Prudencia antes que prisa

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-Una modesta sugerencia a los honorables legisladores-

Por Juan Cruz Triffolio

El momento reclama algo más que votos: exige consenso.

No toda urgencia es sinónimo de acierto.

Hay decisiones que, por tocar la vida de muchos, no pueden despacharse a la carrera.

La democracia, cuando es auténtica, respira despacio.

Nuestros legisladores juraron representar, no aplastar.

Y hay una máxima muy reiterativa que la política olvida con frecuencia: “Vístete despacio si andas de prisa”.

Ataviarse despacio es leer bien, escuchar más, enmendar a tiempo.

Andar de prisa es legislar con el pecho, no con la cabeza.

Aprobar proyectos desde la comodidad de la mayoría, dándole la espalda a quienes los sentaron en esas curules, es confundir poder con razón.

El número da gobernabilidad, pero no siempre legitimidad automática.

El aval solo es legítimo cada vez que se abre la puerta al disenso.

El caso del llamado “plan anticrisis” lo ejemplifica.

Una crisis no se contrarresta imponiendo.

Se enfrenta convocando.

Usar la mayoría mecánica como rodillo para pasar por encima de observaciones, de sectores afectados, de voces técnicas, es ganar la votación y perder el país.

Porque las leyes mal paridas se cobran después: en desconfianza, en resistencia, en correcciones costosas.

El ejercicio legislativo no se sustenta en la prontitud y la imposición.

Se sostiene en el recibimiento.

La genuina democracia ordena respetar el derecho de las minorías no por caridad, sino por inteligencia.

Hoy son minorías ellos; mañana podemos serlo nosotros.

Las reglas del juego solo son útiles si valen para todos.

Y aquí el punto más incómodo: no importan los propósitos.

La prioridad no justifica siempre los procedimientos.

Un buen fin no santifica un mal medio.

Así lo recuerda Maquiavelo para advertirnos, no para autorizarnos.

Saltar normas consensuadas hoy abre la puerta a que mañana otros las reboten contra nosotros.

Es hora de comedimiento.

De bajarle dos tonos a la soberbia del poder.

De recordar que el respeto a las reglas y al gobernado no es debilidad institucional, es fortaleza republicana.

Porque al final, quiérase o no, quienes eligen y sustituyen a los que hoy se pavonean de todopoderosos son los mismos que ahora se sienten ignorados.

El pueblo presta el poder.

No lo regala.

Y lo cobra en cada elección.

Así de simple…

El autor es:  Sociólogo – Comunicador Dominicano / triffolio@gmail.com

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