POR JUAN CRUZ TRIFFOLIO
Sociólogo – Comunicador Dominicano
triffolio@gmail.com
Los incendios forestales en el país parecen ser intermitentes. Pero no son.
Con frecuencia amenazan con lacerar inmisericordemente la madre naturaleza. Sus repercusiones inducen a depredar la foresta nacional, extinguiendo su impresionante verdor y frescor.
En nuestras fuentes acuíferas, la extracción irracional de materiales y el progresivo deterioro que potencializa la sequedad incitan a la preocupación colectiva.
Sabemos que existen razones naturales que podrían generar de manera espontánea el fuego en zonas boscosas. Pero, sin exageración alguna, ahí no está el detalle.
De igual modo, la explicación causal no siempre tiene su cimiento en la situación de pobreza de los moradores donde los incendios se escenifican.
Asegurar que el conuquismo es el motivo fundamental para calcinar nuestros árboles, en las impresionantes áreas montañosas de nuestro suelo, no deja de ser una verdad a medias que raya en la irresponsabilidad.
Así se advierte tan pronto como brigadas de valientes y laboriosos dominicanos logran extinguir los incendios y, al poco tiempo, se empieza a observar con detenimiento la utilización de los terrenos lacerados por las llamas en el borde de los parques nacionales.
Es allí, donde quemaron el bosque y en donde comienzan las mediciones topográficas, el replanteo de la obra a construir y la presencia de camiones repletos de materiales de construcción para iniciar el meteórico proceso de levantamiento de una espaciosa, confortable, impresionante y lujosa cabaña o residencia campestre, con piscina infinita y chimenea, para el disfrute de una familia adinerada.
Son esos “desarrolladores de nuevo cuño” los que, esencialmente, promueven y protagonizan los dolorosos y alarmantes crímenes ecológicos con la aparente permisividad de las autoridades llamadas a hacer cumplir las leyes y normas que garantizan el rescate y la preservación del ecosistema nacional.
Desgraciadamente, los ejemplos sobran, mientras la tolerancia institucional y la ineficiencia gubernamental adquieren dimensiones acentuadas que irritan al más insensible de los mortales.
Y ha sido de esa manera, no obstante, la pronunciación de discursos hermosos verbalizados para criminalizar la inaceptable acción de descalabrar el medioambiente, fuente de la existencia y regalo del Divino Creador, pero que, al final de todo lo prometido, poco o nada, absolutamente, se cumple.
Son esos depredadores los que reflejan ser y, de hecho, actúan como amos y señores de nuestra media isla, para quienes la aplicación de las leyes y su régimen de consecuencias no parece existir y, por tanto, se muestran como intocables.
A muchos de ellos el manto de la politiquería tiende a arroparlos de pie a cabeza.
Ojalá un día no lejano esta realidad termine siendo cosa del pasado.
Nuestro escenario de vida, plataforma imprescindible de todos los seres vivos y su reproducción, requiere otro tratamiento que refleje que somos más consecuentes.
Los recursos naturales exigen una atención colectiva diferente.
Si el fuego tiene dueño, que tenga condena, pues, de lo contrario, tendremos que subsistir en un círculo vicioso.
Continuar permitiendo una agresión constante, expresada en incendios y despiadadas depredaciones para impresionar con majestuosos palacetes campestres, es una convocatoria irresponsable a caer en el abismo y la muerte.
Es el momento de cambiar y dar ejemplos contundentes.
La madre de todos, la hermosa y enriquecedora naturaleza, así lo espera…

