Doña Tita: “Héctor fue bohemio… pero no trujillista…”

Fecha de publicación

POR JUAN CRUZ TRIFFOLIO

Sociólogo – Comunicador Dominicano

triffolio@gmail.com

Consecuencia de los diversos comentarios suscitados luego del espectáculo-homenaje “Héctor: Que todos te conozcan y todos te quieran” —realizado hace varias décadas— y de la necesidad de tratar de aportar en la construcción de la verdad histórica, nos propusimos sostener un encuentro con doña Mercedes Laura Pérez Vda. Díaz —Doña Tita—, mujer con quien el bardo y juglar Héctor J. Díaz compartió sus últimos años de existencia.

El diálogo se inicia en la sala de una modesta vivienda donde cada elemento material emana las gratas vivencias de un ayer imborrable y romántico; no obstante, actualmente existe el dominio de un ambiente preñado de múltiples necesidades.

Nuestra primera inquietud —al parecer ingenua— se redujo a conocer si en realidad el poeta Héctor J. Díaz fue un auténtico bohemio.

Juan Cruz Triffolio – Sociólogo – Comunicador Dominicano

Recuerdo haber visto a la amable viuda Díaz cuando, con su paciencia característica, apoyándose en el espaldar de su fiel compañera mecedora, dejó escapar espontáneamente su parecer:

“Él, Héctor, fue un bohemio que no anduvo descalzo… ni borracho en las esquinas se cayó… No, nunca anduvo sin saco… siempre dentro de la pobreza y la miseria… vestido y calzado… con su sombrero, que no lo dejaba… su pelo… Nunca fue un hombre de problemas… de escándalos”.

Además, “…a pesar de sus bohemias, a pesar de los pesares, siempre respetó el hogar. Vino acompañado de sus mejores amigos, que también me respetaron…”.

Cuestionada sobre la vida política del inmortal bardo y locutor dominicano, Doña Tita se resiste con coraje a aceptar la afirmación de que realmente fuera un convencido trujillista, tal como en la actualidad se ha expresado.

En ese tenor, su respuesta-queja no se deja esperar:

“Ayyyy, ayyyy, noooo, nada de eso… este no, nada de eso, nada, nada, nunca en la vida… Él sí fue un empleado de Petán, porque le gustaba y porque le pagaba bien… esa era su seducción. Si bien él, Héctor, escribió algunas cosas para los Trujillo, era porque se le pagaba. En algunas ocasiones me manifestó lo malo que era escribir lo que no se siente. ¿Además, hay que tomar en cuenta en qué momento y bajo qué ambiente o circunstancia se vivía y escribía… Es posible que bajo los tragos o porque necesitaba dinero… pero trujillista? ¡¡Eso sí que noooo…!!”

No creyendo convencernos con lo expresado, doña Mercedes Laura Pérez Vda. Díaz, con su fluidez verbal y mental —pese a tener más de nueve décadas de vida—, evocaba:

“Él, Héctor, era como enemigo de… de la situación… tan pronto pasó lo del pasillo y otras cosas que él vio que pasaron…”.

Al hablar sobre “lo del pasillo”, nuestra entrevistada recordaba el imborrable y lamentable incidente que el popular artista latinoamericano tuvo con José Arismendy Trujillo —Petán—, mientras laboraba en el ayer Palacio de La Voz Dominicana, hoy Corporación Estatal de Radio y Televisión (CERTV).

“Héctor —manifiesta Doña Tita con mucho pesar— tenía que pasar a la cabina de radio, a transmitir un mensaje… y había que cruzar un pasillo para llegar allá. En ese pasillo estaba Petán sentado con los pies tendidos hacia delante… impedía el paso… acostado así… con los pies en el otro lado del pasillo. Héctor tenía que pasar o por encima de él —Petán— o pedirle permiso. Y Héctor dijo para sí mismo: no pido permiso. Dijo: paso y paso… y Petán se levantó, despertó e hizo así…” (Doña Tita gesticula y levanta uno de sus hombros). “…Se puso la mano en la cintura, como quien iba a sacar un arma de fuego. Héctor se volteó y le expresó que no era hombre de esos que morían asesinados por la espalda… se puso tan grande como Petán… luego dio una vuelta y se fue de la emisora”.

