Por Emiliano Reyes Espejo
Cuando Prudencio López abrió los ojos, después de sobrevivir a una compleja cirugía de corazón abierto, no pensó nunca que más adelante, la vida lo enfrentaría a una muerte rara, misteriosa y, en cierto modo, espantosa.
Salía de una sensible intervención quirúrgica y se encontró frente a él, cuando apenas podía abrir sus ojos, a un sacerdote. Al pie de su cama, en la sala de recuperación, el cura lucía elegante, de fisonomía y estirpe española; estaba engalanado con bata de seda blanca. Una pañoleta color morada colgaba del cuello y en su pecho un crucifijo dorado, mientras halos de luces tenues parecían rodear su cuerpo.
Prudencio ejerció el periodismo durante muchos años. El trajín del oficio, entre otras circunstancias, laceró su corazón. Esa faena permitió a éste experimentar y vivir diversas y fuertes experiencias, algunas malas y otras halagüeñas. Conmovedores hechos noticiosos de la vida real, a veces extremos, se convirtieron en la rutina de su afán periodístico. Hubo momentos en que llegó a estremecerse ante acontecimientos escalofriantes, cuando vio seres humanos partir “al más allá”, envueltos en llamas calcinantes. O, cuando en medio de las protestas de la poblada de abril de 1984 observó cómo un “guardia”, un francotirador de una patrulla militar se apostó al acecho de su víctima, un muchacho imberbe, hasta que logró ultimarlo en una esquina del populoso barrio Villa Consuelo.
El militar, parte de una patrulla que reprimía a los manifestantes del sector, se hincó en la esquina y, sigiloso, apuntó a su blanco, un joven que se asomó a lanzar piedras desde el techo de una casa de la otra esquina.
– “Si vuelve a tirar piedras, ese guardia que está observando en la esquina, lo va a matar”, comentó un colega.
Dicho y hecho. El soldado, mostrando una espantosa tranquilidad, apuntó su arma y realizó un certero disparo que segó la vida de aquel hombre en cierne. Tras el impacto de la bala, el joven, ya sin vida, se desplomó desde la azotea, ubicada en la otra esquina. Un golpe sordo retumbó, tras el sonido del disparo, al caer el cuerpo inerte en el pavimento. El padre del joven, dueño del colmado donde ocurrió la tragedia, salió y vio a su hijo abatido. En ese instante, a aquel pobre hombre se le rompía el corazón, irrumpiendo en un estremecedor e inconsolable llanto.
En otra de las tantas ocasiones, en las que tuvo que asistir a actividades como reportero, Prudencio presenció un hecho conmovedor que lo marcó por siempre. Una madre y sus tres hijos muertos, acostados en una cama cuidadosamente tendida de blanco. La madre estaba en el centro de la cama y los niños y niñas, a sus lados, todos vestidos de blanco. El esposo llegó y entre llantos desconsolados solo repetía: – “Oh Dios, Diooos, cómo pudo hacerme eso, tenía que matarme a mí, no a mis hijos…”. Entre sollozos éste narró que él cotidianamente salía a trabajar fuera de la ciudad, en el interior del país, como parte de la seguridad de un dirigente político. Su esposa tenía la creencia de que él le era infiel y tomó la fatídica decisión de suicidarse ingiriendo veneno, el cual dio a ingerir a los niños, mezclados con leche.
Esas, y otras muchas vivencias contribuyeron a lacerar el corazón de Prudencio, según les dijeron médicos y psicólogos, previo a la cirugía: – “Con razón, Señor, su corazón ha sufrido tanto, por eso está tan lastimado”. Y por eso también, la solución del problema era una impostergable cirugía del corazón, explicaron los galenos.
La extremaunción
-¿Usted vino a invocar mi extremaunción? preguntó Prudencio con voz apagada al sacerdote que acudió a rezar por su sanación. – ¿Acaso me voy a morir?, insistió, mientras apenas emitía susurros inentendibles que parecían provenían del más allá. Sufría los efectos de la anestesia.
–“No, no es la extremaunción”, respondió parcamente el religioso, mientras seguía sus rezos y esparcía agua bendita por toda la sala y sobre el operado.
