera santa del Nuevo Mundo, las Américas, Filipinas y la India.
Yo le decía: una “santa imperialista”. ¡Y horror con la discutidera! Padre, en medio de risas, repetía: “Ya están peleando las hermanitas”.
Esta vez la miro sonriente en la foto y recuerdo sus palabras: “Te llamas Rosa, es un honor, hija mía; eres poderosa espiritualmente, sin espinas”.
Y, como siempre, papi, ñato de risa, soltaba sus tremendas carcajadas a todo pulmón.
¿Qué hago?
Son muchas imágenes atropelladas y me pongo a llorar. Estoy sola, sin mami ni papi. Ese rol de hija, de llamarles y sentirme hija, se terminó.
Bien, “todo tiene su final”. Y a hilar antes de que me ataque “el alemán”, como llamaba mi marido al Alzheimer. Siempre me mata de risa, “desde el más allá o más acá”, no sé.
Solo siento bajar olores de rosas, perfumes extraños de ese territorio sin palabras, en medio de suspiros, con ese pianissimo del Concierto número 1 de Liszt. Y ya, entre palabras, colores y recuerdos, empiezo a hilar…
Crecí en un mundo de prácticas religiosas, ritos, votos y austeridad, con visitas a pueblos santos y peregrinaciones.
Tengo fresca mi primera visita. Tenía siete años y nunca olvidé el pueblo de Quives, en Canta. Leía sobre Santa Rosa de Lima y mi padre manejaba el Ford como un guante.
A unas horas de Lima, eran viajes inolvidables por mis mareos, vértigos y vómitos, que luego serían medicados. Iba dormida y despertaba en la casa de la santa, llena de charcos, pajaritos y mosquitos.
“Verde que te quiero verde” por cualquier punto. Los mosquitos eran aviones chirriantes a los cuales estaba prohibido matar porque pertenecían a la santa. Yo solo me dedicaba a observar cómo me sacaban sangre. Algunas veces les hablaba para que me contaran de la santa y jugaba con los pocitos.
Luego leí al cronista Ricardo Palma, con sus cómicas ocurrencias que me confundían. Era casi imposible preguntar a mami porque todo era religioso, mientras padre me explicaba con paciencia.
Eran tantas preguntas que me daba libros. Me convertí en ratona de biblioteca y madre suplicaba que me prohibieran ciertas lecturas.
Ya no quería viajar a lugares santos.
Realmente, las lecturas me abrieron a nuevos mundos, religiones y culturas.
La fe asentada en aquello de “sin la cruz no hay otra escalera para subir al cielo”, con “el alma, corazón y vida”, nunca abre ventanas a la duda porque es pecado.
Se deberían respetar las creencias y los diferentes modos de pensar. Pero recuerdo, con algo de miedo, las profecías atribuidas a la santa a propósito de los terremotos: “los barcos encallarán en la Plaza de Armas”; se hundirá Lima y la cadena de los Andes sería más inmensa.
Hablar del llamado “sistema HAARP” con personas creyentes genera animadversión y nos llaman gentiles o conspiradores.
Solo sé que nada es casual y, con la duda cartesiana, no confío ciegamente en experimentos e investigaciones que desconocemos, como aquellas relacionadas con las propiedades físicas y eléctricas de la ionosfera. HAARP comenzó en la década de 1990 como un programa estadounidense dedicado al estudio de la atmósfera superior y sus efectos sobre las comunicaciones por radio.
Isabel Flores de Oliva, Santa Rosa de Lima, nació en Lima el 20 de abril de 1586. Fue la primera persona nacida en América canonizada por la Iglesia católica y es reconocida como patrona de las Américas, Filipinas y otros territorios.
No fue monja de clausura. Fue terciaria dominica, vivió en su casa y dedicó parte de su vida al cuidado de enfermos y pobres. Practicó una intensa vida ascética marcada por votos, penitencias y sufrimiento físico.
En su pequeña ermita componía versos y rezaba a su amado Dios.
La Iglesia católica fijó tradicionalmente su celebración universal el 30 de agosto, aunque Santa Rosa murió el 24 de agosto de 1617. En Perú, su figura conserva una profunda significación religiosa y cultural.
Las doce son dadas,
mi Jesús no viene.
¿Quién será la dichosa
que le entretiene?
Ana Anka