Héctor J Díaz – Locutor, Poeta y Declamador

A juicio de la viuda Díaz, a partir de entonces, Héctor “…sabía que si volvía podía resultar algo serio… Él me decía: no voy. Yo le respondía: ¡¡Anda, ve… ombe…!!, esas son cosas de engrandecidos…”.

Pero el autor de Lirios negros no complació a su cariñosa compañera.

Con cierta cautela y temiendo que en cualquier momento sería físicamente eliminado, se propuso buscar otro centro de trabajo para generar el dinero necesario para su salida del país.

“Héctor fue donde Frank Hatton, pero él le dijo: ‘Héctor, yo lo siento mucho, pero… si yo hago eso, tú puedes creer que me cierran la emisora’. Y fue donde Pupo Cordero. Ahí estaba Alfonso Martínez, que siempre iba detrás de Héctor Díaz… Y le dijo Pupo Cordero igual…”, señala de aquel entonces nuestra entrevistada.

A decir de la señora Pérez Vda. Díaz, en varias ocasiones, después del narrado episodio, su adorado se vio al borde de la muerte, producto de persecuciones y balaceras protagonizadas por “hombres desconocidos”.

Tal situación obligó al poeta popular dominicano a ser cauteloso en sus andanzas nocturnas.

Reviviendo aquel pasado se escucha a Doña Tita:

“De El Trocadero salía él y venía siempre acompañado. Unos creían que era de la parranda… era de ahí, de El Trocadero, de hablar y pasar el rato… Y entonces, una vez, tiraron tres tiros… y él, Héctor, se preocupó mucho… Recuerdo que entró huyendo por la puerta de atrás de la casa. Pidió que le abriera la puerta urgentemente… se oyeron varios tiros. Y para calmarme me dijo que se trataba de unos hombres que perseguían a un ladrón… pero mentira, yo sabía lo que ocurría…”.

Sobre la manera en que el bardo azuano, Héctor J. Díaz, logró conseguir su visado para salir del país, su fiel compañera narra con precisión:

“Héctor me hacía ver las cosas… natural. Mamá Julia lo quería mucho y se reía mucho de las ocurrencias de él. Una vez lo llevaron allá y él le cantó:

Si la suegra se muere
que la entierren boca abajo
para si se quiere salir
que se vaya ma’ pa’ abajo.

Eso le cantó él a Mamá Julia. Aquello fue una risa, un encanto; pidió que se le repitiera… A ella le hizo una gran gracia eso y Héctor, en base a eso, consiguió el visto bueno de su salida, acompañado, desde luego, con una “amiga”… le dicen La Fatal”.

Al igual que lo expresado por Miguel A. Peguero H., en la introducción a los Versos de Héctor J. Díaz, compilados por Doña Tita en 1953, esta entiende que “cuando partió, una mañana de esas que sirven para cualquier partida, Héctor presentía ya que iba hacia la cita decisiva con su destino. Se sentía la anticipada fatiga de su cruz…”.

Sobre la corta presencia del destacado juglar dominicano en Puerto Rico, nuestra entrevistada cuenta que “…allá no se sentía bien y de aquí, República Dominicana, una amiga, que era también amiga mía, le escribió diciéndole que ‘estaban muy cerca, que seguían empecinados en que viniera… él, Petán… que estaban muy cerca, que se cuidara…’”.

Informado de tal manera y siempre bajo la expectativa de que le perseguían, asegura Doña Tita que Héctor se marchó a Nueva York, específicamente al Bronx, donde después de varias semanas logró ser contratado por una de las empresas de comunicación más poderosas, no solo de la urbe, sino del mundo.

Consecuencia de tal compromiso de trabajo tuvo que dejar de ingerir bebidas alcohólicas.

Aunque no acusa a nadie, en particular, de la muerte de su querido esposo —la que, según dice, supo cuando sonó la sirena de los bomberos capitaleños—, presume que real y efectivamente fue engañado y envenenado por un supuesto cubano, pagado, en casa de una persona que le había invitado a cenar.

Podría ser cierto lo del envenenamiento, como en realidad es lo de bohemio. Quizás el veneno pueda resultar tan cuestionable como la dimensión de trujillista que hoy se enarbola. No importa.

Lo cierto y loable es y será que este bardo bohemio vivirá eternamente en los corazones receptivos al amor y los encantos de la naturaleza.

Por eso, aunque “…nadie me conozca y que nadie me quiera”, ¡loor por siempre al inigualable bardo Héctor J. Díaz…!!

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