Allí no había más nadie. Solo él y el sacerdote que hacía sus invocaciones. Pero Prudencio volvió a sumergirse en un profundo sueño. Cuando abrió de nuevo los ojos, estaba allí, a su lado, una apacible y hermosa mujer, de voz angelical, vestida con traje de enfermera. Ella, cuando vio que Prudencio le dirigió una mirada lejana, pues ya había superado los efectos de la anestesia, dijo:
– ¡Oh, el hombre ya despertó! ¡Despertó! ¡Qué bueno!
El equipo de médicos cardiocirujanos de una prestigiosa clínica de la ciudad, al frente de los cuales estaba un especialista cardiovascular venezolano, completó el milagro. Estos corrigieron el fallo que había en la válvula mitral de Prudencio, ayudándole a impulsar nuevamente la sangre al resto del cuerpo desde la compleja estructura del corazón. La enfermera, Orianna Corsetti, le explicó que la cirugía salió bien y que en lo adelante Prudencio iniciaba un exigente proceso de recuperación. Corsetti, hija de padre venezolano de origen italiano, Don Bruno Corsetti, se dedicó a la enfermería, no obstante su padre ser un científico académico e investigador de su país.
– “Usted volverá de nuevo a su vida normal. Los médicos están muy esperanzados, muestran gran entusiasmo. Ellos hicieron un excelente trabajo en su válvula”, expresó Corsetti, radicada en el país, tras emigrar a consecuencia de la crisis sociopolítica que abate a su amada Venezuela.
Surge memorable amistad
El paciente y la enfermera iniciaron una memorable amistad que traspasó los linderos de la clínica. Ella mostró cariño y empatía entrañables, él le correspondió igual, una vez le fue dada el alta y comenzó su tratamiento con ejercicios en la sala de terapia.
Corsetti, como extranjera recién llegada, tenía escasas amistades. Apenas se le contaba cercanía con médicos, enfermeras y otras personas que conoció en su área de trabajo. En sus momentos de ocio, llamaba a familiares en Venezuela. Su padre, Don Corsetti, un reputado científico de la Universidad de Caracas, había fallecido misteriosamente tres años antes. La muerte de Corsetti, la crisis política, económica y financiera que sacudía su nación, la obligó a emigrar y radicarse en Santo Domingo, con la intención de luego trasladarse a Miami, Estados Unidos. Pero fue tan cálida la acogida que recibió de los dominicanos que decidió radicarse aquí, hasta que pudiera regresar a su patria.
Orianna revela secreto
Las relaciones entre Prudencio y Orianna se profundizaron con el tiempo. A él le picó cupido y tuvo el valor de expresarlo. Ella asintió a que continuaran conociéndose y que dejaran que se expresara el amor. Ocurrió lo esperado, Prudencio pidió a Orianna que formalicen sus relaciones. Y se casaron.
Cuando se consolidó el matrimonio, Orianna decidió confiar a Prudencio un secreto que heredó de su padre Corsetti, quien se lo entregó poco antes de morir y que, según ella, podría generarle grandes fortunas. Ésta le confesó que su padre, el científico Corsetti, desarrolló junto al científico estadounidense, doctor Wilson Thompson, una fórmula que permitía prevenir y curar de manera definitiva las afecciones cardíacas. El hallazgo fue guardado con hermetismo por los dos científicos. Esperaban la oportunidad para darlo a conocer al mundo. Entendían que, con la nueva fórmula farmacéutica, todavía secreta, la humanidad tendría la oportunidad de evitar las muertes de millones de personas a causa de enfermedades cardíacas en todo el mundo.
Tras un año del hallazgo, y durante el proceso de gestiones para patentarlo, el doctor Thompson murió de manera sospechosa en un accidente de aviación. Se trasladaba en una avioneta hacia la amazonia, en un vuelo en el interior de Venezuela. Pocos meses después, su compañero de investigación, el doctor Corsetti enfermó de una “rara dolencia” que le llevó rápidamente a la muerte.
Antes de morir, Corsetti entregó la fórmula a su hija y le recomendó abandonar de inmediato su país. Ésta, atendiendo los consejos de su padre, abandonó Caracas y viajó por varios países, pero terminó viviendo en Santo Domingo, donde se dedicó a la enfermería y desde donde pensaba ir a Miami.
