Por: Maylene Cotto Adino
Dedicado a mis hijos y a mi amado esposo, españoles de nacimiento pero caribeños de corazón.
Cada 12 de octubre, España conmemora la Hispanidad, una fecha que nos invita a mirar hacia atrás para comprender mejor quiénes somos, de dónde venimos y, sobre todo, qué queremos construir juntos. La historia que une a España con América Latina es extraordinariamente rica, pero también compleja. Está hecha de encuentros, intercambios culturales, lenguas, conocimientos y mestizajes, pero igualmente de profundas desigualdades, conflictos y heridas históricas. Reconocer todas estas dimensiones no debilita nuestra historia compartida; al contrario, nos permite comprenderla con mayor madurez y convertirla en una oportunidad para construir relaciones basadas en el respeto, la memoria y la cooperación.
La República Dominicana ocupa un lugar esencial en este relato. La llegada de Cristóbal Colón a la isla de La Española en 1492 convirtió aquel territorio caribeño en uno de los primeros escenarios de la presencia colonial española en América. Santo Domingo, fundada a finales del siglo XV, se convirtió en uno de los principales núcleos políticos, administrativos y culturales de aquel nuevo orden atlántico. Sin embargo, mucho antes de la llegada europea, la isla estaba habitada por pueblos taínos, cuyas formas de vida, conocimientos y organización social forman parte inseparable de su historia. La evolución posterior de la isla, marcada por la colonización, la explotación, la resistencia indígena y africana, la esclavitud y las transformaciones políticas, ayuda a comprender tanto los orígenes de la América colonial como la extraordinaria capacidad de los pueblos caribeños para preservar y reconstruir sus identidades.
Puerto Rico, por su parte, constituye otro capítulo fundamental de la historia atlántica. Su trayectoria, estrechamente vinculada a España durante más de cuatro siglos y posteriormente marcada por su relación política con Estados Unidos, ha dado lugar a una identidad cultural singular. Su literatura, su música, sus tradiciones y su aportación intelectual demuestran que la cultura hispánica no es una realidad inmóvil ni pertenece exclusivamente a un territorio. Es una herencia viva que se transforma con cada generación y que encuentra en el Caribe algunas de sus expresiones más universales. Desde Puerto Rico y la República Dominicana hasta el conjunto de América Latina, la lengua española convive con lenguas, tradiciones y expresiones culturales diversas que enriquecen el patrimonio común de la humanidad.
Por eso, la importancia de América Latina en el mundo no puede medirse únicamente por sus recursos naturales, su dimensión económica o sus relaciones comerciales. Su contribución a la literatura, las artes, la ciencia, el pensamiento político, la defensa de los derechos humanos y la construcción de sociedades democráticas es imprescindible para comprender la historia contemporánea. América Latina no es solamente una parte del pasado de España: es una interlocutora fundamental de su presente y una socia estratégica para su futuro. España, a su vez, puede fortalecer sus vínculos con la región mediante relaciones entre iguales, proyectos educativos, investigación científica, intercambio cultural y una cooperación que genere oportunidades reales para sus ciudadanos.
En este contexto, celebrar la Hispanidad debería significar algo más que recordar una fecha histórica. Debería ser una invitación a preguntarnos cómo transformamos una herencia compartida en una responsabilidad común. La memoria histórica no tiene por qué convertirse en un espacio de enfrentamiento, sino en una herramienta de aprendizaje. Reconocer los logros culturales y los intercambios que nos unen, sin silenciar el sufrimiento de quienes padecieron la conquista, la esclavitud o la exclusión, permite avanzar hacia una relación más honesta y enriquecedora. La historia no se modifica ocultando sus contradicciones, sino estudiándolas, comprendiéndolas y extrayendo de ellas enseñanzas para el presente.
Es aquí donde organizaciones internacionales como la UNESCO desempeñan una función esencial. Su labor en la educación, la ciencia, la cultura, la protección del patrimonio y la promoción de una cultura de paz ofrece un marco para transformar la diversidad histórica en diálogo y cooperación. La protección de los bienes culturales, la recuperación documental, la investigación compartida y la educación de las nuevas generaciones permiten que el patrimonio deje de ser una simple evocación del pasado para convertirse en un recurso de conocimiento, desarrollo y entendimiento entre los pueblos. Iniciativas como el Programa de Patrimonio Mundial, el programa Memoria del Mundo y las Cátedras UNESCO contribuyen, desde sus respectivos ámbitos, a fortalecer estos vínculos.
También la cooperación internacional para el desarrollo, con instituciones como la cooperación alemana GIZ (Deutsche Gesellschaft für Internationale Zusammenarbeit), junto con la Agencia Española de Cooperación Internacional para el Desarrollo (AECID), la Unión Europea y las agencias de Naciones Unidas, demuestra que la relación entre países puede traducirse en acciones concretas. La formación, la sostenibilidad, la igualdad de oportunidades, la innovación, el fortalecimiento institucional y la lucha contra la pobreza son ámbitos en los que la cooperación puede generar beneficios compartidos. Para ello, resulta fundamental que los proyectos se diseñen con la participación de las comunidades, respondan a sus necesidades y promuevan capacidades duraderas, evitando que la cooperación se limite a intervenciones aisladas o a declaraciones de buenas intenciones.
La República Dominicana, Puerto Rico y el conjunto de América Latina tienen mucho que aportar a esta agenda internacional: experiencia cultural, creatividad, conocimiento, capacidad de innovación y una posición estratégica para tender puentes entre Europa, el Caribe y otras regiones del mundo. España también posee una oportunidad extraordinaria para fortalecer estos lazos, no desde la nostalgia de un pasado idealizado, sino desde la conciencia de que ninguna nación construye su futuro al margen de los demás.
Quizá esa sea la reflexión más importante del 12 de octubre: la historia nos une, pero es nuestra capacidad de cooperar la que puede convertir esa herencia en futuro. La Hispanidad alcanzará su mayor significado cuando la lengua compartida sea también una lengua de diálogo; cuando la memoria se acompañe de conocimiento; cuando el patrimonio se traduzca en oportunidades; y cuando la relación entre España, la República Dominicana, Puerto Rico y América Latina contribuya a un mundo más justo, pacífico y solidario. Porque compartir una historia no significa pensar igual, sino reconocer que, desde nuestras diferencias, podemos trabajar juntos por aquello que nos hace verdaderamente humanos.

