Trump, Abinader y Leonel: Lo cortés no quita lo valiente

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Por Victor Manuel Grimaldi Céspedes

En medio de las tensiones y expectativas mundiales y las grandes crisis de estos días, he observado tres conductas de estadistas que merecen ser destacadas.

Donald Trump ha demostrado una capacidad poco común para manejar el poder con franqueza pública y cálculo privado. Recientemente, sostuvo una conversación de dos horas en la Casa Blanca con cuatro periodistas de The New York Times, el diario más incisivo frente a su presidencia, y al mismo tiempo habló con el presidente colombiano Gustavo Petro, permitiendo que esa conversación se desarrollara ante ellos. No fue una puesta en escena: fue un mensaje. Trump no rehúye al escrutinio ni a la fricción diplomática; los integra como instrumentos de poder.

Luis Abinader, por su parte, ha mostrado una habilidad notable para manejar con discreción y diplomacia las relaciones con la sociedad dominicana y con los expresidentes de la República.

En tiempos de polarización regional y de crisis migratoria y geopolítica, Abinader ha optado por una política de equilibrio interno y alineamiento externo que preserva la estabilidad nacional sin renunciar a la cooperación estratégica con Estados Unidos.

Leonel Fernández encarna una rara combinación en la política latinoamericana: firmeza estratégica y elegancia personal. En 1998, durante la II Cumbre de las Américas en Santiago de Chile, tomó la decisión histórica de restablecer relaciones diplomáticas entre la República Dominicana y Cuba, rompiendo casi cuatro décadas de alineamiento automático con la política de aislamiento de Washington hacia La Habana.

El contexto era delicado: Bill Clinton atravesaba la crisis Lewinsky y la autoridad presidencial estadounidense estaba erosionada. Aun así, Leonel actuó con soberanía.

Según el testimonio del entonces viceministro Guido D’Alessandro Tavárez, Clinton evitó saludar a Fernández en el lobby del hotel. Fue un mensaje político silencioso. Lo importante fue lo que no ocurrió después: Leonel no respondió con provocación ni victimismo. Sostuvo su decisión con serenidad y respeto institucional.

Décadas después, en Punta Cana, saludó cordialmente a Hillary y Bill Clinton junto a su hijo Omar Fernández. La historia había sido superada con dignidad.
Hoy, el triángulo Trump–Abinader–Leonel define la geometría real del poder dominicano en el Caribe. Trump ejerce una hegemonía sin ocupación; Abinader opera como socio funcional; Leonel permanece como garante de continuidad institucional ante Washington. En ese marco, la frase cobra todo su sentido: lo cortés no quita lo valiente.

 

 

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