A 41 años: la cicatriz histórica del terremoto de 1985 en México

Fecha de publicación

Por Araceli Aguilar Salgado

"La memoria del dolor es también la fuerza de la esperanza."

El día que la tierra se quebró

El 19 de septiembre de 1985, a las 7:19 horas, la Ciudad de México se convirtió en escenario de una tragedia que marcaría para siempre la historia nacional. El sismo de magnitud 8.1 en la escala de Richter sacudió el corazón del país, dejando miles de muertos, edificios colapsados y un sentimiento de vulnerabilidad que aún hoy, 41 años después, permanece en la memoria colectiva.

Araceli Aguilar Salgado
Araceli Aguilar Salgado

La experiencia narrada desde la Colonia Roma refleja el drama humano vivido en aquellos instantes: paredes fracturadas, vidrios estallando, suelos que se abrían bajo los pies y el eco de voces desesperadas que imploraban sobrevivir. El miedo a morir atrapado entre varillas y escombros se mezclaba con la plegaria a un Dios que parecía ausente en medio del caos.

El silencio y los ladridos

Tras el estruendo, vino la oscuridad. Los sobrevivientes quedaron atrapados entre ruinas, escuchando gritos de auxilio y lamentos. En medio de la desesperanza, los ladridos de un perro rescatista se convirtieron en símbolo de vida. Fue ese animal quien localizó a la narradora, permitiendo que brigadistas improvisados ciudadanos convertidos en héroes lograran abrir un espacio para introducir oxígeno y rescatarla.

La escena posterior fue devastadora: calles convertidas en campos de guerra, olores penetrantes, polvo suspendido y cuerpos mutilados. El terremoto no solo destruyó edificios, también quebró familias, sueños y proyectos de vida.

La cicatriz en el tejido social

A más de cuatro décadas, el terremoto de 1985 sigue siendo una cicatriz histórica. No se trata únicamente de recordar la pérdida material o humana, sino de reconocer cómo el desastre expuso la fragilidad del Estado y la fuerza de la sociedad civil. Fue la ciudadanía la que, con manos desnudas, organizó brigadas, levantó escombros y sostuvo la esperanza.

Sin embargo, también dejó al descubierto un deterioro en el tejido social que aún persiste: abandono institucional, desigualdad urbana y falta de preparación ante emergencias. La memoria del sismo nos obliga a reflexionar sobre lo que se perdió, pero sobre todo sobre lo que deseamos construir.

Edificio destruido por el terremoto de 1985 en México
Edificio severamente afectado por el terremoto que sacudió México en septiembre de 1985.

De la tragedia a la resiliencia

Hoy, tras sobrevivir a nuevas pruebas como la pandemia del Coronavirus, el pueblo mexicano ha demostrado una resiliencia extraordinaria. A lo largo de las últimas décadas, ha enfrentado el sismo de 1985, crisis económicas recurrentes, la violencia persistente y emergencias sanitarias globales. En cada episodio, la sociedad civil ha desplegado una notable capacidad de autoorganización y solidaridad, convirtiéndose en el verdadero motor de la reconstrucción.

México ha resistido colapsos financieros históricos como la crisis de 1994 y más recientemente el impacto devastador de la pandemia. La población se ha adaptado mediante el comercio informal, el apoyo de las remesas enviadas por la comunidad migrante y una profunda red de solidaridad familiar. Frente al desafío de la violencia ligada al crimen organizado, las comunidades han creado mecanismos de resistencia, colectivos de búsqueda y redes locales para exigir justicia y reconstruir el tejido social.

La salud mental de los mexicanos, sin embargo, carga con un impacto acumulativo: décadas de traumas colectivos que abarcan desastres naturales, crisis económicas, violencia estructural y emergencias sanitarias. Estas heridas invisibles han transformado la manera en que se concibe la psicología de emergencias y el bienestar emocional en el país.

El dolor es inevitable, pero la esperanza es una decisión.

El terremoto de 1985 no fue únicamente un desastre natural; fue un parteaguas social y político. La memoria de quienes sobrevivieron como aquella narradora rescatada por un perro es testimonio de la vulnerabilidad humana, pero también de la fuerza espiritual y comunitaria que surge en medio del colapso.

A 41 años de distancia, la pregunta permanece: ¿Hemos aprendido lo suficiente para evitar que una tragedia semejante se repita con la misma magnitud? La respuesta está en nuestra capacidad de transformar la memoria en acción, la cicatriz en fortaleza y el dolor en compromiso con un futuro más justo y solidario.

El terremoto de 1985 nos enseñó que la vida puede quebrarse en un instante, pero también que la solidaridad puede levantar ciudades enteras desde las ruinas. Hoy, México sigue enfrentando pruebas duras: pandemias, crisis económicas y violencia estructural. Sin embargo, cada tragedia ha revelado la capacidad de un pueblo que no se rinde, que se organiza, que se abraza en medio del dolor y que convierte la memoria en acción.

La cicatriz de aquel 19 de septiembre no es solo un recordatorio de lo que perdimos, sino también un llamado a lo que podemos construir. Porque la resiliencia mexicana no se mide en edificios reconstruidos, sino en la fuerza espiritual y comunitaria que se renueva generación tras generación.

Hoy, más que nunca, necesitamos transformar el recuerdo en compromiso, el duelo en esperanza y la herida en fortaleza. Que la memoria de quienes sobrevivieron y de quienes ya no están nos inspire a levantar un país más justo, más humano y más solidario.

“La resiliencia no es aceptar la derrota, sino convertir la adversidad en la semilla de la transformación.”  Viktor Frankl

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Araceli Aguilar Salgado
Araceli Aguilar Salgado
Araceli Aguilar Salgado es periodista, abogada, ingeniera, escritora, analista y comentarista mexicana, originaria de Chilpancingo de los Bravo, estado de Guerrero. Desarrolla su labor profesional en el ámbito de la comunicación, el análisis y la escritura. Es columnista de El Sol de Las Américas, donde comparte artículos y reflexiones sobre temas de interés social, nacional e internacional.

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