Fórmula mágica
Corsetti y Thompson extrajeron plasma de una “nueva variante” de la especie del Mono Araguato o Aullador Rojo, la cual descubrieron en las profundidades selváticas del estado Amazonas. En las investigaciones, los científicos determinaron que esta especie de mono lograba sobrevivir más de cien años activo y en perfecta salud, en las profundidades de la selva. Al examinarlo, encontraron que este animal posee en su sangre principios activos que fortalecen las arterias, hacen más ligera la circulación de la sangre y evitan los ataques cardíacos.
Los novedosos e impactantes hallazgos fueron convertidos en una fórmula que estos investigadores pensaban patentar, pero en sus caminos encontraron enormes dificultades y hasta las muertes de ambos, antes de lograr su registro.
El fármaco que derivó de esta investigación causa los efectos que permiten al mono tener una prolongada vida. Además, lleva tranquilidad a las personas porque, no solo cubre las arterias y las convierte en redes en el cuerpo, como si fueran plásticas, invulnerables; sino que estas se mantienen limpias, lo que facilita la circulación de la sangre, libre de obstáculos.
La aplicación de la fórmula
Cuando Orianna reveló el secreto a Prudencio, éste le pidió ensayar el medicamento con él. El resultado fue altamente positivo. Comenzó entonces las ofertas a grandes personalidades que padecen enfermedades cardíacas y eran esclavos de pastillas, incluyendo a dignatarios y empresarios. Esa práctica generó grandes fortunas y el nivel de vida de Orianna y el periodista cambió de manera impresionante.
Pero eso a su vez trajo sus consecuencias. Prudencio tuvo que abandonar la publicación de su periódico “Avizora Digital”, luego que divulgara severas críticas a sectores económicos y de las telecomunicaciones en la región y el país. En medio de la inquietante situación, Orianna comenzó a ser presionada por gobiernos y laboratorios interesados en adquirir la “fórmula”. El gobierno de su país reclamó la propiedad de ésta, en tanto en Santo Domingo, querían una parte de los beneficios.
La pareja fue sometida a vigilancia. Orianna no resistió la presión y decidió negociar con propietarios de laboratorios extranjeros. Nunca dijo a Prudencio si realmente había llegado a un acuerdo.
A partir de entonces, Orianna exigía a su esposo que abandonara el país a la mayor brevedad. Éste asintió y cogió un vuelo con rumbo a Londres, Reino Unido, pensando que allí tendría mayor seguridad y tranquilidad. En el avión, sin embargo, Prudencio vio que dos hombres elegantemente vestidos lo observaban insistentemente. Llegó a la capital británica y los dos desconocidos los siguieron observando hasta su hospedaje en el hotel.
Muerte en el Támesis
Pasaron los días y Prudencio, ya más tranquilo, salió a caminar por las hermosas calles de Londres. Disfrutaba las bellezas de esta ciudad, prototipo de urbe del primer mundo.
En una de sus salidas, y pensando que ya todo había pasado, fue a pasear por las orillas del icónico río Támesis, el más famoso de Londres y que fluye a través del corazón de la ciudad por 346 kilómetros. En sus orillas se encuentran monumentos clave como el Big Ben, la Torres de Londres y el London Eye.
Prudencio llamó en varias ocasiones a Orianna para que le acompañara en el disfrute de esta bella ciudad europea. Extrañamente, ésta nunca contestó sus llamadas. Después de aquel inesperado viaje, no volvió a saber del amor de su vida, su querida esposa.
Días después volvió a salir del hotel, allí le habían recomendado visitar el Tower Bridge (Puente de la Torre) sobre el Támesis, “famoso por sus dos torres y pasarelas superiores, accesibles al público, para visitar la exposición y las salas de máquinas”.
Pero se encontró allí de nuevo con los dos personajes que vio en el avión, ambos otra vez, elegantemente vestidos. Trató de evitarlos, pero no pudo. Se detuvo y entabló una discusión con sus perseguidores. Al otro día, influyentes periódicos de Londres y el Reino Unido publicaron entre sus principales titulares: “Encuentran muerto, flotando en las aguas del Támesis, a un periodista de República Dominicana”. “Era condueño de fórmula farmacéutica para erradicar las enfermedades cardíacas”.
*El autor es periodista.




