Salazar no se equivoca: Vergüenza es defender dictaduras desde el congreso estadounidense

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Ariel Montoya

En el Capitolio en Washington —ese mismo edificio donde se supone que se defienden valores esenciales para la dignidad humana desde la institucionalidad política como la libertad y la democracia, custodiado por monumentos y símbolos de los grandes hombres de esta nación— presencié el pasado 16 de abril, una escena que define con claridad quién es quién en la lucha por restituir la decencia cívica en Cuba y en otros países como Venezuela y Nicaragua, donde sus pueblos viven bajo la opresión de regímenes totalitarios: la confrontación entre los congresistas María Elvira Salazar y Jonathan Jackson; ella, republicana, él, demócrata.

Asistí a dicha audiencia invitado como miembro de la comisión “Libertad, Justicia y Democracia”, integrada por representantes de países latinoamericanos que padecen dictaduras, la cual realizó recientemente una gira por diversos organismos en Nueva York y Washington partiendo desde Miami para presentar informes detallados sobre flagrantes violaciones a los Derechos Humanos ante organismos como la ONU, la CIDH, el Congreso y el Comité de Relaciones Exteriores del Senado, y sobre todo exigiendo la liberación total de los presos políticos, compuesta dicha comitiva por representantes del exilio como Freddy Solórzano y Pablo Medina (Venezuela), José Daniel Ferrer (Cuba), Dina Díaz y quien escribe por Nicaragua, siendo testigos presenciales del fanatismo político que aún albergan sectores del Partido Demócrata, quienes, pese a las múltiples evidencias sobre la naturaleza represiva del régimen cubano, insisten en defenderlo.

Las típicas justificaciones del “bloqueo” y del “compromiso” las escuché directamente de la boca de Jackson, defendiendo a capa y espada a la dictadura de Raúl Castro y Miguel Díaz-Canel. Pretender suavizar esa realidad es un rejuego patológico de negación política frente a un pueblo que sufre hambre, represión y miseria bajo un sistema que ha fracasado en lo económico, en lo social y en lo moral y resulta indignante que en el propio Congreso de Estados Unidos, haya quienes continúen apelando a narrativas desgastadas para justificar lo injustificable.

El argumento del “embargo” se repite como excusa, ignorando que Cuba comercia con decenas de países, recibe remesas millonarias y mantiene relaciones con potencias como China y Rusia. El problema, por lo tanto, no es externo, sino que es el modelo político que nunca funcionó, que concentra el poder, elimina libertades y condena a su pueblo al estancamiento.

En medio de este escenario, la intervención de la congresista María Elvira Salazar —en esta audiencia originalmente dedicada a Venezuela pero que alteró los ánimos al abordar el caso de Cuba—, fue clara y sin ambigüedades. Sin pelos en la lengua. Valiente ella y precisa en todos sus argumentos desde la perspectiva de la seguridad y defensa Hemisférica impulsada por el presidente Donald Trump.

Señaló que el sistema cubano no ha luchado por los pobres, sino por el poder y el enriquecimiento de una élite gobernante encabezada por los hermanos Castro Ruz. Dejó establecido que este no es un debate ideológico, sino moral. Defender o relativizar al régimen cubano no constituye una postura política legítima, sino una concesión ética inaceptable.

Desde 1959, en Cuba se ha impuesto un sistema que prohíbe elecciones libres, persigue a la oposición, controla la prensa, asesina y encarcela a quienes piensan distinto. Estos hechos han sido documentados ampliamente por organizaciones como “Human Rights Watch” y “Amnisty International”, no tratándose de percepciones, sino de realidades verificables e injustificadas.

Más allá de consignas y discursos, este debate ya no es simplemente entre izquierda y derecha. Es una confrontación entre democracia y autoritarismo. En ese terreno no caben zonas grises: o se está del lado de quienes luchan por la libertad, o se termina justificando a quienes la aplastan.

Salazar eligió un lado con firmeza. Jackson, en cambio, optó por una postura que en la práctica terminó favoreciendo al régimen. Incluso ante la presión del debate, abandonó la sala antes de concluir la audiencia, un gesto que habla por sí mismo. La historia será clara con quienes hoy pretenden relativizar la opresión, pues cuando se trata de libertad, el silencio, la evasión o la justificación no son simbologías para la neutralidad sino parte de un enjambre de complicidades. !Muy bien Maria Elvira Salazar, pues vergüenza es defender dictaduras desde el Congreso estadounidense!

El autor es escritor y periodista nicaragüense exiliado en Estados Unidos. Columnista internacional y vocero en el exterior del Partido Liberal Independiente (PLI-Histórico).

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