Por: Becker Márquez Bautista
La República Dominicana es un país netamente agrícola. A pesar del profundo deterioro que ha experimentado el campo en los últimos años, la agricultura sigue siendo una de las columnas vertebrales de la economía nacional. Por eso, hacemos un llamado enérgico a los partidos políticos, al empresariado y a la sociedad dominicana en general para articular un plan urgente de desarrollo y consolidación de la producción agrícola. Se hace necesario y urgente detener la emigración galopante desde la zona rural y generar oportunidades reales de vida allí, porque sin agricultura no hay soberanía alimentaria ni una economía verdaderamente robusta, por más cifras de crecimiento ficticias que se pretendan publicitar.
Si bien es cierto que el éxodo desde el campo a la ciudad busca suplir mano de obra en los centros urbanos, no es menos cierto que este crecimiento voraz y descontrolado genera un impacto dual, profundo y alarmante en las grandes urbes. En metrópolis como el Distrito Nacional, Santo Domingo Este y Santo Domingo Oeste, esta presión demográfica desborda los servicios públicos: exige una inversión exponencialmente mayor en la recogida de residuos sólidos, tensiona al límite los sistemas de seguridad ciudadana y colapsa la infraestructura de salud y educación. Las ciudades terminan absorbiendo una masa empobrecida que, con frecuencia, es marginada en cinturones de miseria, evidenciando que el caos urbano es el síntoma directo de un campo abandonado.
Si analizamos otros puntos del país, como el flujo migratorio hacia la provincia La Altagracia —específicamente a la zona de Bávaro y Punta Cana—, la realidad del empleo presenta matices distintos en comparación con otras provincias. Allí, la alta demanda laboral turística absorbe rápidamente la mano de obra, lo que se traduce en tasas de criminalidad relativamente bajas; sin embargo, el costo social se manifiesta en alarmantes cifras de accidentes de tránsito, impulsadas por el movimiento constante y acelerado de trabajadores hacia la zona hotelera.
Un caso histórico similar ocurrió en Santiago con la apertura de las zonas francas, que provocó un éxodo masivo desde el campo. Recuerdo una discusión que sostuve con un amigo sobre el impacto de estas industrias en el desarrollo económico de la ciudad. Él me decía, y lo cito textualmente: «Mira, Becker, en 1974 a Santiago se le proclamó tres veces como la ciudad más limpia de América, pero desde que se abrieron las zonas francas y creció la inmigración descontrolada, ese panorama de orden y limpieza cambió por completo». Esto comprueba que la migración rural sin planificación ni arraigo termina alterando el equilibrio de las urbes.
Para reflexionar profundamente sobre esta realidad, examinemos las trayectorias de dos familias con orígenes similares en el campo profundo: una en Bánica y la otra en El Naranjo, provincia de San Juan (Las Matas de Farfán). Ambas familias poseían un patrimonio equivalente en sus comunidades de origen: cien tareas de tierra, diez vacas, un toro y una vivienda propia.
Don Claudio Alcántara, cabeza de la primera familia en Bánica, tomó la firme decisión de quedarse en su tierra, apostar al trabajo rural e invertir en la educación de sus hijos. Con esfuerzo y disciplina, sus hijos se convirtieron en profesionales de éxito: médicos, ingenieros, empresarios y magistrados de la justicia.
Por el contrario, Santo Laureano, cabeza de la segunda familia, decidió venderlo todo seducido por el falso brillo de la gran ciudad. Migró a la capital y se instaló en las riberas del río Ozama, levantando una vivienda precaria de zinc y madera podrida. Sin tierras, sin capital y sin oportunidades reales de inserción formal, el destino de sus hijos tomó un rumbo trágico: uno de ellos terminó involucrado en la delincuencia como asaltante; otro, intentando buscar un orden, se hizo miembro de las Fuerzas Armadas; el más pequeño ingresó a la Policía; uno más se desempeña como motoconcho; una de las hijas cayó en la prostitución; y el hermano mediano se convirtió en el dueño del punto de drogas de la esquina. Hoy, don Santo sobrevive trabajando como sereno (guachimán) y su esposa labora como doméstica interna en una casa de familia.
Hay que aclarar que no todo el que abandona el campo y se traslada a la gran ciudad va a delinquir; eso no es así. Tampoco el desorden social en la gran ciudad es culpa exclusiva de ellos. Para ordenar este proceso, es menester retomar de forma obligatoria el sistema de empadronamiento local en los ayuntamientos y crear agencias municipales de colocación de empleos que, fundamentadas en dichos registros, faciliten una inserción laboral digna a los ciudadanos que decidan migrar.
Viajar y trasladarse a la ciudad promete, en apariencia, mayores oportunidades, mejor formación académica y un supuesto progreso que, en la gran mayoría de los casos, termina siendo una ilusión que solo existe en la mente de quienes, seducidos por el espejismo urbano, deciden desarraigarse y abandonar las riquezas de su propia tierra.

